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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (VI)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

En la dirección opuesta al mar

El domingo, poco antes de irte, nos despedimos amablemente luego de intercambiar direcciones con la expectativa de mantener una relación epistolar, como esos adolescentes que han vivido un romance de verano durante las vacaciones. El lunes fui a trabajar en un stand que la librería había instalado en el salón de los pasos perdidos de la facultad de Ciencias de la Educación. Sin la supervisión rigurosa de Padilla, esa tarea me resultaba ligera y me brindaba la posibilidad de conocer a jóvenes de mi edad. Semanas más tarde, me mudé a un departamento que compartían unos estudiantes en la calle Caballeros. Mi aspecto de indigente fue mutando al de «sudamericano algo bohemio». Durante las semanas que la librería no me necesitaba, peregrinaba durante las noches a través de los lugares de moda, coleccionando amigos, estudiantes oriundos de otras ciudades y pueblos, los más, pero también extranjeros que habían elegido Sevilla para vivir sus años sabáticos.

Cada tanto, caía en una melancolía que casi siempre estaba relacionada con vos, pero también con Buenos Aires, con la gente querida que había dejado allá. En esos tiempos en los que no existía Internet, las noticias llegaban muy de tanto en tanto y un ejemplar de Clarín del mes anterior constituía un raro tesoro. Cuando algo así llegaba a mis manos, lo devoraba palabra a palabra, desde la portada hasta la contratapa, desde los editoriales hasta a los chistes, pasando por la programación de cines y teatros, los deportes, las notas sociales y los avisos clasificados. La posibilidad de volver parecía más lejana en el tiempo que los miles de kilómetros en el espacio. Quizás fue en uno de esos momentos cuando te escribí la primera carta, como quien arroja una botella al mar. Sin embargo, un mes más tarde, habría de llegarme tu respuesta.

Comenzó así la corta etapa epistolar de nuestra relación. Digo corta, aunque se haya extendido bastante en el tiempo (unos cuantos meses), porque calculo que, en realidad, habremos intercambiado no más que unas cinco cartas (dos tuyas y tres mías), sin contar la última, que fue una postal (El bufón don Sebastián de Morra, de Velázquez) que te envié desde un paseo por Madrid, quizás comparándolo de alguna manera conmigo para reprocharte no sé qué, a una dirección extinta, y comprobar que te había perdido la pista. Sólo sobrevivió una carta y la tenés vos.

Así como no recuerdo prácticamente nada de lo que hablábamos en Sevilla, lo mismo ocurre con las cartas. De alguna manera me habré enterado de lo poco que sé sobre vos, pero ¿de qué manera?, ¿en qué contexto? Pienso que el contenido, tanto de nuestras charlas como de nuestras cartas, tiene que parecerse al de este texto que estoy escribiendo: las mías serían apasionadas y delirantes («egregores», «conflagraciones cósmicas», lo que fuera por conservar tu atención); las tuyas, arcanas, misteriosas, siempre eludiendo lo que yo más necesitaba saber.

Te pongo un ejemplo imaginario: si yo, de manera repentina, mirándote fijamente a los ojos, te hubiera hecho todas estas preguntas juntas: «¿Cuál es tu relación con el pibe que viaja con vos? ¿Es tu novio?, ¿tu amante?, ¿un amigo muy querido...?», «¿Por qué volviste a Sevilla, si tenías planeado regresar por otro camino a Barcelona?», «¿Cómo te gusta el café?, ¿amargo o dulce?», «¿Qué es lo que sentís, exactamente, por mí?», vos te habrías quedado reflexionando un buen rato bajo tu frondoso flequillo, como quien trata de elegir con precisión cada palabra, y después me habrías respondido con resolución: «De Colombia, recién molido, bien fuerte, bien caliente y con media cucharadita de azúcar».

