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El talismán de Juanjo

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El matrimonio de Julián –hijo de un aviador republicano español refugiado en México–, y con él toda su vida, caminan rumbo a un callejón sin salida, lo que le inspira la decisión de viajar a España para ocuparse de dos tareas, ambas relacionadas con su padre, a las que atribuye trascendental importancia. En primer lugar, se propone cumplir un expreso deseo paternal: que sus cenizas sean vertidas en el Mediterráneo, frente a la costa de Barcelona; en segundo, recuperar La Bonita, una locomotora de vapor en miniatura construida por el aviador cuando Julián era un niño. 

Pero al igual que aquella España en cuyos cielos el piloto republicano hubo de jugarse la vida, a bordo de frágiles artefactos, en una batalla perdida de antemano contra milenarios molinos de viento, el país al que llega Julián se encuentra en otra grave crisis protagonizada por los mismos desiguales factores de antaño, lo que hará que el hijo del aviador se descubra a sí mismo protagonizando una odisea muy distanciada de sus planes iniciales, en la que sus objetivos, en principio tan sencillos, se vean reemplazados por la necesidad de satisfacer inquietudes vitales mucho más profundas. 

Si El talismán de los espejos (una ficción ambientada en 2017) es una odisea en la que Julián es Ulises, el «anchuroso ponto» es una España recorrida de cabo a rabo en trenes ultramodernos envejecidos prematuramente por la corrupción y el abandono, autobuses perdidos en laberintos viales deambulando a través de un incendio forestal crónico, bólidos de gama alta conducidos por gánsteres alucinados que huyen de la policía… Y los suburbios de Troya, donde se libra la guerra de las guerras, es la batalla del Ebro –sus trincheras, sí, pero también su no menos sangriento cielo–, o la retirada de Cataluña, o el miserable campo de concentración francés de Árgeles-Sùr-Mer. Es decir, el ayer y el hoy reflejándose a cada paso, como un espejo que refleja otro, que refleja otro, que… en fin, refleja. 

Y claro, Ítaca, en este caso, no es una isla enclavada en algún punto del mar. Al revés: es ella la que navega en busca del héroe. Del héroe Telémaco-Ulises-Julián y de todos los héroes que ofrendan sus vidas en guerras imposibles, ya sea contra el Mal (el Mal así, con mayúscula) o contra los no menos de terribles fantasmas del pasado.

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