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Sevilla y la conflagración cósmica (I)

Sevilla y la conflagración cósmica (I)

No actualizaba este blog desde 2014. Por eso considero que compartir este relato, capítulo a capítulo, a partir de ahora, constituye el comienzo de una nueva era. Trata sobre la pasión, la magia y el olvido, y está ambientado en Sevilla, una ciudad mágica que me apasiona y que no he podido olvidar. Estoy muy contento con la obra de Valdi, (Egregor), que lo ilustra. Recomiendo volver a observarla con detenimiento después de haber leído el texto.

A la tía Haydée

El egregor

No me acuerdo qué trataba de vender en la calle Sierpes, ese final de verano de 1978; probablemente, restos de mercadería comprada en Barcelona o Madrid que había tratado de revender en Valencia, San Sebastián, Vitoria, Ibiza… Para entonces, ya casi era un «sin techo». Mi habilidad para las artesanías resultó nula, tampoco me mostraba despierto en los negocios; era de esperar que el invierno me sorprendiera con una mano atrás y otra delante. Hice dedo hacia el sur, quizás porque imaginaba un clima más suave, o a lo mejor para estar cerca de un primo de mi mamá que vivía en Málaga –aunque al final no lo traté mucho–. Terminé 1977 y comencé 1978 –una noche helada– sobrio, en ayunas y sentado en un banco de un parque sevillano.

Pocos argentinos residían en aquella época en Sevilla, eso debe haber influido en que decidiera quedarme allí. Tenía conocidos y algún familiar no muy cercano en Barcelona que hubieran podido ayudarme, pero me daba vergüenza que se dieran cuenta de lo inútil que era, de lo al pedo que estaba, y preferí mantenerme lejos. Es cierto que, ya en Sevilla, después de unos meses y gracias a la ayuda de alguna gente, mi vida se estabilizó –se puede decir– en una mishiadura light. Seguía siendo muy flaco pero estaba más saludable, un poco asilvestrado, quizás, pero la impresión general que daba no era del todo negativa. Incluso llegué a trabajar un tiempo en una librería que quedaba al final de la calle Sierpes, esa peatonal tan importante, con tanta historia, por la que bajabas aquella tarde-noche, vestida con tu falda larguísima y tu remera de tul, acompañada del pibe que viajaba con vos.

Fundamental ese momento, el de entrar en contacto vos y yo, porque fue exactamente el momento en que estalló la conflagración cósmica. He buscado en Wikipedia, estos días, algunos vocablos y sintagmas: golem, egregor, conflagración cósmica, incluso los copié en mi muro de Facebook para ver qué reacciones provocaban en mis contactos. Descarté pronto golem –aunque pareció interesar a los fans de Borges– porque se refiere a un ser material animado fabricado por un rabino muy sabio a partir de materia inanimada, pero pienso que en esa época no lo habría descartado tan rápidamente porque, entonces, era un joven propenso a creer que algún genio experto en alguna clase de magia dictaba mi destino –ahora, ya no.

Aunque era un término que nadie había escuchado jamás, egregor se acercaba. Palabra rara (no está en el DRAE): «forma de pensamiento» o «mente colectiva de grupo», «entidad psíquica autónoma capaz de influir en los pensamientos de un grupo de personas». ¿Habíamos creado, involuntariamente, nosotros (grupo de dos personas), un egregor suma de dos voluntades que procuraba avanzar por un camino muy diferente del que, prudentemente, cada uno de nosotros (sobre todo vos) se había trazado? La verdad es que, a partir de ese momento, nos fue muy difícil separarnos.

