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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Genios domésticos y demonios familiares

Cuando uno está contento (es decir, cuando todo le sonríe, cuando se mira al espejo y se encuentra guapo e interesante, y la gente le pide una foto de carnet para llevarla siempre consigo, etc.) apenas si se da cuenta; pero cuando uno se siente desdichado, un insecto miserable (de esos cucarachones pardos repletos de patitas peludas, totalmente atontado por sucesivas dosis de DDT …y con el peor de los pronósticos), entonces uno la pasa mal.

Aquí donde me veis, con estas ojeras, esta panza redondita, el perenne grano de pus en la punta de la nariz, estas flatulencias, el temblor de la mano y demás lacras que sin piedad me aquejan, yo también he sabido ser un triunfador. Después de años de acechar con paciencia a la suerte, y gracias a que un alto ejecutivo de la empresa donde trabajo (una importante multinacional de seguros y reaseguros), tras un galopante proceso de deterioro físico y mental, hubo de dejar vacante su puesto, ingresé en un período en el que mi vida (y la de mi mujer, la Nuri) se encaminaba libre de obstáculos hacia la realización de cada uno de mis sueños. Pero, como afirmaba más arriba, no me daba cuenta ni de que la úlcera que se le perforó a mi cuñado cuando se enteró de la marca, el modelo y el sistema de financiación del coche que me había comprado; el armónico balanceo del ombligo de la monísima y bronceada secretaria que me fue adjudicada por la Dirección, la aparición de una buena cantidad de piezas relucientes en la dentadura de mi mujer o el abono en el Camp Nou tuvieran algo que ver con mi aspecto jovial y despreocupado.

Aunque no soy amante del lujo (todo lo contrario, me basta para entretenerme con encender y apagar durante horas este macizo encendedor Cartier de oro que es uno de los pocos objetos bellos que se salvaron de la tragedia), cuando más triste me siento es cuando rememoro las circunstancias en que tuvimos que abandonar el piso de la Bonanova. Era un soleado y moderno apartamento a metros de la Vía Augusta, amplias habitaciones, un living majestuoso en medio del cual flotaba una araña con como quinientos caireles que reflejaban en las paredes blancas los siete colores de l’arc de Sant Martí –cuando lo vio mi cuñado, se recluyó en un rincón y se puso a lagrimear, «…el polen de los árboles», decía–, dos cuartos de baño (uno con multiducha y el otro con jacuzzi) y dos aseos alfombrados, un ascensor lleno de espejos en el que cada mañana podía observarme desde todos los ángulos y otro más austero que utilizaría, para hacer los mandados, la chacha que pensábamos contratar.

Es una pena que nunca llegáramos a aclimatarnos. Lo estrenamos un reluciente sábado de primavera. Recuerdo que la Nuri, que es muy pulcra, procuraba darle brillo a los cristales del ventanal del living (no sé para qué, estaban inmaculados) y a mí, que no tenía nada que hacer, se me ocurrió ir a jugar con el armario empotrado de la habitación de huéspedes, que incluye un insólito mecanismo que, al presionar una tecla, despliega mecánicamente un par de camas de plaza y media. La Nuri, que a pesar de su seriedad es también una persona muy lúdica, dejó de frotar los cristales y me siguió, uniéndoseme en el momento de apartarnos para dejar espacio a las camas que se extendían.

Es menester no poca sutileza para comprender nuestra simpatía ante esa concepción de «habitación de huéspedes», sobre todo teniendo en cuenta nuestros gustos básicamente clásicos. Es que la Nuri y yo estamos tan, pero tan enamorados que ningún otro estilo de decoración podría expresar mejor nuestra opinión con respecto a las visitas de parientes y amigos. Quien haya comprendido lo anterior comprenderá también la sensación que experimentamos cuando, al desplegarse las camas, descubrimos en una de ellas un bulto, al principio indefinible, pero que después de una segunda mirada resultó ser un hombrecillo acurrucado de cabellos grises y bigote triste, vestido con un pijama a rayas verticales blancas y celestes, que comenzaba a despertarse.

