Weblog ética y pedagógica creada por Jorge Vernieri

El facultativo profirió un rugido tremendo y amenazó con dar un salto hacia adelante... Pero al final, obediente, terminó pasando por el aro.

BloGalaxia

Webloogle Blog Directory

Enlaces

Mis otras blogs

Todos los artículos

Sitios amigos, queridos y/o admirados

Mamerto Sócrates recomienda

Estadísticas

  • http://s20.sitemeter.com/stats.asp?site=s20grandes

Más estadísticas

  • http://www.nedstatbasic.net/stats?ADHLWwdw27nldTF9tajwLBgdHcow


Qué hacer con las ideas de Platón

platon2.jpg

Vuelvo a subir este artículo porque lo borré accidentalmente y porque es de rabiosa actualidad.

Supongamos que a Sócrates (me refiero a Mamerto Sócrates, corrector tipográfico) le entregan un libro de un millón quinientos mil espacios para corregir en una semana. Supongamos que es agosto (tórrido verano en el hemisferio boreal) y que el título del libro es Historia de la Filosofía. Entre el calor y la cita introductoria que reza «La Historia de la Filosofía (así, en letra cursiva) tal y tal y tal…» firmado Hegel (a secas) –un autor que, por cierto, Mamerto descubrirá que no es uno de los filósofos estudiados en el libro–, Sócrates empieza a calentarse. Se calienta además porque, como en general los correctores tipográficos (escritores frustrados los más), Sócrates tiene muy poco sentido del humor, y porque las características de la cita (como si Hegel estuviera citando este mismísimo libro) le hacen sospechar que el autor de Historia de la Filosofía es un «peazo de filósofo». Mira unas páginas adelante y descubre que todos los capítulos, dedicados más o menos cronológicamente a los filósofos preferidos del autor, van encabezados por citas similares, a veces en letra redonda, a veces en letra cursiva, a veces en redonda entre comillas, a veces en cursiva entre comillas (algo que horroriza especialmente a Sócrates), a veces en redonda en un cuerpo menor, a veces en cursiva en ese cuerpo menor u otro; a veces en un cuerpo menor, redonda y comillas; y a veces (era de esperar) cuerpo menor, comillas y cursiva. Por supuesto que todas estas citas van firmadas con el apellido; el apellido y el nombre –para que puedan ser alfabetizadas con facilidad (supone Sócrates, aunque luego no encontrará ninguna oportunidad en que esto se intente con algún propósito)–, el nombre y el apellido, o el nombre o el apellido solos… el apellido en versalita y el nombre o nombres en redonda o viceversa, o apellido y nombres en versalita o en cursiva o en redonda, etc., sin olvidar, cada tanto, la versalita cursiva. «El autor del libro –masculla Sócrates mordiéndose un codo–, como buen “peazo de filósofo” que debe ser, sospecha que, entre todas las variantes que nos ofrece la ortotipografía, habrá una que será la correcta, y no quiere perderse la oportunidad de acertar por lo menos una vez.»

Supongamos que Sócrates trabaja para una editorial que en su día fue de las más serias y prestigiosas de la ciudad de Barcelona, pero que, a partir de un nefasto momento de su historia (de la historia de la editorial, claro, no vamos a detenernos ahora en la historia de Mamerto Sócrates) cayó en manos de un pulpo multinacional dirigido por individuos inescrupulosos provenientes del mundo del fútbol y la especulación inmobiliaria. Supongamos que, en la actualidad, los autores que publican en esta editorial se pagan ellos mismos la edición de sus trabajos, y supongamos que estos autores son eméritos profesores de la universidad, por lo que sus sufridos alumnos no tienen más remedio que comprarse, sí o sí, esta Historia de la Filosofía escrita por este «peazo de filósofo».

No nos olvidemos que a profesores eméritos de universidad «no se les puede tocar nada», como dice el Jordi, editor de la colección que reúne estas eméritas obras, y someter al examen de un corrector de estilo los inmaculados originales que se traen bajo el brazo significaría una ofensa. En una ocasión, Sócrates decidió tomarse al pie de la letra eso de «no tocar nada» pero el Jordi lo paró en seco con un «Mamerto, no te hagas el listillo».