En cuanto a conflagración cósmica –que entusiasmó a los hinduistas y a los que se autodefinen estoicos–, me arrepentí muy pronto de haber utilizado este concepto, me acusé de haber recurrido a la madre y el padre de todas las exageraciones para que no volvieras a desaparecer de mi vida. Sin embargo, tras meditar sobre su definición, veo que no me fui totalmente a la banquina, sobre todo con respecto a la parte que dice «el fuego consume y reabsorbe en sí toda la realidad». Había estallado entre nosotros una conflagración cósmica y no nos dábamos cuenta. Sólo se dio cuenta el pibe que viajaba con vos. No se me olvidará jamás su gesto de preocupación, se ve que te conocía bien y detectaba algo muy alejado a tu conducta normal. Jamás me explicaste tu relación con él; si no estaba loco por vos, como mínimo te adoraba.

Y ya que hablamos de nuestras respectivas imágenes en la memoria, tengo que decirte que no recuerdo tu falda larguísima ni tu remera de tul, tampoco recuerdo sobre qué conversábamos (aunque sí recuerdo que no parábamos de hablar). Pero nunca podría olvidarme de tu pelo: negrísimo, ondulado, robustísimo, un flequillo que casi te tapaba los ojos. Como te resultaba difícil mirar hacia arriba, tu mirada parecía reflexiva: la depositabas en un lugar cómodo, a media altura, y te quedabas pensando. Sí que recuerdo muy bien tu pelo, desde afuera y también desde adentro: la cortina que delimitaba ese espacio que, fugazmente, habité.

Supongo que habremos subido por la calle Sierpes en dirección a la parte monumental de la ciudad. Llegando a la zona donde están la Catedral y la Giralda, es posible que el pibe que viajaba con vos haya decidido volverse a la pensión. Es que llevaban viajando muchas horas, estaban cansados y, al día siguiente, muy temprano, pensaban continuar un rápido y agotador periplo por el sur de España.

¡Pero vos te quedaste! Y entonces, seguro que te llevé a través de la Sevilla que más me fascinaba. Allí mismo, en la Plaza de Armas, una plaza rodeada de edificios construidos en diferentes edades históricas, recuerdo que hay, por lo menos, dos puertas singulares: una es la Puerta del León, que es la entrada al Alcázar, un palacio comenzado a construir en la alta Edad Media por una dinastía de reyes musulmanes que se describían a sí mismos como «reyes poetas».

Pero mi intención (o, más precisamente, la intención del egregor que habíamos engendrado) era que nos internáramos en la calle del Agua, a la que se accede por la otra puerta singular (aunque mucho menos vistosa) que da a la plaza. Esa puerta, que está siempre abierta, nos introdujo en una especie de túnel, bastante oscuro, con suelo, paredes y techo de piedra, en el que, además del ruido de nuestros pasos, se empezaba a escuchar el rumor de una oculta fuente, que de repente apareció justo a la salida del túnel, incrustada en el ángulo recto de una esquina de la muralla del Alcázar. El rumor de la fuente aumentaba su volumen pero sin llegar a convertirse en clamor, la humedad impregnaba las paredes, pintadas de color ocre, de ese rincón, y permitía la vida de enredaderas que, buena parte del año, estaban floridas.

Ese rumor habrá ido alejándose a medida que avanzábamos por la calle del Agua, que discurre pegada a la muralla rojiza, con almenas puntiagudas, del Alcázar, y en la que desembocan muchas de las callecitas blancas del barrio de Santa Cruz. Toda esta parte, hasta llegar a la Plaza de Doña Elvira, seguro que la hicimos en silencio. Nos habremos sentado en un banco recubierto de azulejos con motivos blancos, azules, rojos y negros –que a mí me recordaba la estación Independencia de la línea C del Subte de Buenos Aires–, de esa plaza llena de naranjos, cuyas copas, a fines de agosto, albergan unas naranjas chiquitas a las que les falta un buen rato para madurar pero desprenden un perfume suave, y allí permanecimos conversando horas y horas. Si todo esto hubiera ocurrido en abril, con los naranjos florecidos, ni vos ni yo habríamos podido escapar a tanto embrujo junto.

Esta historia continúa aquí: El ángel despatarrado.

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