–¡Ah, …bienvenidos! –nos dijo con melodioso acento sudamericano–. ¿Ustedes son los nuevos propietarios? No los esperaba tan pronto.

Se puso en pie sobre la cama. Aunque sólo medía algo más de medio metro, su imagen no resultaba desagradable.

–¿Se encuentran cómodos en su nuevo hogar? –preguntó.

–¡M-mucho…! –tartamudeó la Nuri esbozando una sonrisa poco sana–. Hay mucha luz… el barrio es precioso… muchos árboles…

–El portero… Manolo… con ese uniforme lleno de botones… es enrollado –traté de ayudar–. Y tenemos los Ferrocarrils de la Generalitat aquí mismo.

–¡Y el silencio! –agregó el hombrecillo reprimiendo un bostezo–. Si hay algo que se agradece es poder descansar bien por las noches, uno se levanta fresco por las mañanas y después anda todo el día de buen humor.

Hubo un embarazoso silencio.

–¿Usted es…? ¿usted es…? –empecé a preguntarle yo, que luchaba por recuperar mi… no sé cuál es el término.

–Soy el genio, penate, lar o man benéfico de este hogar –repuso con orgullo–. De acuerdo a las más rancias tradiciones protoindoeuropeas, todas las casas contienen un duende, genio, penate o lar que las conserva y protege.

–¿Conserva?, ¿protege?, ¿de qué?

Tres arrugas paralelas aparecieron por un instante en la frente del hombrecillo, y su expresión me recordó la de aquellas personas que arrastran consigo un pasado inconfesable, repleto de sufrimientos, como esos sobrevivientes de la Guerra Civil Española que tuvieron que desenterrar a un pariente querido y ponerse a mordisquearle una cuixa para no morirse de hambre, o algo así.

–Sombras… espíritus inmundos… barrabravas del Averno… No hablemos de cosas funestas –dijo, volviendo a sonreír–. Ésta es una residencia magnífica, llena de sol y buena onda, aquí no puede sobrevenir nada malo, lo importante es ser bueno, no tener miedo y vivir feliz.

Los catalanes somos gente muy pragmática, escéptica y racionalista; en absoluto amigos de supersticiones, nos parece totalmente verosímil encontrarnos a un duende, genio, penate, o lar doméstico con acento sudamericano durmiendo la siesta en una de las camas plegables del cuarto de huéspedes de nuestro hogar… pero que no nos vengan con «sombras», «espíritus inmundos» o «barrabravas del Averno» porque eso no cuela. En realidad, debería haberme tomado más en serio sus advertencias, «hay cosas en los cielos y en la Tierra…» como decía Neruda… Pero, lejos de reparar en mi mueca de desconfianza, el hombrecillo se despidió aduciendo que, cuando nosotros le interrumpimos, se encontraba entre los sueños tercero y cuarto, y que aún le quedaba mucho por soñar. Tras despedirse correctamente, estiró una de sus manitas para oprimir la tecla, las camas comenzaron a plegarse y, en un instante, tuvimos nuevamente ante nosotros un armario.

¿Creeréis que tardamos días en reaccionar ante el fenómeno?, ¿que esa semana, inmersos como estábamos en la euforia de nuestra nueva vida, ni siquiera hablamos del asunto?, ¿que en los primeros tiempos –y en casi todo el período que habitó junto a nosotros– apenas lo vimos alguna vez? ¡Creedlo, creedlo! Notábamos su presencia, es verdad, cuando nos topábamos con su pequeño cepillo de dientes blanco y celeste adornado con la enigmática inscripción «¡Academia, te quiero!» en el cuarto de baño de la multiducha, en el del jacuzzi, o en alguno de los aseos alfombrados; o cuando oíamos sus pasitos moderados andando de aquí para allá en la habitación de huéspedes o, alguna mañana inundada de sol, cuando le escuchábamos cantar:

«El cuadrito de José /es una cosa muy seria / porque jugando al balón / los contrarios la ven negra. / No hay rival que se resista / ante su fuerza moral. / Al cuadrito de José / nadie lo puede parar.»

