Blogia
Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (último capítulo)

(... y VIII)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

El conjuro

Por fin emergimos, al final de una escalera mecánica, en medio de las Ramblas de Barcelona. No era la Barcelona de ahora, tan atiborrada de turistas día y noche. La ciudad, en invierno, a esa hora, se volvía triste. No teníamos hambre y los pocos bares y restaurantes que quedaban abiertos parecían sólo poblados por personajes sórdidos. Además, con la prisa, apenas llevabas unas pocas pesetas en tu bolso (suficientes, como mucho, para un boleto de regreso a Sitges), tan ciega era la confianza –pienso ahora– con la que te habías abandonado a mis manos. Me preguntaste si conocía algún hotel y, si era así, me pediste que fuéramos directamente. Yo sólo conocía el Hotel River, en el carrer Sant Pau.

¿Te acordás de esa canción de Serrat, Temps era temps, que decía: «Una, Grande y Libre / Metro Goldwyn Mayer / La toma o la deja / Gomas y lavajes...» y de que los argentinos siempre nos preguntábamos qué carajo podía ser eso de «gomas y lavajes»? Bueno, el carrer Sant Pau nacía en las Ramblas y se internaba en el Barrio Chino –eso de chino nunca lo entendí, para esa época era dificilísimo ver a un chino en Barcelona; ahora ni te cuento... ¡Se ven miles!–. Era una calle tradicionalmente dedicada a la prostitución, por la que desfilaban permanentemente clientes, macarras y putas, y en la que predominaban locales en los que se vendía (y anunciaba en carteles) todo tipo de adminículos relacionados con ese oficio. Las gomas, evidentemente, eran los preservativos; y los lavajes eran... En fin, ya te imaginarás.

Cuando llegué por primera vez a Barcelona, en verano, un par de años antes, como todo el mundo, fui a parar a las Ramblas y me interné en el Barrio Chino por el carrer Sant Pau. Vi un hotel que, por su aspecto, me pareció barato y me alojé allí. Recuerdo que estaba invitado a una cena de bienvenida en otro barrio, Lesseps, por lo que, una vez instalado, y tras ducharme bajo un chorro finito de agua tibia que brotaba de un calefón eléctrico antiquísimo, me puse una remera muy blanca y salí a la calle. Caminaba hacia las Ramblas en busca del Metro cuando, frente a mí, haciendo amplias eses, vi que venía un marinero completamente ebrio. Daba la impresión de haber sufrido una caída porque de una de sus cejas parecía brotar una buena cantidad de sangre. Traté de esquivarlo, pero no pude evitar que su frente entrara en contacto con mi remera inmaculada. Ya en el metro, mirándome en el cristal de una ventanilla, descubrí que tenía pintada una enorme mancha roja justo en el corazón.

El Hotel River, a pesar de todo, no era un hotel «inmundo», de esos en los que se puede encontrar un bidet al lado de la cama (que también los hay), pero sí tengo que reconocer que se trataba de un lugar bastante deprimente. No me perdonaré jamás que nuestras bodas hayan tenido que consumarse allí. Sólo la escalera de mármol por la que accedimos al primer piso sugería un pasado presuntuoso. Nuestros pasos hacían chirriar el parquet del estrecho pasillo, iluminado por una luz agonizante, que pronto nos llevó hasta la puerta de la habitación que nos había sido asignada. Ya adentro, al contemplarla, comprendimos que era imprescindible encontrar la manera de hacer desaparecer ese empapelado mustio. Lo conseguimos abriendo los postigos de la ventana y apagando la luz, después de constatar que todo, incluyendo la colcha y las sábanas, parecía limpio.

Sólo quedaron impresas en mi memoria unas pocas imágenes, no todas visuales, de esa noche y de lo que ocurrió entre nosotros: una es que lo primero que hice fue volver a traspasar la cortina de tu pelo e instalarme allí como quien vuelve a un lugar que jamás debería haber abandonado; otra es que, a través de los cristales, nos llegaba una luz proveniente de diferentes orígenes artificiales pero que, de tan rebotada, podría haberse parecido a la de la luna; otra es que, apenas iluminados por recortes de aquella luz, nos hicimos todo lo que se hacen las almas que ansían unirse; otra es que lloramos, a la vez, largo rato, muy probablemente por causas distintas, pero no desconsoladamente sino al contrario: buscando en el llanto compartido mutuo consuelo; y otra es que, hacia el amanecer, cuando ya la poca luz que entraba era natural y vos te habías quedado dormida, de espaldas a mí, la cortina de tu pelo se abrió en dos y me permitió ver un trocito de tu cuello blanco, y que en ese momento te veneré como los creyentes afirman venerar a Dios.

Pero de lo que pasó esa noche, lo más importante no es lo que recuerdo sino lo que deduzco: que lo hablamos todo y que todo lo que hablamos fue verdad; que contestaste a todas mis preguntas y me permitiste conocer hasta el más íntimo escondrijo de tu corazón; que llegamos definitivamente a la conclusión de que debíamos luchar contra esa pasión que se había apoderado de nosotros, porque correr tras lo imposible conduce a la muerte, y que, por consiguiente, estábamos obligados a hacer un conjuro. Conjuro significa ’ligarse con alguien, mediante un juramento, para algún fin’. El fin era olvidarnos, alcanzar el estado de olvido total, y ese olvido tenía que ser para siempre. Dolorosamente –ya que la ciencia del olvido requiere un aprendizaje doloroso–, a lo largo del tiempo, el conjuro se fue cumpliendo. Cada día, cada mes, cada año fuimos agregando primero puñados, después paladas, más tarde quintales y al final toneladas de tierra sobre la tumba del egregor. Y llegamos a olvidar, es cierto, pero, como siempre ocurre con los conjuros, permanecimos ligados por un vínculo invisible.

A pesar de ser una calle muy angosta, el tráfico del carrer Sant Pau, de día, era intenso; motos, taxis, camiones y autobuses aturdían a los peatones que transitaban presurosos por sus estrechas veredas. Sin la posibilidad de decirnos nada más, nos despedimos –no sé si con un beso– en la puerta del hotel. Me quedé viendo cómo te alejabas a paso decidido, envuelta en ese abrigo marrón de hombre y con tu bolso colgando del hombro, como quien tiene muy claro a dónde va. Pero tras recorrer un par de decenas de metros te giraste de improviso para mirarme una vez más. No creo que me miraras con la intención de transmitirme algo; tampoco para fijar mi imagen en tu memoria, ya que habías decidido empezar a olvidarme. Esta vez lo hacías como diciéndote algo a vos misma, como juntando fuerzas para emprender una tarea titánica o como preguntándote: «¿Qué es exactamente lo que tengo que olvidar?».

Voy a poner fin a este relato aquí mismo, las razones por las que, cuarenta años más tarde, me buscaste en Facebook y volvimos, virtualmente, a encontrarnos no aportarían nada. Te copio la definición completa de conflagración cósmica: «Para los estoicos, es la combustión en la cual, cíclicamente, en el gran año en el que concluye el ciclo de desarrollo del cosmos, el fuego consume y reabsorbe en sí toda la realidad. Sin embargo, no de manera definitiva, porque el mundo se regenera de esa condición y recomienza a desarrollarse en formas siempre idénticas».

0 comentarios