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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Esos honguitos que drogan (I)

Esos honguitos que drogan (I)

De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños. (Antonio Machado)

I. Yo entré por la ventana

Mucho cuidado con esos honguitos que se venden en las tiendas gastronómicas italianas junto con espaguetis, ravioles, fetuchinis, salsa boloñesa, pesto, ragú, panetones, botellas de chianti, etcétera. Son setas deshidratadas, vienen en bolsitas de veinte o veinticinco gramos y cuestan un ojo de la cara. La primera vez que los compré, hace unos cuantos años, seguí las instrucciones de la empleada de Il Pomo d’Oro: hervirlos cinco minutos, deshacerme del agua ennegrecida de la cocción, picar los honguitos –que para entonces se habrán ablandado–, colocar un trozo de mantequilla en una mini-cazuela de barro, arrojar el picadillo de honguitos en la mantequilla derretida junto con un par de dientes de ajo picados finito, dejar que todo esto se fría unos minutos, agregarle crema de leche, apagar el fuego y espolvorear con orégano. Con los tallarines, y al lado de una botella de buen vino tinto, constituyó un manjar inigualable, un sabor misterioso: profundo sin dejar de ser suave. Tampoco le sobra una cucharadita de queso parmesano.

En aquellos tiempos era aún joven, estaba soltero, tenía éxito en mi profesión (soy artista plástico y me dedico a la publicidad y a ilustrar libros), una editorial francesa me había encargado unos dibujos para un libro sobre magia, Je suis entrée par la fenêtre, escrito por un tal Absalón Herrera; había conocido en una fiesta a Sara (estudiante de Letras rubia, piernas largas, brazos largos, dedos largos), la había citado en un café de intelectuales para seguir hablándole sobre mis recientes conocimientos esotéricos, en mi apartamento le había mostrado mis últimos dibujos, como por descuido mi boca había rozado sus hombros (era verano y los llevaba descubiertos) e inmediatamente después la había invitado a cenar unos tallarines al fungi della luna, invitación que había aceptado.

Por entonces, solía atribuir mis éxitos amorosos –que tampoco eran tantos– a mi enorme gracia personal, a mis suficientes conocimientos de psicología femenina, a mi innegable talento artístico y a tantas otras virtudes que creía poseer, pero el de esa noche lo atribuí a mis recién adquiridas dotes culinarias. No he vuelto a hacer el amor de manera tan intensa. Recuerdo que, cuando me quedé dormido, tuve una pesadilla seguida de una revelación. Cerca de la casa que habité en mi infancia, existía un caserón abandonado al que mis padres siempre me habían prohibido acercar. Volvía a ser niño en el sueño y, desobedeciendo las advertencias, primero espiaba y luego entraba por una ventana de ese caserón. Me encontraba en un salón oscuro de suelo crujiente y paredes cubiertas de polvo, de las que colgaban cuadros enormes de personajes vestidos con ropajes del siglo XIX. Los muebles estaban protegidos con fundas raídas, y del techo colgaba, suspendida de una cadena de hierro oxidado, una gran lámpara. Esta lámpara estaba formada por una rueda, del mismo metal, que delimitaba un pentágono, y cada vértice de este pentágono sostenía un candelabro con restos de velas amarillentas. Me creía dueño de la situación pero, de repente, la lámpara comenzó a girar, primero con lentitud, después más rápido y al final de manera vertiginosa. Me puse a correr, desesperado, hacia la ventana por la que había entrado; tropecé, caí al suelo y volví a levantarme cuando trataba de atravesarla, lo que hizo que mi terror se acrecentara. Con la sensación de que algo me perseguía, atravesé el jardín de ortigas que rodeaba el caserón, invadido por una angustia indescriptible, en busca de los brazos de mi madre.