En ningún momento se inmiscuyó en nuestra vida íntima, nunca rompió ni ensució nada. Digo más, su presencia era bajo todo punto de vista positiva: el rosal nos bendijo con unas rosas grandes como melones, ni una prenda –ni siquiera una pinza– se perdió ni se descolgó del lavadero, y hasta una paloma blanca (venida de quién sabe dónde) anidó en nuestra terraza.

Incluso tengo que afirmar que su única aparición en público fue un verdadero acierto. Una mañana, oímos sonar el timbre de una manera insistente, absoluta, omnisciente y omnipotente, haciéndonos sentir como profetas hebreos de la Biblia a los que un trueno en forma de campanilla viniera a arrancarnos del sueño y a arrojarnos, en pijama y bajo la lluvia, a gritar media docena de verdades desagradables a algún sátrapa licencioso. Ya casi me estaba levantando para atender a la llamada, preguntándome para mis adentros cómo el intruso se había atrevido a ignorar la placa de bronce atornillada junto a la puerta del edificio que reza: «Esta comunidad no admite correo comercial» o cómo Manolo, nuestro portero de uniforme lleno de botones, le había dejado pasar, cuando noté que nuestro amigo se dirigía a la puerta y la abría.

–¡Enhorabuena, hermano! –oí que decía una vocecilla que parecía salir de un cuerpo enharinado y embutido, como si el Altísimo, para demostrar su poder, hubiera golpeado con su cetro una croqueta de pollo, y que ésta, imbuida de Su Espíritu, se hubiese puesto a dar saltitos y a declamar verdades inconmensurables–. Esta humilde sierva os trae la Buena Nueva: el Día de la Ira está al caer; la Divina Mano Justiciera, en un tres i no res, propinará un severo correctivo a esta humanidad pecadora y cochina. La Muerte, con su Divina Guadaña, afeitará al ras este mundo de iniquidad y sólo nos salvaremos unas pocas que yo me sé. Así que, si queréis salvaros de la abominación y el anatema, existe un lugar reservado para los justos, ordenado, silencioso y aséptico, donde podréis refugiaros si, tras pintar la puerta de vuestra casa con la sangre de un cordero lechal, os decidís a seguir toda una complicada serie de instrucciones que sólo nosotras conocemos, y sobre las que podréis iniciaros adquiriendo Se viene la Grossa, revista oficial de nuestra Iglesia, revista que no vendemos, no (el dinero no servirá de nada en los días que se avecinan), revista que re-ga-la-mos a cambio de lo que buenamente podáis aportar a la Obra (aunque no creo que Él se conforme con menos de 20 euros).

Lejos de amedrentarse, nuestro genio cerró los puños dejando solamente erectos el índice y el meñique de ambas manos. Extendió los brazos apuntando a la aparición con firmeza y, sin que le temblara la voz, declamó:

–¡Rajá de acá, colifata!

Espiando tras la rendija de la puerta que da al recibidor –hasta la que me había arrastrado sin hacer ruido–, pude ver que la arpía enmudecía, vacilaba, empalidecía y, sin despedirse, se precipitaba escaleras abajo, y también me pareció ver que, sin tocar con sus deletéreos pies los escalones, también se precipitaba tras ella una legión de ángeles teutones haciendo sonar largas cornetas.

Recuerdo esos días felices y me parece increíble que no tuviéramos conciencia de que las buenas épocas son irrepetibles y de que hay que disfrutarlas mientras duran. Nos pasaba lo que hoy, con la sabiduría que me ha aportado el sufrimiento, comprendo que es lo que siempre pasa: en realidad, toda esa dicha no nos parecía suficiente, la necedad nos impedía relacionar nuestra buena suerte con el genio que nos protegía y pensábamos que podríamos alcanzar las más altas cotas de bienestar el día en que nuestra intimidad fuese total. Yo, por ejemplo, no sé por qué, temía que ese ser nos espiase mientras hacíamos el amor, y Nuri me insinuó más de una vez que, en el momento de ampliar nuestra familia, no podríamos disponer de la habitación de huéspedes.

