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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (VII)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

«Ponete este gamulán»

Opté por el avión porque, aunque el viaje en tren era más barato, duraba en esa época muchísimas horas y recuperarme del mismo habría requerido otras tantas. Por otra parte, la ansiedad que se apoderó de mí ante la perspectiva de volver a verte era demasiado intensa como para permitir que se alargara en el tiempo. Recuerdo que, tras despegar y atravesar una gruesa capa de nubes, vi que el sol del atardecer había teñido el paisaje del mismo color de aquella tarde, junto a vos, a orillas del Guadalquivir, y que, a mis pies, entre ese colchón de nubes vino clarete, emergían, del mismo color, las cumbres filosas de Sierra Nevada.

Casi había oscurecido cuando aterrizamos. Tenía planeado hacer unas cuantas cosas en Barcelona: comprar bisutería barata en el Call, visitar a algunos parientes y amigos... Pero decidí que lo primero era lo primero, así que me fui directamente a la estación desde la que partían los trenes a Sitges, con la intención de hacerte una sorpresiva visita. El hecho de sorprenderte me daba miedo; por eso, durante el viaje, tanto en el avión como en el tren, había pensado lo que iba a decirte en el momento en el que me vieras: que venía por un par de días, que sólo íbamos a estar juntos un rato, etc.

La angustia se disparó cuando oprimí el timbre junto a la puerta de la casa donde vivías, en el carrer Sant Damià. Me abrió el pibe que viajaba con vos –que en ese momento se convirtió en «el pibe que vivía con vos»–, su aspecto no había cambiado, más bien se había intensificado, la expresión de preocupación que le era habitual se convirtió, al verme, en una expresión de intensa preocupación. No obstante, me recibió con amabilidad, me hizo pasar y me contó que habías salido a hacer unas compras para la cena. Entraste poco después, en el momento en el que él y yo, sentados en la cocina, procurábamos hilvanar una trabajosa conversación. Enrojeciste al verme, y también te emocionaste: tus ojos se pusieron brillantes; si mi intención era sorprenderte –que, en realidad, no lo era–, lo había logrado.

Me apresuré a decirte todo lo planeado. Vos me escuchabas con inusual atención. Al terminar, se desencadenó una escena que no olvidaré jamás: con gesto decidido, te pusiste de pie y te acercaste al pibe que vivía con vos, que estaba haciendo no sé qué relacionado con la cena. Pude escuchar la conversación. Le dijiste algo así como: «Lo siento, pero habrá que postergar lo que teníamos planeado. Jorge se va mañana, y yo... Voy a pasar la noche con él». «¿Te guardo algo de cena?», te preguntó él, compungido, mientras ibas de un lado a otro buscando tu bolso. «Comeremos algo por ahí», respondiste, ya cerca de la puerta. Él entró rápidamente en una habitación y nos alcanzó con un abrigo, creo que de hombre, en una mano. «Ponete este gamulán –dijo–, la noche va a ser fría».

Debo aclarar que su actitud no daba la sensación –ni la había dado nunca– de ser la de un celoso. ¡Quién sabe! Si hubiera sido así, seguro que en ese momento pendía sobre mí una amenaza más que seria –por mucho menos, hay quien asesina–. Pero creo poder explicarla de otra manera: reflejaba el miedo de alguien que ve que una persona a la que adora va a internarse en la noche oscura y helada acompañada de otra que, sin lugar a ningún tipo de dudas, está completamente loca. Mi aspecto no ayudaba. A pesar del frío, intensificado por la cercanía del mar, sólo me había abrigado con un suéter rarísimo, inverosímil en el Mediterráneo: de cuello alto, tejido en un punto muy apretado con una lana muy gruesa y muy dura de color ceniza, que me llegaba hasta la mitad del muslo. Era una prenda muy abrigada que me había regalado mi amiga Amparo, en tiempos de mishiadura extrema, diciéndome que en el pasado había pertenecido a no sé qué alpinista de antes de la guerra o, quizás, a un rudo pescador escandinavo.

«Mejor no nos quedemos en Sitges», me rogaste ya en la calle. Apretamos el paso en dirección a la estación porque eran las diez de la noche y podía escapársenos el último tren. Ya a bordo, te relajaste y parecías feliz. El viaje tardaría cerca de una hora, porque se trataba de un tren suburbano que paraba en todas las estaciones; así que, mientras las luces amarillentas de los alrededores de Barcelona volaban tras la ventanilla, nos enfrascamos en una de esas conversaciones larguísimas que parecían hipnotizarnos mutuamente y de las que casi nunca he llegado a recordar su contenido.

Esta historia continúa aquí: El conjuro.

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