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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Algo contundente

Hay que hacer algo que sea contundente para saciar esta demanda urgente que tiene la gente decente, como usted, como yo, como el vecino de enfrente; y sancionar leyes que se apliquen consecuentemente, de manera que el asesino, el delincuente, la ramera que anda con paso cansino provocando pensamientos indecentes (para no decir «cochinos») a los caballeros valientes que van al casino, el vendedor clandestino de escarbadientes (o remeras, o camisas) o drogas estupefacientes a estos verdaderos cretinos que son nuestros adolescentes a la salida de misa, sepan que el pueblo pudiente también se siente argentino. (No me hagan caso: estoy caliente porque me prohibieron el vino y soy de Independiente.)

Yo también soy vidente

Yo también soy vidente como el de la entrevista: me parezco un poco al profeta Juan Evangelista.

Lo soy por tradición, como mi tío Vicente –que del Muro vio la caída–, mi abuelita Julia (de la que soy descendiente) y mi mamá Aída, que también es pitonisa tal cual la madre de otro poeta interviniente en esta tertulia.

¡Si vieran!, lo pasamos fulero los que vemos el futuro de frente, pero es por el bien de la gente que, inconsciente (por abulia) de todo el lío que las Cuartetas profetizan –la destrucción inminente de este mundo pendenciero que, irremediablemente, caerá en un agujero oscuro– no tiene otra cosa in mente que ir de marcha, fumar puros y caminar por la cornisa.

Podría decir más pero los noto inmaduros.

Reciban un saludo.

Todo bicho que camina debe ser arrojado al anatema

Erízanseme los cabellos, agallínaseme la piel, fríos sudores bájanme y súbenme entre las ingles y las axilas, tiémblanme las rodillas y... hasta me da un poquitín de miedo cuando pienso en los insondables misterios de Erectión, la columna pisciforme.

Dolménica, tumularia, yérguese en un impreciso punto del desierto de Taklamakán, cerca de un camino comarcal que desemboca en la Ruta de la Seda. Digo «impreciso punto» porque hay que salir por la salida 86, en el kilómetro 6.574, rumbear en dirección Uigur-Kan y por allí preguntar. Si te informan mal, o si no dominas el indoschín, puedes perderte por esos andurriales monótonos (pura arena y estatuas de Buda rotas) en donde la brújula enloquece y el teléfono móvil se queda sin cobertura.

Si tras sedientas jornadas de camino te topas con un zigurat semiderruido, ¡la cagaste! te has equivocado de senda, jamás volverás a ver tu culo de frente. Caminarás en círculos hasta la eternidad sin encontrar un quiosco ni una mísera sucursal de La Caixa… Que Dios tenga piedad de tus huesos.

Porque la columna Erectión es uno de los últimos vestigios de la Atlántida, cuentan las leyendas del lugar que fue tallada en una pieza de la dura roca del monte Ararat y permaneció sumergida durante siglos hasta que se retiraron las aguas del Diluvio. Afortunado el explorador que la vislumbra, cual colosal pendorcho, recortada en el amarillento cielo de Asia Central. ¿Hasta qué profundidades entierra sus basamentos? ¿Cuáles son sus verdaderas dimensiones? ¿Qué dios, titán o funcionario extraterrestre la diseñó y para qué fin? ¿Eh? Preguntas, hasta hoy, sin respuesta.

¿Y qué mensaje estelar quieren transmitirnos sus ilegibles inscripciones? A la altura del ojo humano sólo se vislumbran extraños jeroglíficos: triángulos, cuadriláteros, polígonos, tetragramas, pentagramas, exagramas, elipses sinusoidales, logaritmos semicirculares… de todo.