Desperté empapado en sudor, muerto de miedo de que, por las rendijas de la persiana, a través de la cual se filtraba una luz gris, entrara algo malvado e incorpóreo que me hiciese daño. Entonces vi que Sara dormía a mi lado relajada y feliz, y toqué con la planta de uno de mis pies su piel tibia para, de esa manera, sentirme cobijado y protegido. Mis ojos se acostumbraron a la semipenumbra y pude ver que las agujas del despertador prometían el cercano advenimiento del amanecer. Eso me ayudó a tranquilizarme y, mientras esperaba a que la noche se disipara, traté de descifrar el mensaje que, según dicen, suele venir adosado a los sueños.

Sin duda, Je suis entrée par la fenêtre tenía algo que ver. Aunque la lengua francesa no es mi fuerte, releí el párrafo inicial del libro, en el que ese pillo de Absalón Herrera decía algo así:

La magia siempre tiene truco. Desde la del torpe prestidigitador de sombrero de copa que hace pasar una moneda de uno de sus puños cerrados al otro, hasta la del sumo pontífice de la Iglesia católica, pasando por la de los militares con sus símbolos y sus ritos –magia poderosísima, capaz de enviar a miles de hombres a cometer crímenes espantosos en guerras fratricidas–, todas están relacionadas con la Puerta de las Puertas, que franquea el paso a la Mansión de las Mansiones, en cuyo interior está escondido el Secreto de los Secretos. Secreto éste que el prestidigitador de teatro de suburbios apenas vislumbra –aunque le sirva para ganarse pobremente la vida–, puesto que sólo conoce lo que pudo ver espiando a través de la ventana –y gracias a esta ignorancia tal vez salve su alma–, pero los grandes magos, los que son dueños de este mundo y del otro, los que han escudriñado el corazón de la Mansión de las Mansiones, éstos están en posesión del Secreto de los Secretos, secreto que consiste, os lo revelo a vosotros ahora, en que el cielo no es el universo infinito que se enseña en las escuelas, sino que es un cielo de ficción, pintado como los cielorrasos de las iglesias, y no es más que un inmenso telón detrás del cual no hay nada.

«¿De qué puede servirle a uno que le revelen un secreto para seguir ignorándolo todo?», me había preguntado bastante molesto, pero había resuelto el problema dibujando, para la cubierta del libro, un paisaje de noche campestre con sus estrellas de cuatro, cinco, seis y ocho puntas (blancas, doradas y rojas), su Luna en cuarto creciente y su cometa de corva cola; con su casita de techo a dos aguas y ventanas oscuras y sus negros cipreses, y con uno de los ángulos del cielo que se enrollaba a medias (como un papel que se despega), y por ese dibujo me habían dado un buen cheque con una buena cantidad de cifras.

«Es innegable que a prestidigitador de sombrero de copa, llego», me decía para consolarme. Pero, ¿podría, al menos, arrebatar a la pesadilla que había sufrido, el secreto, la revelación que ésta contenía? Enfoqué mi memoria en ese tiempo de mi infancia: mi hogar, mis padres, el caserón. Me vi en una tarde de verano, tenía ocho años, mis padres dormían la siesta. Crucé la verja que daba al jardín de ortigas que rodeaba el caserón. Me acerqué a una ventana tapiada sólo por unas maderas que se habían desclavado. Sin experimentar ningún temor, la atravesé y me encontré en medio del salón oscuro, con su suelo crujiente, sus paredes polvorientas, sus cuadros enormes de personajes vestidos con ropajes del siglo XIX y la lámpara-pentágono que colgaba del techo. Sobre una silla cubierta por una funda blanca, había una gruesa soga. Con ésta en una mano, me subí a la silla y até un extremo a la lámpara. En el otro extremo, hice un nudo corredizo como los de las películas de vaqueros que, por entonces, se podían ver en televisión. Me puse la soga al cuello. Por un instante, la muerte me miró fijamente a los ojos y yo le mantuve la mirada. Entonces la silla se tambaleó, mis piernas temblaron y el Terror de los Terrores se apoderó de mi persona. Sin embargo, pude controlarme y quitarme la soga del cuello; bajar de la silla; atravesar, caminando, el salón, la ventana y el jardín de ortigas; salir del jardín, regresar a casa y olvidar.