Supongamos, entonces, que Aristóteles (en este caso, el filósofo) «es amigo de Platón pero más amigo de la Verdad» y que san Agustín («ese pillo», se dice Sócrates) más amigo de Platón que de Aristóteles… y que el autor de Historia de la Filosofía es muy amigo de san Agustín y quiere manifestarlo en el uso de las iniciales mayúsculas, pero no sabe si hace bien. En ese caso, tendremos al demiurgo y al Demiurgo, a la providencia y a la Providencia, a los santos padres de la Iglesia y a los Santos Padres de la Iglesia; también tendremos la ilustración y la Ilustración, al anticristo y al Anticristo, al superhombre y al Superhombre… pero seguro que nunca el Comunismo o la Revolución. A Mamerto Sócrates le parece irresponsable, en un libro que habla sobre filosofía, dejar libradas estas cuestiones tan subjetivas al criterio del corrector tipográfico, pero ¿cómo expresarlo sin recurrir a la impertinencia? Tal vez debería hacer como Descartes que, para no experimentar el disgusto de saborear un olor a asadito proveniente de sus propias carnes, siempre comenzaba sus escritos demostrando la existencia de Dios: «Si Dios es la suma de todas las perfecciones –decía– entre éstas tendrá que estar la de la existencia».

Para concluir, supongamos que el autor de Historia de la Filosofía ha resaltado cada tanto en letra negrita, al azar, algunos vocablos y conceptos para sugerir que no sólo es un «peazo de filósofo», sino también un «pedagogo de la Hostia». Alguien que dé una mirada al texto desde un metro de distancia, o más, pensará que se trata de un texto lujoso en lecturas, miradas y matices, pero no sospechará que utilizar correctamente este recurso pedagógico significa, casi, escribir un nuevo libro. Por fortuna para el autor, a menos de un metro sólo se acercarán los sufridos estudiantes de la universidad, ¿o es que espera que este nuevo libro se lo escriba Mamerto? En este caso, el autor de Historia de la Filosofía podría demostrar que, además de un «peazo de filósofo» y un «pedagogo de la Hostia» es también un «literato del Copón».

Pero nos hemos alejado del tema principal: ¿Qué hacer con las ideas de Platón? ¿Con inicial mayúscula?, ¿en cursiva?, ¿entre comillas?, ¿alguna combinación de diacríticos? Sócrates lo tiene claro, mientras no haya peligro de confusión entre las ideas que se le puedan ocurrir a Tal o Cual y el mundo ideal cuya existencia paralela al material proclama el filósofo griego (un mundo de las ideas que deberá incluir también a un escritor Mamerto Sócrates arquetípico, bienhumorado, joven, bien pagado y tomándose vacaciones en agosto) redonda, fina y minúscula que te criaste.


Manifiesto de los correctores de español

Leyendo y oyendo lo que diariamente se publica o se transmite en los medios, la manera como se expresan nuestros políticos, los textos infames que llegan a manos de los lectores de cualquier edad, los ofensivos carteles y anuncios publicitarios que nos bombardean con errores e impropiedades de toda clase, resulta chocante que no se alcen más voces para reclamar un mayor cuidado del idioma, algún tipo de control de calidad efectivo de la producción oral y escrita en español, ejercido por las instituciones y organismos que deberían velar por la corrección de nuestra lengua.

Quizá la causa de esta indiferencia sea el hecho de que, hoy en día, la lengua culta, la lengua genuina e incluso la lengua apropiada han perdido ya su valor como fuente de prestigio, expresión de elegancia y, desde luego, vehículo de cultura y comunicación. ¿Cómo ha de ser de otro modo si desde altas instancias gubernamentales no se fomenta cosa contraria?

El cuidado del idioma pasa hoy por las manos de particulares: de lingüistas que ponen todo su empeño en promover el conocimiento y el buen uso del español; de profesionales (traductores, escritores, redactores, editores, tipógrafos...) que personalmente se comprometen con la calidad de sus producciones; y, sobre todo, de nosotros, los correctores, un grupo de personas que seguimos perpetuando, contra viento y marea, un oficio secular –hoy marginado y casi olvidado–, conscientes de que en nuestra mano está, en buena medida, que un texto llegue a su destinatario de la forma más legible, eficaz y comprensible posible.

Todo ese trabajo se realiza en muchos casos anónimamente y a duras penas y, en el caso concreto de los correctores, sin reconocimiento ni apoyo académico algunos. Al corrector se le sigue considerando una oscura figura confinada en un taller de cajas o en la habitación más recóndita de una editorial, ignorando con ello no solo el valor de su trabajo, sino sobre todo sus acuciantes necesidades. Hoy en día el corrector –alejado ya de los medios, de la imprenta y de las sedes editoriales– está condenado a malvivir con trabajos mal remunerados y cada vez más esporádicos. La progresiva falta de interés por el cuidado de los textos lo ha llevado a una situación en la que, para sobrevivir, necesita compaginar su oficio con otras tareas.

