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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Invasiones pacíficas y violentas

Me había propuesto dormir toda la mañana –trabajé hasta tarde durante la noche– pero me despertó el «butanero», nacido en Pakistán. Aquí, en Barcelona, los trabajadores que se dedican a repartir las garrafas de gas a domicilio (teniendo a veces que subir varios pisos por la escalera con su pesada carga al hombro) son casi exclusivamente oriundos de ese país asiático. Los medios de comunicación dicen que se trata de un trabajo demasiado duro y mal remunerado del que los españoles prefieren abstenerse. Para llamar la atención de las amas de casa, golpean la garrafa con algún utensilio de metal, lo que produce el clásico «clan-clan-clan» que me despertó.

Cuando me mudé a este piso del barrio de la Sagrada Familia, en 1984, la mayoría de mis vecinos era de origen catalán aunque no de Barcelona, gente del campo que emigró a la ciudad a principios del siglo XX, o de otras regiones de España (andaluces, gallegos…) que en su momento fueron también considerados «forasteros» por los barceloneses de toda la vida. Hoy, los dieciocho departamentos del edificio están habitados, además, por una familia cubana, dos familias peruanas, dos familias argentinas, las dos estudiantes rusas del primer piso, un misterioso señor italiano que vive solo y trabaja de noche y un joven inglés. Yo mismo soy un argentino que emigró en los años setenta huyendo de los Videla y de los Masera.

Como no pude recuperar el sueño, salí a la calle. Es significativo ver lo que ha cambiado el barrio. El primer café del día lo tomé en el bar que hay junto a la misma puerta del edificio, atendido por un matrimonio mixto: española ella, peruano él. Doblando la esquina hay otro bar cuyos dueños son magrebíes, en el que puede degustarse un buen falafel o un shawarma mientras se saborea un té a la menta. Basta caminar unos metros para comprobar que la gente no es la misma que años atrás: antes, la gran mayoría de la población era de aspecto latino-mediterráneo, ahora hay africanos de Senegal, afro-americanos de la República Dominicana, amerindios de Ecuador o Guatemala, pálidos y pecosos ucranianos, ¿de dónde será esa negrita de mota rubia?, ¿tal vez venezolana? o, ¿por qué no?, una profesora de catalán hija de padre vasco y madre congoleña.

Siempre que tomo café me da ganas de fumar un cigarrillo. No lo puedo evitar, fumo desde los once años, pero ya estoy en edad de ir abandonando este vicio tan nocivo para la salud. Para la salud física y para la salud mental, en mi caso. Tras el mostrador de la cigarrería («estanco» las llaman en España), se parapeta un señor nacido en la provincia de León que no puede disimular su odio a los inmigrantes. Dice que su racismo nació el día en que se le coló un morito mientras esperaba su turno ante la ventanilla de la Delegación de Hacienda. Fue en ese momento cuando, para el señor Francisco (así se llama), esta «invasión» pacífica se convirtió en una invasión violenta. Es que cuando nuestros valores no son sólidos, la tolerancia dura hasta que tenemos el primer roce con alguien perteneciente a otra cultura. Acostumbrado a las películas de Hollywood, en las que todos los problemas se solucionan matando (matar es la principal fantasía del pueblo norteamericano, mucho más que las sexuales), para Francisco la manera más fácil de resolver su disputa personal con el morito de la cola de Hacienda es el exterminio de la cultura árabe en su totalidad.

Hay que comprender que el pobre tuvo una educación muy especial: su padre era un militar que fue herido por los «rojos» en la Guerra Civil española, por eso Franco lo premió con la licencia para vender productos de tabaco y afines (de ahí la palabra «estanco») en el establecimiento que hoy Francisco regentea. En España, cuando oímos la palabra «rojo» o «rojillo» ya nos podemos imaginar ante qué tipo de persona nos encontramos, de la misma manera que, en Argentina, cuando oímos la palabra «zurdo» sabemos que estamos ante un milico genocida, ante un sindicalista corrupto, ante un curita pedófilo, ante un analfabeto bajo la influencia de alguno de los tres modelos citados o ante Mirtha Legrand.