Lo de Sara no prosperó, pensar en ella me recordaba la pesadilla, el recuerdo terrible que aquella noche había recuperado y que pretendía, si no volver a olvidar, al menos tener presente lo menos posible. Me telefoneó unas tres o cuatro veces, con creciente insistencia –decía que tenía algo muy importante que consultarme– pero cada vez le respondí con una excusa más inverosímil hasta que, por despecho –pensé–, decidió defenestrarme de su corazón.

Pasaron los años, mi éxito profesional comenzó a decaer, se puede decir que «pasé de moda», y como resultado de lo anterior (más edad, menos éxito), también fueron escaseando mis éxitos amorosos. Aún tuve la suerte de conocer a la que hoy es mi esposa, Paz (pequeña, cabello moreno y ensortijado, serena y cariñosa, la personificación de la autoridad), y de lograr que me amara. Si no se diera el hecho de que Paz es una excelente traductora de francés, y además muy trabajadora –y de que no tenemos hijos–, mis ingresos procedentes de «Hada, la ensaimada que anonada», idea publicitaria de la que soy padre –habréis oído hablar de ella–, mi vida transcurriría por senderos mucho más frugales.

Claro que, como es ella la que más trabaja, no he tenido más remedio que aprender a realizar con un mínimo de corrección las tareas domésticas, entre las que se encuentra cocinar. Con los años he ido perfeccionándome –en lo que se refiere a los platos que más gustan a Paz, me he convertido en un erudito–, y he aprendido a disfrutar recorriendo los mercados en busca siempre de los ingredientes necesarios para experimentar nuevas recetas. Así fue como, hace unos meses, al pasar frente a los escaparates de Il Pomo d’Oro, volví a entrar en contacto con i fughi della luna, aquellas setas de aquella cena de aquella noche. Poseído por la misma temeraria fascinación con la que, de niño, había saltado la ventana del caserón, me precipité al interior de la tienda y compré cincuenta gramos a casi el mismo precio que si hubiera comprado cincuenta gramos de oro, junto con un kilo de fetuchinis y una botella de un buen vino tinto italiano.

Advertí a Paz que el menú de esa noche incluía «unos honguitos que drogan» y ella se mostró encantada, ya que, decía, la ayudarían a conciliar el sueño a pesar del convulso escritor al que estaba traduciendo. Puse los hongos a hervir en cinco dedos de agua y, mientras tanto, trituré cuatro tomates maduros no muy grandes, previamente escaldados y pelados. Coloqué en un fuego débil una sartén honda con un poco de aceite de oliva en el fondo y dos dientes de ajo machacados, sin quitarles la piel. Cuando los ajos comenzaron a chamuscarse, arrojé el tomate rallado y salpimenté. Para entonces, los hongos ya estaban blandos. Los saqué de la olla, los escurrí un poco y los piqué finito en una tabla de madera. Fue entonces cuando, a conciencia, tomé una decisión temeraria: en vez de deshacerme del agua negruzca donde había hervido los funghi, la arrojé con decisión a la sartén. A continuación, arrojé también el picadillo y, a partir de ese momento, un extraño vaho adormecedor se apoderó de la cocina.

–¡Qué bien huele esto! –exclamó Paz al irrumpir con un libro en las manos–. Te leeré un párrafo para que te hagas una idea del tipo de literatura que me ha tocado traducir. Y recitó:

Se engañan los que creen en un demonio antropomorfo, producto de la vanidad de nuestra especie y de su tendencia a imaginar una creación a su imagen y semejanza. Así como la esencia del Creador es análoga a la luz que hasta el último rincón terminará arribando, el mal lo es al cono de sombra que proyectan las criaturas al ser bañadas por ésta. Es en estos espacios de oscuridad donde germinan, creyéndose ocultas a la vista del Creador, las venenosas setas del orgullo ciego, el egoísmo, la perversidad, la maldad, la locura y la muerte.

«Demonio», «mal», «venenosas setas», «perversidad», «locura», «muerte». Se avecinaba otra noche de pesadillas.

Si te apetece, puedes leer, a continuación, la segunda parte de este relato: La cabeza seguía ahí.

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1 comentario

Simón -

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