Aun así, para desempeñar su profesión se le exigen una formación y una experiencia que hasta no hace mucho podía adquirir trabajando como aprendiz en los talleres de prensa, de imprenta o en las editoriales, pero que hoy no puede alcanzar si no es costeándose maestrías, posgrados y cursillos de lo más dispar y en ocasiones de dudosa calidad. A día de hoy, el corrector no solo apenas tiene trabajo, porque pocos ven la necesidad de corregir, sino que ni siquiera puede formarse de manera reglada ni obtener una titulación oficial que lo acredite como profesional.

Todos los que suscribimos este manifiesto somos correctores o profesionales del idioma español que valoramos y requerimos el apoyo que representa el corrector para la calidad de nuestra labor. Por ello SOLICITAMOS a quienes competa que:

atiendan por todos los medios al cuidado del idioma y a la corrección de las producciones orales y escritas en español, ejerciendo el control que corresponda,

y fomenten la creación de titulaciones oficiales de Corrección de Textos en Español que reconozcan la figura profesional del corrector y permitan regular su formación, a imagen de las acreditaciones que desde hace años otorgan para otras lenguas de España los gobiernos autonómicos de Cataluña y la Comunidad Valenciana, y algunos centros académicos argentinos, como la Escuela de Letras de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Córdoba, la Escuela de Letras de la Universidad del Salvador y el Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea.

Esta iniciativa surgió en la lista sobre corrección y distribución Editexto, de la que Silvia Senz y Montse Alberte son responsables.

Firmar el Manifiesto

El papel del corrector

Por la dignidad del corrector

Eres lo que escribes. Eres como escribes

04/07/2005 13:10 #.

Comentarios » Ir a formulario

Autor: Mamerto

Prueba

Fecha: 06/07/2005 00:19.


Autor: Oliveira

PRIMERA PÁGINA DE LA,
HASTA HACE POCO,
EXTRAVIADA PARABOLA DE CORRECTO
(o “Pasticheando a Vernieri”)

Correcto era corrector.

Un correcto corrector, un hombre correcto a todas luces.

Un corrector sin sombras, por lo tanto.

Acostumbraba corregir a diestra y siniestra, con corrección, claro.

Era difícil escuchar de sus labios “correcto” como respuesta.

Generalmente acostumbraba contestar: “no es correcto”. Y a continuación sonreía con su cordial sonrisa, que corregía una ligera asimetría de sus rasgos, de manera que, por fin, Correcto se veía correctamente armónico en términos faciales.

Correcto era retraído, pero no era rellevado.

Correcto era asmático, pero nunca prismático.

Correcto era albino, en ningún caso salino.

Correcto era recto.

Correcto correteaba alborozado cuando se corregían los decimales errados en una estadística publicada recientemente.

Correcto, ya lo hemos dicho, era corrector, pero no co-rector.

Era correcto y con recto.

Era concreto. Soñaba con Creta. Comía croqueta. Desdeñaba la raqueta. Hacía apología de Zubin Meta.

Correcto era un dechado de virtudes, de similitudes, de correctitudes.

De hecho, la correctitud de Correcto era directamente proporcional a su rectitud.

Era correcticiamente hablando, un correctísimo correcteador de correcteables y correcteados.

Correcto era impagable, e incobrable, e incontrastable, e invariablemente decente, aunque turgente; desmedidamente arborescente, melifluamente delicuescente, analógicamente decadente.

Correcto era intangible, intratable, insobornable, insatisfascible, inestable, con chaparrones aislados, con empaque, con ambages, con rodajes y carruajes.

(Hasta aquí llega el contenido de la primera página de la, hasta hace poco, extraviada Parabola de Correcto. El resto del texto lo volvió a extraviar el corrector.)

Fecha: 06/07/2005 22:36.


gravatar.comAutor: Anónimo

¿que pesa mas un kilo o un litro?

Fecha: 30/10/2006 13:57.


Autor: Leonor Gafas

Un kilolitro.

Fecha: 17/02/2007 04:52.


Añadir un comentario




No será mostrado.






http://quemecontursi.blogia.com
Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]