Un poco más arriba –«un poco» es un decir, teniendo en cuenta las dimensiones del coloso– comienzan los dibujos de inequívoco origen egipcio: Isis tirándole el Tarot a Osiris mientras Horus espera su turno pacientemente; Amenophis regañando a Nefertiti porque Tutankamón acaba de trepanar a Akenatón mientras la Efigie, a sus pies, juega con un ovillo de hilo de oro… por supuesto todos de perfil. Subiendo la mirada un poco más, noventa líneas en hebreo bíblico nos cuentan (según la lingüista argentina Susana Rodríguez-Swartzman) siete cosas:

1. que este texto hay que leerlo de derecha a izquierda;

2. que, en el principio, el cielo y la tierra estaban mezclados;

3. que Yahavé castigó a los sodomitas porque practicaban la sodomía, pero no queda claro qué cochinada hacían los gomorritas porque las tropas de Napoleón (que, en 1811, libraron en aquella zona una batalla contra los bátavos) borraron seis líneas de texto a cañonazos (aunque, vamos, uno se imagina);

4. que Abraham, Isaac y Jacob pelaron semillas de girasol en este lugar;

5. que todo bicho que camina debe ser arrojado al anatema;

6. que más vale comer unas verduritas con un sabio que un cordero asado con una mujer rencillosa

y 7. que el Arca de la Alianza no está aquí.

Para leer los caracteres griegos que se encuentran más arriba es necesario el uso de binoculares: «En un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos», es la única referencia clásica reconocible, el resto trata sobre los amoríos de cierto filósofo con un tal efebo de nombre Quitón. Cuenta Plutarco que Alejandro el Grande se detuvo a orinar en este lugar antes de iniciar la conquista de la India, pero nada hay en el monolito que atestigüe su paso. En tiempos de Justiniano (s. VI) toda la construcción se convirtió en el campanario de una capilla bizantina, y, tras la Hégira, la furia iconoclasta de los omeyas de Damasco destruyó las esculturas antropomorfas de la cara norte.

Pero los misterios de la columna Erectión no terminan ahí. Es evidente que los caballeros templarios conocían su existencia porque las catedrales góticas emulan su orientación vertical; los planos de un raro invento de Leonardo da Vinci al que, significativamente, llama «erectiómetro», recuerdan la familiar fálica figura surcada de poleas y engranajes, aunque también es verdad que Maquiavelo recomendaba al Príncipe que mejor se dedicara a rematar a sus adversarios antes que a especular sobre la utilidad del más incomprensible de los obeliscos antiguos, por grande y misterioso que éste fuera.

El monumento cayó aparentemente en el olvido durante siglos, pero muchos historiadores afirman que siempre existieron sectas ocultas interesadas en desvelar el terrible secreto que en él se esconde. Sabido es que, a partir del grado 30 de la francmasonería, los iniciados adquieren el título de Gran Maestre Erecto, y que el calendario maya afirma que, al final de los tiempos, Qutzacoatl engullirá al mundo adoptando la forma de un gran pendorcho emplumado.

¿Habrá algo de verdad en los rumores que afirman que Hitler invadió Rusia para asegurarse el control de la ruta que conduce desde Europa al Asia Central y a la enigmática columna; que la pirámide que podemos ver en los dólares norteamericanos no es otra cosa que una referencia a la cúspide puntiaguda de la columna Erectión; que las fotos enviadas por la última expedición a Marte revelan la existencia de un monumento similar erigido en el cráter que corona el monte Olimpo; que las torres gemelas eran, en realidad, un monumento levantado por el poder económico que domina el mundo en homenaje a esa otra torre?

Entre todas las inscripciones, trazadas en todos los idiomas, descifrados o no, que cubren las paredes del monolito, tal vez la más misteriosa, inquietante, arcana y sorprendente sea una en español que se encuentra casi llegando a la cumbre y que muy pocos osarían repetir. La inscripción reza: «Habiendo escaleras, el propietario no se responsabiliza de los accidentes ocasionados por el uso del ascensor».

Todos somos plásticos y visuales

Todos somos plásticos y visuales

Todos somos plásticos, visuales, eufemísticos y duales.

De plástico somos, por decirlo con un eufemismo, de tan artificiales.

Pero se nos ve normales porque somos muy gimnásticos: hacemos abdominales para mantenernos duros y así tener encuentros casuales en estos tiempos orgiásticos.

Y nos creemos místicos cuando somos banales e inmaduros, y en temas escolásticos aún estamos en pañales.

Sigamos con nuestros apetitos carnales, nuestros problemas dinásticos y nuestros misiles balísticos (atormentando a los puros con chistecitos sarcásticos) mientras haya hidrocarburos y beneficios anuales.

