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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (IV)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

Griegos y latinos

Fue esa noche de fin del verano, en la que se había levantado un frío más típico de bien entrado el otoño –cosa nada frecuente en Andalucía–, y en la que me había despedido de vos –pensaba– para siempre, porque tenían planeado volver a Barcelona por otro camino, cuando, al introducir la llave en la puertita recortada en una de las hojas del portón de madera del local, una sombra envuelta en un sobretodo gris se me acercó y me dijo que era el señor Antonio, que estaba esperándome y que los chicos de la parroquia le habían permitido pasar algunas noches allí porque su casa se había derrumbado. Lo hice pasar y le dije que se acomodara como mejor pudiera. Me lo agradeció, y yo, presa de un malestar creciente, entré en el cuartito donde los pibes me habían puesto un catre y entrecerré la puerta.

Pero unos minutos más tarde me puse a espiarlo a través de la puerta entornada. Se había sentado en una silla nada cómoda, tenía los ojos cerrados y usaba su sobretodo como manta, aunque era evidente que el frío y la humedad del local lo acosaban por todos los flancos. Todo él, sus cabellos, su piel, el sobretodo, los calcetines cortitos que se le podían ver pese a que no se había quitado los zapatos raídos, formaban un conjunto gris, solitario, resignado y ausente. Y entonces caí en la cuenta del porqué de mi malestar: él y yo pertenecíamos al mismo tipo de personas a las que «la vida no había tratado del todo bien»; yo tampoco era un «príncipe», pero a él la mishiadura lo había sorprendido al final del camino, su sufrimiento era añejo, crónico, no le habría importado dejarse morir. Fui a buscar unas mantas y le dije que se acomodara en una oficina, un poco más abrigada, que los miembros del grupo utilizaban a modo de sala de reuniones, en la que habían juntado tres mesas cuadradas sobre las que, colocando una de las mantas como colchón y tapándose con la otra y el sobretodo, Antonio podría, por lo menos, conciliar el sueño.

La aparición del señor Antonio me hizo volver a pensar en que era imprescindible hacer algo que modificara el estado de postración en el que había caído, y esa resurrección de mi dignidad agradó a mi amiga Amparo que, unos días más tarde, me puso en contacto con el señor Padilla, dueño de una librería situada en La Campana, al principio (o al final, no estoy seguro) de la calle Sierpes. El personal fijo lo constituían el librero y su esposa, bastante más joven que él, pero circunstancialmente necesitaban contratar a un par de ayudantes. Se acercaba el final de las vacaciones y comenzaban unas semanas en las que las librerías tenían mucha actividad.

Padilla me hizo una prueba para comprobar si reunía las condiciones mínimas para hacer ese tipo de trabajo: sobre una mesa grande estaban, amontonados, gran cantidad de libros diversos, todos pertenecientes a la sección «Clásicos». Al lado, contra la pared, había dos estanterías vacías altísimas. En una debía colocar, por orden alfabético, los griegos y, en la otra, los latinos. Tardé un rato pero lo hice bien; la esposa de Padilla revisó meticulosamente las estanterías y me felicitó, además, porque, según dijo, rara vez algún aspirante superaba la prueba.

Diferente fue, sin embargo, la actitud del librero. Noté que, a medida que se iba dando cuenta de que cada autor clásico estaba en su lugar, en su cara empezaba a dibujarse una expresión de enojo –quizás, pienso ahora, había apostado contra mí–. Hasta que detectó, por fin, un discutible fallo: había colocado los libros de teoría a continuación de su respectivo autor clásico, mientras que él siempre había preferido que todos estos autores estuvieran ordenados también por orden alfabético en sus respectivas estanterías. Hice un intento de explicarme pero eso pareció enfadarlo más. Por un momento pensé que estaba por arrojarme sin piedad a la calle. Sin embargo, su esposa lo detuvo con una mirada seria. Y así comenzó una nueva etapa de mi vida sevillana.

El trabajo, al principio, fue duro. Pronto comenzaron a llegar camiones que traían cajas y cajas de libros. Tras descargarlos, había que abrir las cajas de cartón e ir depositando cada libro en su lugar. Eran libros de primaria, secundaria y universitarios, que los estudiantes, a veces acompañados por sus padres, hacían cola para comprar. La actividad, por momentos, era frenética. Un viernes por la noche, al terminar una jornada agotadora, regresando al local del grupo juvenil, decidí detenerme un momento en la Plaza de Santa Cruz, en la que, en esa época del año, se reunían los estudiantes que regresaban de sus vacaciones e improvisaban una especie de fiesta (que a los vecinos, por cierto, no agradaba demasiado). Estaba charlando con algunos conocidos cuando, de repente, me dio un vuelco el corazón: entre la multitud de jóvenes que reían y bailaban reconocí al pibe que viajaba con vos, con un porrón de cerveza Cruz Campo en la mano, y a su lado estabas vos, vestida, como de costumbre, con tu falda larguísima y tu remera de tul.

Esta historia continúa aquí: Todas esas cosas que hacen los novios.

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