Si uno sabe que se viene un tsunami, huye en busca de tierras elevadas, en la dirección opuesta al mar. Es una actitud razonable dictada por el instinto de supervivencia. Pero cuando me llegaba alguna de tus cartas, todos los efectos del «olvido terapéutico» se desvanecían y tu imagen volvía a apoderarse del grueso de mi actividad mental. Era un sentimiento ambiguo, compuesto a la vez por la discutible satisfacción que me provocaba pensar que pudieras estar experimentando emociones equivalentes a las mías y la sensación de que, por más esfuerzos que hiciera por trepar la montaña, la ola gigante siempre habría de alcanzarme y revolcarme sin piedad. Es cierto que, a medida que el tiempo transcurrido entre carta y carta se iba extendiendo, los acontecimientos cotidianos de mi vida sevillana iban colocándote en segundo y hasta en tercer plano, pero siempre estabas ahí.

El local de la librería, en la que seguía trabajando esporádicamente, estaba constituido por dos plantas, la planta baja y un piso alto con grandes estanterías pegadas a las paredes, al que se accedía por una escalera de madera. Allí solía ubicarme, sentado frente a una mesita, realizando diferentes tareas y vigilando a los clientes que buscaban en los estantes qué libro comprar. Una de mis ocupaciones habituales consistía en rellenar con datos una ficha que luego pegaba con cola blanca en la contracubierta. Esa ficha estaba compuesta por dos partes separadas por una línea de puntos; cuando el libro se vendía, la parte encolada quedaba pegada en la contracubierta y la otra era conservada por la librería.

El trabajo de vigilancia me provocaba un placer inconfesable, producto a la vez del aburrimiento y de cierto sadismo: había aprendido que todos los clientes que revisaban las estanterías, robaran o no, se sentían cohibidos al imaginar mi mirada a sus espaldas. Pagué caro ese entretenimiento una vez que entró una chica muy guapa a la que seguí demasiado con la mirada y también con mis oídos, ya que, al buscar, se le escapaban perceptibles suspiros. Tan atento estaba a ella que, accidentalmente, apreté demasiado el pomo que tenía en una mano y un gran chorro de cola blanca cayó sobre la contracubierta del libro que tenía delante. No encontré manera de reparar el daño y comencé a sudar, porque el libro –que además era un libro caro– había quedado definitivamente dañado. En ese momento los papeles se intercambiaron y fue ella la que se pasó un buen rato jugando conmigo. Sus suspiros se habían convertido en disimuladas risitas. No tuve el valor de informar sobre lo que me había pasado y, cuando la chica se marchó, cerré el libro, de manera que contracubierta, ficha y página de cortesía se convirtieron en un definitivo mazacote que, derrotado, coloqué en el lugar que alfabéticamente le correspondía. Desde ese momento, y durante decenas de años, he sufrido terribles pesadillas en las que veo a mi jefe que, con ojos inquisidores, me señala ese mismo libro y me pregunta «¿Qué es esta guarrada?».

Una mañana, ya entrado definitivamente el invierno, en uno de esos períodos en que la librería no me necesitaba, me llegaron dos cartas juntas cuyo remitente no eras vos. Habían sido enviadas con unos quince días de diferencia, pero el correo intercontinental solía ser así. En la más antigua, mi mamá me informaba sobre una noticia triste: la muerte de la tía Haydée, una tía abuela muy querida que, como éramos seis hermanos, había participado muy directamente en mi crianza. Fue ella mi primera lectora, la que siempre me animó a seguir escribiendo. La segunda carta también estaba relacionada con esa tía, aunque las noticias no eran del todo tristes: resulta que la tía se había pasado la vida dedicando parte de su sueldo (trabajaba en la Municipalidad) a costearse su futuro funeral y el nicho en la Chacarita, pero la inflación había convertido sus esfuerzos en nada. Mis padres, sabiendo cuánto me quería ella y los problemas económicos por los que estaba pasando en Europa, habían decidido enviarme ese dinero a mí, y adjuntaban los datos del banco en el que estaba depositado. No era mucho, pero alcanzaba para comprar un pasaje de ida y vuelta, en avión, a Barcelona y para poder quedarme un par de días allí.

Esta historia continúa aquí: «Ponete este gamulán».

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