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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (II)

Para disfrutar más de esta historia, lee primero El egregor.

El ángel despatarrado

Amanecía cuando te dejé, rendida, en la puerta de la pensión. Desde el principio, al conocer los motivos que te habían traído a Europa y tus planes para el futuro inmediato y después, comprendí que no podía esperar nada más allá de lo que había vivido con vos esa noche: recorrer juntos la Sevilla más mágica durante un tiempo finito. Poco recuerdo sobre la forma en que expusiste tus argumentos, pero sin duda fueron contundentes. La parte más juiciosa de mí coincidía en que tus razones eran incontestables, y es la que terminó predominando entonces y predomina hoy, pero no hubiera podido decírselo a la cara a la parte más insensata, que era la más interior, la que personificaba con más veracidad mis deseos y sentimientos, esa parte no podía evitar caer en la desesperación ante la realidad de que ya no te vería. No obstante, casi no hubo guerra: la parte juiciosa, actuando con decisión, maniató, amordazó y colocó a la parte insensata orientada en una postura que no le permitiera mirar en ninguna dirección que no fuera la del olvido.

Dormí sin sueños hasta el atardecer de ese día. Después, salí a la calle y caminé sin rumbo. Mi mente, cansada de buscar un pensamiento que no estuviera relacionado con vos, dejó casi de pensar; mis pasos me llevaban, sin embargo, hacia el lugar en el que te había conocido. Y entonces ocurrió lo que consideré un milagro: justo al principio de la calle Sierpes, levanté la vista y ahí estabas, mirándome, junto al pibe que viajaba con vos, ambos con expresión de profundo cansancio, aunque la de él se combinaba con esa expresión de preocupación con la que lo recordaré siempre, y la tuya parecía decir, no sin cierta alegría, «traté de irme, pero no pude». Iba a ser difícil luchar contra un egregor tan tozudo.

Estaban en medio de un grupo de jóvenes, de diversas nacionalidades, a los que habían conocido casualmente. Se detectaba la presencia de un porro itinerante que no tardó en llegarnos. Andalucía tiene una antiquísima tradición canábica, consustancial, pienso, a la percepción del paisaje sevillano. Acompañados por un par de esos jóvenes, nos trasladamos hasta la orilla del río Guadalquivir. El sol acababa de ocultarse en algún lugar invisible del horizonte y el cielo se había puesto de color vino clarete. ¿Probaste alguna vez el vino clarete? No es un vino rosado, es un tinto muy clarito. De ese color se había puesto también el agua del río, lo que hacía que los reflejos de las luces recién encendidas, recortadas en las sombras negras de los edificios que se erguían en la ribera vecina, bailaran ingrávidas en un espacio sin arriba ni abajo compuesto de sombras negras y vino clarete.

Vos, el pibe que viajaba con vos y yo seguimos caminando, junto al río y sus reflejos, por el Paseo de las Delicias. Mi intención era alcanzar el Parque de María Luisa, atravesarlo y llegar a la Glorieta de Bécquer, el conjunto monumental más romántico que vi en mi vida. Había oscurecido bastante cuando nos internamos en esa combinación de jardines, algunos muy frondosos, que albergan gran variedad de especies vegetales. No pocas de esas especies podrían considerarse exóticas, como el árbol americano que marca el centro del monumento a Bécquer, un ciprés de los pantanos de casi 45 metros que suele vivir alrededor de trescientos años.

El tronco está rodeado por una especie de anillo octogonal de mármol, moldeado como si fuera un banco, en el que se pueden ver, sentadas, las figuras de tres jóvenes mujeres que simbolizan –copio fielmente de Wikipedia– los tres estados del amor: el «amor ilusionado», el «amor poseído» y el «amor perdido». Tras ellas, un ángel adolescente de bronce, el «amor hiriente», planea agredir, con una mano –la flecha, por lo menos entonces, había desaparecido– a una de las doncellas, mientras que con la otra se apoya en el fuste sobre el que se eleva el busto de ese poeta de aspecto desprolijo que solía enamorar a las chicas mediante piropos del tipo «Poesía eres tú». Más allá del busto se puede apreciar, literalmente despatarrada sobre el banco, la figura de otro ángel de bronce con las alas rotas: el «amor herido».

He llegado a pensar que este último ángel, el despatarrado, es una síntesis de todos los demás personajes del monumento: el herido de ilusión, el herido de posesión, el herido de abandono; el mismo Bécquer, herido de poesía –¿no es la poesía algo así como la sangre que brota de las heridas del alma de un poeta?–. Hasta el «hiriente» no tardará en ser herido también –todos terminaremos, más tarde o más temprano, con las alas rotas–. No hubiera sido capaz, en aquel entonces, de hacer semejante síntesis, pero, tratando de determinar el lugar del monumento que debía asignarte, intuí medio horrorizado que tenías que ser el árbol del centro, el ciprés de los pantanos; y yo, la trampa en forma de círculo de mármol que amenazaba cercarte. No me gustó ese rol, había llegado la hora de cambiar. Estaba claro que lo que vos y tu compañero necesitaban era regresar cuanto antes a la pensión y dormir profundamente durante muchas horas, todas las horas que les hicieran falta para retomar, al día siguiente, descansados, el camino que va al sur.

Esta historia continúa aquí: El «príncipe» de San Esteban.

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