Así fue como un nefasto día junté valor y me decidí a hablar con el hombrecillo. Antes, había dado una vuelta por el petit bar para proveerme de la botella de Chivas (no necesito repetir que el tipo me caía bien), había salido al balcón para darle una mirada al rosal de las rosas como melones y a la paloma blanca, que me lanzó una mirada con su ojo izquierdo que parecía decirme «piensa bien lo estás por hacer» e incluso estuve a punto de bajar al estanco a comprar otro cartón de Winston, pero cambié de opinión y me dirigí a la habitación de las camas plegables. Lo encontré sentado en su cama, vestido, como siempre, con su eterno pijama a rayas verticales celestes y blancas, sorbiendo con una bombilla plateada de una especie de calabaza negra.

–Hola, ¿quiere un mate? –me dijo amistoso.

–No me gusta mezclar –le contesté mostrándole la botella.

Sin darle más vueltas, fui directamente al asunto:

–Dígame una cosa…

–A sus órdenes.

–¿Piensa usted que el Barça puede ganarle al Madrid el sábado?

–Lamento decirle que lo dudo, los jugadores son buenos, el público tiene ganas, pero falta cohesión interna y la determinación de ir al frente. Además, el tránsito de Saturno en la Casa de Plutón configura una situación astral desfavorable para Cataluña. Pero no hay que perder las esperanzas.

Bien encaminado, me dispuse a contraatacar.

–Hay otro tema que debo consultarle.

–Diga usted.

–Con una sardinada, ¿va mejor un Extrísimo Bach o un Blanc Pescador?

–Ambos son correctos, pero Arguiñano sostiene que, frente a una sardinada, lo mejor de lo mejor es una sidrita asturiana tirada desde bien alto.

–Mire, señor Genio, he releído con detenimiento el contrato de compraventa de este inmueble y… no dice nada de genios, penates, lares o manes benéficos… ¿me entiende? Se encuentra usted flotando en un… «vacío legal».

–Comprendo perfectamente.

–Además –continué– usted es un genio extranjero, está indocumentado. Imagínese que un día aparecen los mossos, podrían multarme, ¿comprende? A nosotros usted nos cae muy bien, pero, fíjese, aquí no lo podemos tener. Tal vez… –puse cara de descubrimiento– ¿ha probado explicar su caso en CÁRITAS?; gracias a este tipo de organizaciones no gubernamentales, el Tercer Mundo cada día se parece más a España.

Supongo que la exposición de argumentos jurídicos fue decisiva (yo creo en la Justicia) porque, sin cambiar la expresión un poco triste que siempre había tenido, contestó:

–El efecto benéfico de la presencia de genios, penates, lares o manes sólo es posible con la aquiescencia de los beneficiados. No se preocupe por mí. Es difícil, pero el Barça puede ganar el sábado, siempre que juegue Pujol. En cuanto a la sardinada, ya se lo he dicho: no lo dude, lo mejor es una sidrita asturiana.

No se habló más del asunto. El genio dejó a un lado su bebida y ambos nos dedicamos al Chivas. Bebimos, cantamos tangos, habaneras, Nuri irrumpió amb unes bones torrades de pa amb tomàquet i fuet, bastante colocados nos fuimos pronto todos a dormir y… nunca más supimos nada de él.

Aunque no lo vimos marcharse, enseguida notamos su ausencia. Amaneció con tramontana el día siguiente, razón por la que decidimos no abrir las persianas. Y cuando, más tarde, intentamos abrirlas, descubrimos que las correas se habían estropeado todas a la vez. No lo sabíamos, pero esa oscuridad había llegado para quedarse. La cerradura de la puerta se oxidó poco después, y entrar o salir se convirtió en un calvario. En la cocina era donde las cosas se pusieron peor: la minipimer, por ejemplo, emitía un sonido doliente cuando intentábamos usarla; un filete de mero se me resbaló de las manos y fue a parar a un lugar inaccesible detrás del refrigerador y el hedor que sobrevino no se borrará jamás de mi memoria olfativa.

