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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Agapito punto net

Agapito punto net

Aquí donde leen este escrito, y aunque les parezca lo más normal, yo también tuve un nombre. Cortito, es verdad, pero todo un nombre de hombre: Agapito. Y, como todo ser real, me tenía en un pedestal, tan esencial me creía que apenas comía (en realidad, picaba como un pajarito). Hacía lo mismo que cualquier mortal (me refiero a lo básico, a lo substancial) porque muchas de las cosas que hace la gente normal (lo clásico), yo también lo hacía pero «en chiquito».

Eso sí, novia no tenía –no empiecen a llorar todavía, guarden las lágrimas para otro día, no me gusta que me tengan piedad– y eso me entristecía el ánima, es verdad, porque nada da más melancolía que la soledad.

Me pasaba el día contando los tranvías que atravesaban la ciudad (incluso cuando llovía), y eso me enloquecía en la práctica, porque un tranvía es un tranvía, cien tranvías… puede pasar, pero mil tranvías son una inmensidad, ¡una barbaridad!, y me decía: «¿vas a estar mirando los tranvías toda la eternidad?».

Evidentemente, ésos no eran mis deseos. Veía que la gente, incluso los feos, intermitentemente, iban teniendo sus devaneos con las niñas: hacían juegos de manos parecidos a riñas que devenían en jadeos, y todo eso me ponía caliente. Por eso, dando rodeos y rodeos, me enamoré de una cría que vivía enfrente, en un pisito de un ambiente, con su tía.

Desde mi ventana la veía a ella, junto a su tía, modosita, sentada en un canapé, juntos los pies, tomando té de una tacita, y más que bella me parecía bonita. «Algún día le hablaré –me decía–, me le declararé, beberemos una botella de jerez, y después será mía en toda su desnudez, lo haremos del derecho y del revés cuando supere mi timidez maldita.»

Pero, ojo, como es de imaginar, esta historia, aunque de amor, termina mal: vencí mi candor y le quise hablar, en la peatonal, a Gloria –yo estaba empapado en sudor, si no me falla la memoria– y, pese a mi enojo, sus ojos color zanahoria atravesaron mi cuerpo astral a su antojo, y descubrí con horror que no era real mi masa corporal, sino virtual, a pesar de mi euforia.

Masticando, despacito, mi dolor –y tras calmar mi sed con fernet en un vasito que me encontré–, me alojé en un servidor y a veces hago el amor con una menor que deambula por la Red. De valor tuve que hacer acopio, Internet es mi garito. Hoy tengo dominio propio, ve al buscador, pon «Agapito».

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