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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (III)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

El «príncipe» de San Esteban

Una vez solo, y como era temprano, entré en una vieja y larga bodega en la que se veían grandes cubas junto a las paredes, no lejos de la catedral, por el barrio de los estudiantes. Me senté en una mesita de madera gastada, con una botella de vidrio blanco sin etiquetas, de medio litro, de vino tinto, y me la fui bebiendo vasito a vasito. Dos hombres discutían sobre el significado de la palabra jumento. Uno afirmaba que significaba ‘caballo’, el otro decía que ‘burro’. La disputa lingüística derivó al terreno personal y casi terminan a las piñas. El dueño de la bodega, un señor flaco pero panzón, con boina, los invitó, primero a uno y media hora después al otro, a abandonar el local. No tardé en salir a la calle yo también, había refrescado bastante y daba la sensación de que la noche iba a ser fría. Escogí uno de los mil itinerarios posibles para acercarme hasta el rincón donde pernoctaba; daba igual, cualquier combinación de calles por la que hubiera optado me habría regalado un tesoro de lugares únicos y fascinantes, y también me habría tentado a emitir juicios de valor sobre esa bella y subjetivamente triste ciudad, lugares como para mostrarte a vos.

Cerca de la Puerta Carmona, hay una iglesia preciosa que se llama San Esteban. Es de estilo gótico-mudéjar y fue construida en el siglo XIV sobre lo que era una antigua mezquita. Durante mis primeras semanas en Sevilla, esas semanas terribles en las que me sentía tan desamparado, tuve la suerte de conocer a una chica que se llamaba, precisamente, Amparo, que se apiadó de mí y me amparó. Muchacha pragmática y perspicaz, pronto me puso en contacto con don José, el párroco de San Esteban. Era un párroco provisorio que parecía más enfocado en algún destino futuro que en San Esteban. Ocupaba dos habitaciones bastante pequeñas –aunque, como contrapartida, dotadas de sendas ventanas finas y alargadas de arco apuntado, a través de las cuales solía entrar una luz siempre dorada– en el edificio parroquial adosado a la iglesia: un dormitorio en el que apenas cabía una cama de una plaza; un despacho con una mesa grande y una estantería, ambas repletas de libros y, pegado a la pared, un sofá en el que a veces dormía su madre, que venía desde un pueblo cercano a acompañarlo. Era un cura intelectual; entre otros libros sobre diferentes temas, recuerdo que tenía a mano, agrupadas en tomos, las Obras completas de Freud.

Parece ser que, durante la época de don José –con su actitud nunca dramática, jamás histriónica y muy constructiva–, las actividades sociales que tenían como centro San Esteban se revitalizaron. Entre éstas, las principales eran, en primer lugar, la Hermandad de San Esteban, una cofradía de nazarenos que salía de procesión el Martes Santo, y en segundo, el Grupo Juvenil Parroquial. Ambas actividades están relacionadas de alguna manera con nuestra historia.

Se habla mucho de la Semana Santa de Sevilla. Algunos piensan que, básicamente, se trata de la expresión de un sentimiento religioso. Otros, más sutiles, imaginan un substrato pagano enmascarado en el medievo con formas cristianas y sobreviviendo hasta hoy. Yo la he presenciado y opino que, en Semana Santa, desde hace siglos, los sevillanos, cada año, se ponen de acuerdo en construir un enorme egregor, suma de miles de voluntades, y lo hacen desfilar majestuosamente por las principales calles de la ciudad envuelto en una emoción general in crescendo. Llega un instante en el que la emoción estalla y se produce el clímax. Hablo de un evento mágico que dura lo que la tradición prescribe y, a continuación, duerme hasta el siguiente año.

También el grupo juvenil es importantísimo en mi historia, porque me regaló el primer techo bajo el que me refugié en Sevilla. Don José se puso en contacto rápidamente con Manolo, el mayor de unos treinta jóvenes de ambos sexos que, en tiempo récord, votaron unánimemente asilarme. Cruzando la estrecha calle que pasa por detrás de la iglesia había un local de dos pisos, en muy mal estado (el piso de arriba, por ejemplo, estaba en ruinas), al que se accedía por un gran portón de madera, formado por dos enormes hojas, en una de las cuales se recortaba una puerta más chiquita, pensada como para que pudiera pasar un «hombrecillo» a la vez.

A pesar de que no podía cocinar –no disponía de gas y resultaba peligroso encender fuego de cualquier manera–, ni tampoco ducharme –había un lavadero con agua corriente, que en Sevilla no es mala, pero para no helarme tenía que acercarme a un colegio de curas cercano, un par de veces a la semana, como mucho, y en un horario bien concreto–, fui feliz esos días en los que el local del Grupo Juvenil Parroquial se convirtió en mi casa. Los chicos se las arreglaban para que comiera por lo menos una vez al día y hasta me regalaron ropa. San Esteban era un barrio muy unido y, gracias a la protección de don José, Manolo y los pibes de la parroquia, los vecinos se mostraron solidarios o, por lo menos, mucho más solidarios conmigo que si se hubiera tratado de cualquier otro croto desconocido. En agradecimiento, un día me afeité la barba, por lo que dejaron de llamarme «el Gran Poder» (un Cristo muy popular que desfilaba en Semana Santa) y empezaron a llamarme «el Príncipe», probablemente porque seguía teniendo el pelo muy largo y eso me daba cierto aspecto medieval.

Un domingo, temprano, lavé toda mi ropa en el lavadero y subí, temerariamente entre las ruinas, a la terraza a tenderla. Una anciana que, en la terraza vecina, estaba haciendo lo mismo, me vio y empezó a llorar. Lloraba, me dijo, porque le daba pena que un joven tan guapo tuviera que vivir en una casa semiderruida y… ¡lavarse él mismo la ropa! Sentí que esa viejita era una santa, y lo corroboré al instante porque, justo en ese momento, todas las campanas de las iglesias de la ciudad (las de San Esteban, las de las iglesias vecinas, las lejanas y las lejanísimas), con sus diferentes tonos, tempos y melodías, comenzaron a redoblar al unísono, llenando el aire de una música solemne aunque un poco desordenada.

El grupo parroquial editaba una revista, cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo, escrita por los mismos pibes, la mayoría adolescentes o casi-niños, aunque los editoriales los escribía Manolo, que no creo que superara los veinte años. Por la época en que apareciste vos, corría por el barrio un número en el que Manolo bajaba línea:

«Estos días –trato de reconstruir lo que decía–, hemos sido visitados en el local por personas a las que la vida no ha tratado del todo bien. Todos conocéis a Jorge, ese chico argentino que llegó huyendo de la dictadura sangrienta que se ha apoderado de su país, y también al señor Antonio, que últimamente veíamos muy triste porque se quedó viudo y, recientemente, para colmo, el techo de su casa se derrumbó y no tiene donde vivir…» y continuaba hablando de la importancia de amar al prójimo. En las otras páginas se actualizaba a los lectores sobre la marcha de las actividades del grupo y, hacia el final, podían leerse algunas poesías escritas por los mismos niños, entre las que había una escrita por mí, muy corta: «Un día me fui / no sé cuándo / y dejé muriéndose / no sé qué cosa. / Hoy me encuentro muy lejos / no sé dónde / y ya no quiero regresar / no sé por qué». Me da un poco de vergüenza hacértela leer; pero bueno, da una idea de mi actitud –no haría bien si te la ocultara– y de cómo ese tipo de cosas consolidaban mi show.

Esta historia continúa aquí: Griegos y latinos.

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