Pero hay que hacer un esfuerzo y no ser racista, ni siquiera con los Franciscos. Sobre todo teniendo en cuenta que hay muchísima gente que siente y obra de la misma manera. Cuando pensamos en la caída del Imperio romano, nos imaginamos a una horda de salvajes rubios, tocados con su característico casco de cuernitos, arrasando cuanto a su paso huela a civilización. Sin embargo, los historiadores nos advierten que se trató de un proceso largo y fundamentalmente pacífico: empujados por el hambre y las sequías, millones de hombres, mujeres y niños atravesaron las fronteras a lo largo de los siglos para establecerse en los territorios del Imperio y con el tiempo fueron ocupando espacios sociales que los romanos iban abandonando (como las tareas rurales o la carrera militar). En cada cultura, tras el apogeo viene la decadencia. Es preocupante comprobar cómo obsesiona a algunos la idea de «decadencia» (Hitler es el ejemplo más clásico), y cómo, en su desesperación, creen que para que la historia se mantenga petrificada en un determinado momento, para evitar que los sistemas políticos y sociales se tornen obsoletos y para que la natalidad de un país (por dar un ejemplo) deje de bajar, todos tendríamos que convertirnos en «decadentes furiosos y asesinos».

Debería aprovechar la mañana para caminar cien metros hasta el supermercado más cercano (que pertenece una multinacional francesa) y hacer las compras para el fin de semana. Allí podré comprar yerba mate Taragüí, dulce de leche San Ignacio e infinidad de exóticos productos de ultramar a buen precio. Si me dejo estar, el domingo no habrá más remedio que hacer una visita a la tienda de los Huan, unos chinos que aparecieron hace pocos meses en el barrio y pusieron una pequeña frutería. El negocio está abierto permanentemente desde las 7 de la mañana hasta las 11 de la noche, de lunes a domingo, pero los precios son un poco más altos y la calidad un poco más baja.

Gente seria estos Huan, no cierran para ir a almorzar y jamás se equivocan al hacer las cuentas. Recientemente, alquilaron el local que hay al lado de su negocio –una mueblería que cerró porque no podía competir con los precios de Ikea– y ahora ocupan toda la esquina. Son una familia de media docena de miembros que se van turnando para atender la frutería. La abuela camina con dificultad porque tiene los pies chiquitos, cuando nació se los vendaron, como era costumbre entonces en su tierra, porque consideraban que las mujeres patonas eran antiestéticas y difíciles de casar. Dice (es la única charlatana de la familia) que los tiempos de Mao, con la colectivización salvaje, la reforma agraria y el comunismo de guerra, salvaron a muchos millones de chinos de morir de hambre y les permitieron el acceso a la escolaridad, pero que la vida no dejó nunca (ni siquiera hoy) de ser muy dura. Cuando veo a su yerno frente a la computadora calculando las ganancias de la jornada, me acuerdo de haber leído algo sobre la guerra del Opio, una guerra en la que los ingleses masacraron a miles de chinos para poder imponerle a su emperador la importación de una droga que masacraría a muchos millones más, o de la película 55 días en Pekín, que narra orgullosa otra hazaña de las tropas occidentales aliadas en la que, a cañonazo limpio, ahogaron en sangre la rebelión de un pueblo milenario que quería seguir conservando su independencia (la guerra de los Bóxers, se la llama a ésta, y fue en el año 1900) y pienso que los tiempos están cambiando, que si la Tierra llega a convertirse un día en una democracia global –lo digo sin falsear el sentido del término «democracia» para no traicionarme y traicionar a los que me leen– no sé qué partido gobernará nuestro mundo, pero sin duda deberá ser un partido chino, porque han sufrido lo indecible, porque son un tercio de la población mundial, porque ya conocen todo lo digno de ser aprendido de Occidente y, por todas estas razones, como dice el profeta argentino Benjamín Solari Parravichini, «cuando hablen en grito, serán».

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14 comentarios

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bacano pirobos gonorreas

keleimporta -

gas mucha boba ja no ps uf vacanisima jajajajajajajajajjajajajajajajjaaaaaaajjajajajajajjajajajajajajjajajajajaja

no mentiras muy bacano

Obvio Elemental -

Es fácil, Manuel: la violenta es la del paquistaní que te sube la bombona seis pisos por la escalera, y la pacífica es Hernán Cortés con la cruz, la espada, la sífilis y la paella.

manuel -

son un asco ni siquiera se entiende cual es la pacifica y cual es la violenta

yannorys -

yo queria una informacion no un cuento para dormir ja.ja.ja.ja estubo patetico o. ´´luser´´

luzmaryna -

eso estubo de mal ok cambia eso

jhonarve jesus -

eso no sale muestrenlo ok
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anggi -

increible me impresiono mucho esta super cool

lisgreidy -

que imprecion

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ejem...... osea... cueck!!!
les doy un 0 (cero, nisiquiera un 1) visiten mi pagina y ademas yo queria saver causas de las guerras biolentas sobre el imperio romanod e occidente xD! mal, muy mal peor igual me gusto xD a la historia le doy un 10 xD!

yeraldin -

osea quiero q salga lo de las invasiones violentas y pasificas

diana -

es vacan jajajaja

www.nonimuebles.com.ar -

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