Soy lento pero preciso

A Miguel Ruibal

Soy lento, pero preciso tranquilidad y mucha concentración porque, si no, me acelero. No me acelero de golpe, me intranquilizo primero, luego me desconcentro y después me voy acelerando lentamente –primero se me acelera el cuerpo, después la mente– hasta que llega un momento en que estoy a mil y tengo que decirme «Flaco, pará un cachito, ¿adónde vas?, ¿qué pretendés realmente?».

Y soy preciso, tardo en ponerla pero, cuando la pongo, la pongo ahí. Ni más acá ni más allá, justo ahí, donde es. Pero tengo que ponerla lentamente porque, si me acelero, lo que es ahí ahí, no la pongo: quiero decir que la pongo un poco más acá o un poco más allá, pero no ahí (entiéndase por ahí «ahí donde es»).

Por eso les digo a los que se creen no sé qué porque van a mil pero, cuando la ponen (si es que la ponen), la ponen bastante más allá o más acá, que no tengan tanta prisa por llegar a la meta. No vaya a ser que primero les llegue el cuerpo y después la mente, que la pongan donde no es (creyendo que es ahí donde es) y después lo lamenten, y que un lento como yo, con precisión, lentamente se concentre, quiera ponerla ahí, pum y la meta.

No más de veinte pelotitas de espejo

A Mariana

Confiado en experimentar un sueño lúcido, siempre me prometía que la siguiente vez que soñara que estuviese soñando procuraría tomar el timón de mi sueño.

Llegada la hora una noche, Rosita (que a mi lado iniciaba un sueño normal) se convirtió en una burbuja rosada que emitía una luz suave y se alejó a velocidad constante como atraída por una especie de ciudad lejana, una ciudad hecha de luces de todos los colores y dimensiones, colocadas en el espacio como respetando un orden.

Yo me había convertido en no más de veinte pelotitas de espejo, que reflejaban un universo infinito de color azul marino y sin estrellas, por lo que las pelotitas (yo) eran invisibles.

Podía, sin embargo, desplazarme en cualquier dirección: mi voluntad (que residía en algún lugar del vacío entre todas las pelotitas) iba primero, y ellas, describiendo siempre diferentes y hasta a veces caprichosas trayectorias, terminaban siguiéndome.

Fui de aquí para allá extasiado con la sensación de ser dueño de una libertad infinita, hasta que algo me hizo aprender que, aún en esa inmensidad, no estaba solo: otras veinte pelotitas de espejo, que reflejaban también ese universo infinito de color azul marino y sin estrellas (y también a mí, a mi invisibilidad), gobernadas por una voluntad femenina (lo intuí por la cadencia con que se movía en el éter), se mezclaron, combinaron, entreveraron, complicaron, confundieron y promiscuaron conmigo.

Pero el juego pronto nos aburrió (a ella antes que a mí) y nos alejamos en pos de destinos diferentes.

Fue entonces cuando me desperté, tal vez porque había terminado de recibir el mensaje del sueño:

El amor no puede ser hecho fuera de este mundo.

Genios domésticos y demonios familiares

Genios domésticos y demonios familiares

Una mañana, oímos sonar el timbre de una manera insistente, absoluta, omnisciente y omnipotente, haciéndonos sentir profetas hebreos de la Biblia a los que un trueno en forma de campanilla viniera a arrancarnos del sueño y a arrojarnos, en pijama y bajo la lluvia, a poner cara de loco y gritar media docena de verdades desagradables a algún sátrapa licencioso. Ya casi me estaba levantando para atender a la llamada, preguntándome para mis adentros cómo el intruso se había atrevido a ignorar la placa de bronce atornillada junto a la puerta del edificio que reza: «Esta comunidad no admite venta ambulante ni correo comercial» o cómo Manolo, nuestro portero de uniforme lleno de botones, le había dejado pasar, cuando noté que nuestro genio doméstico se dirigía a la puerta y la abría.

