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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (V)

Sevilla y la conflagración cósmica (V)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

Todas esas cosas que hacen los novios

Estaban relajados, cansados como siempre, pero con un cansancio diferente, como el de alguien que empieza a recuperarse de una especie de enfermedad. Él me miró esta vez sin preocupación, pero como si pensara «Sabía que iba a pasar esto»; y vos me miraste como diciendo «Temí que no aparecieras». Me enteré de que, tras abandonar Sevilla semanas atrás, repentinamente, habían decidido subirse a un barco en Algeciras que los llevara a Marruecos y, una vez allí, tratar de alcanzar algún lugar habitado que se encontrara lo más profundamente posible internado en el desierto africano. Fue una decisión irresponsable que podrían haber pagado muy cara. A causa, pienso, del cansancio y de la abismal diferencia de temperaturas diurna y nocturna, comenzaron a sentirse enfermos justo cuando se encontraban en medio de la nada, en una zona en la que, en el idioma de los habitantes, ni siquiera existe la palabra médico.

El regreso a la costa fue una pesadilla, te subió la fiebre y, según me contaste, si no fuera por el pibe que viajaba con vos que, sobreponiéndose a su propio malestar, te atendió y cuidó durante todo el viaje, difícilmente hubieras vuelto a ver el mar. Aún en el barco que los traía de regreso a Europa, vos ya sin fiebre y bastante recuperados, se sentían aplastados por un cansancio profundísimo: la madre y el padre de todos los cansancios. Así que decidieron descansar un par de días antes de emprender el regreso definitivo a la lejana Barcelona. «Pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar», dice el tango. Y vos no eras una viajera ordinaria, eras una viajera que huía. Para recuperarte totalmente no te bastaba con dejar de viajar, tenías que dejar de huir. Y aquello de lo que huías se encontraba en Sevilla.

Nos retiramos pronto esa noche del reencuentro, yo también estaba agotado y los sábados trabajaba desde temprano hasta el mediodía. Pero al atardecer te pasé a recoger para que recorriéramos, juntos, la Sevilla otoñal. Fuimos de nuevo al Barrio de Santa Cruz y desde allí pasamos a los Jardines de Murillo, otro parque maravilloso, laberinto de jardines floridos, glorietas azulejadas, fuentes escondidas y anchas avenidas bordeadas de árboles frondosos de hojas amarillas, avenidas por las que circulan coches tirados por solemnes caballos de la raza árabe que transportan parejas de turistas enamorados de piel roja y un poco de olor a bronceador.

Esa tarde hicimos todas esas cosas que hacen los novios: caminamos tomados de la mano mirándonos a los ojos, o abrazados de diferentes maneras, o vos trepada sobre mi espalda como si yo fuera un caballito; jugamos a luchar hasta que me venciste –te dejé ganar porque estabas convaleciente–, me crucificaste de espaldas contra la hierba y contaste «uno, dos, tres...» como si fueras Martín Karadagián derrotando a La Momia; nos reímos mil veces, hasta llorar, casi. Y claro, nos besamos de todas las maneras posibles: besos largos con los ojos cerrados, besos de duración media con los ojos entreabiertos y pensando en otra cosa, ráfagas de besos cortitos disparados a quemarropa que podían hacer blanco en cualquier rincón de la piel... Allí fue cuando me acostumbré a sentirme cómodo del lado de adentro de la cortina de tu pelo, cómodo y seguro, como si me encontrara en mi propio hogar.

No sé vos, pero yo, durante aquellas horas, alcancé la ataraxia, ese estado de felicidad al que se llega, según algunos filósofos, cuando se realizan los deseos y se aplacan las pasiones. Creo que fue allí donde descubrimos el poder del olvido, aplicándolo a la inminencia de nuestra separación definitiva. Al hacer invisible este hecho, el tiempo se detuvo y experimentamos la eternidad. No tardaríamos en tratar de aplicar ese poder también a la ausencia, con más o menos éxito al principio, pero logrando establecer su imperio al final. Si el egregor, además de su enorme potencia, posee también algún tipo de conciencia de sí mismo, en ese instante habrá comenzado a temer por su vida.

Esta historia continúa aquí: En la dirección opuesta al mar.

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