Poco tiempo tardamos en darnos cuenta de que la ausencia de nuestro amigo no era una ausencia en sí, se había convertido en una especie de «presencia», una presencia fría y cruel. Se manifestaba en nuestra tristeza, en nuestro malhumor, pero también en todo tipo de presagios: ruidos burdos como muebles que se arrastran, extrañas risitas provenientes de lugares indefinibles, el moho en las legumbres, el permanente olor fétido en toda la casa. Yo combatía mi desazón dándole al Chivas, pero pronto comenzó a dañarme el hígado, a agriarme el carácter, y muchas veces terminaba insultando a la Nuri como si ella tuviera la culpa.

No había pasado una semana desde la marcha de nuestro genio doméstico cuando comenzó a desencadenarse lo peor. Habíamos conseguido abrir las persianas pero no podíamos cerrarlas. Una noche, cuando regresábamos de cenar en el restaurante chino del barrio, al abrir trabajosamente la puerta, percibimos que del interior de la casa salía un frío invernal, lo que nos extrañó porque en la calle era casi verano. Antes de encender la luz, notamos que las cortinas flotaban tenebrosamente en el viento y que los como quinientos caireles de la araña del living chocaban entre sí improvisando una música espectral. Y cuando por fin la encendimos, descubrimos con horror que, colgado de la araña, había un trapo en donde se leía en letras pintadas con sangre la inscripción «Llegaron los amargos», y junto a él se balanceaba también, entre los caireles, cual infame pendón, un banderín del Club Atlético Independiente.

De más está decir lo poco que dormimos aquella noche. En lugar de conversar sobre el fenómeno, me dediqué a recriminarle a la Nuri el desorden en que tenía la casa, mientras ella lloraba y me juraba que, últimamente, le parecía escuchar como unas voces agudas que, desde algún lugar del departamento, le susurraban «¡Tenés una carucha divina!» y no paraban de cantar:

«Tengan cuidado en el gallinero / porque esta noche vamo a afanar / una gallina para el puchero / porque mañana / tenemo que morfar.»

Fuera de lo del trapo, no ocurrieron hechos de sangre, de esos que pueden leerse en las crónicas policiales de los opúsculos sensacionalistas que tanto le gustaban a Manolo, el portero del uniforme lleno de botones. Pero no me cabe duda de que podrían haber ocurrido. Fuimos prudentes y cuando comenzó a clarear la mañana, tras darle una mirada de despedida a nuestra otrora poética terraza, en la que media docena de pétalos de rosa y tres plumas blancas eran juguete de un viento impasible, abandonamos el piso, cogimos el coche, enfilamos por la autopista y no paramos hasta Calella de Palafrugell.

La suerte nos ha sido esquiva desde entonces. La empresa de seguros y reaseguros donde aún trabajo fue absorbida por otro pulpo multinacional dedicado a las finanzas. Gracias al buen juicio de nuestro representante sindical, pude conservar la tercera parte de mi sueldo, aunque no a mi monísima y tostada secretaria, aquella del ombligo cuyo armónico balanceo tanto me fascinaba, que fue adjudicada a un ejecutivo nacido en Singapur, el mismo que tuvo la amabilidad de quedarse con mi departamento, que adquirió a buen precio. Mi cuñado paga ahora las cuotas del coche y da gusto verlo poner las marchas y doblar la esquina haciendo chirriar los neumáticos. Alquilamos un nuevo piso baratito en la Avinguda del Paral.lel, en el que hacemos una vida frugal y estamos ahorrando lo que podemos para pagar la cuenta de la Telefónica. Sí, una cuenta de 50.000 euros en llamadas a la Argentina.

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3 comentarios

Capi -

Hermano, si esta hstora es cierta deberias buscar del señor y comensar a encaminar tu vida. Ya que es la unica forma en poder enfrentar el infortunio, ademas que nos brinda la fuerza para seguir ante cualquier dificultad.
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Anónimo -

Me gusta lo del jacuzzi en el baño.
Tienes buen gusto
http://www.zarin-interiorismo.com/

Raquel -

Prelistada en el directorio de Bitacoras.com

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Gracias
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