–¡Enhorabuena, hermano! –oí que decía una vocecilla que parecía salir de un cuerpo enharinado y embutido, como si el Altísimo, en uno de sus designios inescrutables, hubiera golpeado con su vara una croqueta de pollo, y que ésta, imbuida de Su Espíritu, se hubiese puesto a dar saltitos y a declamar verdades inconmensurables–. Esta humilde sierva os trae la buena nueva: el día de la ira está al caer; la divina mano justiciera, en un tres i no res, propinará un severo correctivo a esta humanidad pecadora y cochina. La Muerte, con su divina guadaña, afeitará al ras este mundo de iniquidad y sólo nos salvaremos unas pocas que yo me sé. Por consiguiente, si queréis salvaros de la abominación y de la escabechina final, existe un lugar reservado para los justos, ordenado, silencioso y aséptico, donde podréis refugiaros si, tras pintar la puerta de vuestra casa con la sangre de un cordero lechal, os decidís a seguir toda una complicada serie de instrucciones que sólo nosotras conocemos, y sobre las que podréis iniciaros adquiriendo Se viene la grossa, revista oficial de nuestra Iglesia, revista que no vendemos, no (el dinero no servirá de nada en los días que se avecinan), revista que re-ga-la-mos a cambio de lo que buenamente podáis aportar a la Obra (aunque no creo que Él se conforme con menos de 20 euros).

Lejos de amedrentarse, nuestro genio cerró los puños dejando solamente erectos el índice y el meñique de ambas manos. Extendió los brazos apuntando a la aparición con firmeza y, sin que le temblara la voz, declamó:

–¡Rajá de acá, colifata!

Espiando tras la rendija de la puerta que da al recibidor –hasta la que me había arrastrado sin hacer ruido–, pude ver que la arpía enmudecía, vacilaba, empalidecía y, sin despedirse, se precipitaba escaleras abajo, y también me pareció ver que, sin tocar con sus deletéreos pies los escalones, también se precipitaba tras ella una legión de ángeles teutones haciendo sonar largas cornetas.

El psicólogo de Harrod's

El niño de la izquierda se viste en Harrod’s y el de la derecha, en Les Bébés.

En las fotos que recuerdan mi primera infancia (bien iluminadas, hechas en sus estudios por fotógrafos profesionales), veo que, como mis hermanos, vestía trajecitos comprados en Les Bébés, una tienda de la calle Florida, cercana a Harrod’s. No he vuelto a vestir con semejante elegancia, pero me consuelo pensando que, con la figura que he adquirido en los últimos años, los modelos de Les Bébés no me sentarían como entonces.

Eran tiempos lejanos, fines de los cincuenta, principios de los sesenta; había taxis, tranvías, trolebuses, colectivos, ómnibus y hasta mateos, todos arremolinándose en torno a la garita del vigilante.

Siempre he pensado que fue porque crecí, aunque ahora comprenda que se trataba de la crisis –en Argentina, siempre ha existido la sensación de que cada día se está un poco peor–, la cuestión es que, en determinado momento, pasé a vestirme de Harrod’s, que en su planta dedicada a la infancia tentaba a los papás con atractivas ofertas.

Harrod’s ocupaba un enorme edificio de aspecto decididamente londinense –en el que, según una película, solía pernoctar Mirtha Legrand– y a la mencionada planta infantil, que quedaba en el último piso, se accedía por medio de un escuadrón de ascensores, cada uno capitaneado por su respectivo ascensorista de uniforme.

Además de la confitería («cafetería» en la Península), donde la tía Haydée iba ingiriendo taza tras taza de té, e intercalando de vez en cuando la tercera parte de uno de esos sánguches tostados que tanto se extrañan en el exilio, mientras por los altoparlantes sonaba, no muy fuerte, Fresedo con o sin Ray; además de la confitería, digo, estaba la peluquería para niños y la sala de espera con su famosa calesita («tiovivo», en España).

Sí, lo confirmo, la calesita existió. Yo mismo monté en ella. Era una calesita especial, muy divertida, tanto que a algunos chicos, a la hora de partir, les costaba emprender el rumbo.

En ese momento solía aparecer un personaje legendario de Harrod’s, más legendario aún que la calesita: el psicólogo de Harrod’s. Era un profesional cuya principal función consistía en convencer a los chicos dubitativos de que, a la hora de partir, no había más remedio que emprender el rumbo.

Se acercaba al niño o niña en cuestión y le susurraba arcanas palabras al oído, palabras que indefectiblemente provocaban que la criatura siguiera hacia el ascensor a su madre, padre, tutor o responsable, sin rechistar.

Confirmo, por tanto, que el psicólogo de Harrod’s también existió, yo mismo sentí el peso de su severa mirada. Me dijo: «Che, nene, andate rapidito con tu tía Haydée porque, si no, te reviento».

2002