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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Agapito punto net

Agapito punto net

Aquí donde leen este escrito, y aunque les parezca lo más normal, yo también tuve un nombre. Cortito, es verdad, pero todo un nombre de hombre: Agapito. Y, como todo ser real, me tenía en un pedestal, tan esencial me creía que apenas comía (en realidad, picaba como un pajarito). Hacía lo mismo que cualquier mortal (me refiero a lo básico, a lo substancial) porque muchas de las cosas que hace la gente normal (lo clásico), yo también lo hacía pero «en chiquito».

Eso sí, novia no tenía –no empiecen a llorar todavía, guarden las lágrimas para otro día, no me gusta que me tengan piedad– y eso me entristecía el ánima, es verdad, porque nada da más melancolía que la soledad.

Me pasaba el día contando los tranvías que atravesaban la ciudad (incluso cuando llovía), y eso me enloquecía en la práctica, porque un tranvía es un tranvía, cien tranvías… puede pasar, pero mil tranvías son una inmensidad, ¡una barbaridad!, y me decía: «¿vas a estar mirando los tranvías toda la eternidad?».

Evidentemente, ésos no eran mis deseos. Veía que la gente, incluso los feos, intermitentemente, iban teniendo sus devaneos con las niñas: hacían juegos de manos parecidos a riñas que devenían en jadeos, y todo eso me ponía caliente. Por eso, dando rodeos y rodeos, me enamoré de una cría que vivía enfrente, en un pisito de un ambiente, con su tía.

Desde mi ventana la veía a ella, junto a su tía, modosita, sentada en un canapé, juntos los pies, tomando té de una tacita, y más que bella me parecía bonita. «Algún día le hablaré –me decía–, me le declararé, beberemos una botella de jerez, y después será mía en toda su desnudez, lo haremos del derecho y del revés cuando supere mi timidez maldita.»

Pero, ojo, como es de imaginar, esta historia, aunque de amor, termina mal: vencí mi candor y le quise hablar, en la peatonal, a Gloria –yo estaba empapado en sudor, si no me falla la memoria– y, pese a mi enojo, sus ojos color zanahoria atravesaron mi cuerpo astral a su antojo, y descubrí con horror que no era real mi masa corporal, sino virtual, a pesar de mi euforia.

Masticando, despacito, mi dolor –y tras calmar mi sed con fernet en un vasito que me encontré–, me alojé en un servidor y a veces hago el amor con una menor que deambula por la Red. De valor tuve que hacer acopio, Internet es mi garito. Hoy tengo dominio propio, ve al buscador, pon «Agapito».

Esos honguitos que drogan (III)

Esos honguitos que drogan (III)

Lee primero las partes I y II, Yo entré por la ventana y La cabeza seguía ahí, respectivamente, y disfrutarás más de este texto.

III. Cuando llegue la noche

–Esta noche –dijo Paz, que irrumpía en el cuarto de baño soñolienta pero con una sonrisa en los labios–, como habré terminado de traducir este coñazo de libro, habremos cobrado, y porque últimamente te has portado bien y me has preparado unos fetuchinis exquisitos… iremos a cenar al Duomo di Capua, ese restaurante italiano que tanto te gusta. Te noto cansado, ¿no has dormido bien?

–Más o menos –le respondí.

No, no sabía qué iba a suceder esa noche, pero empezaba a hacerme una idea de dónde iba a suceder. Y así fue como, al anochecer, tras un día en el que no pude evitar atormentarme de mil maneras, nos duchamos, Paz se puso ese vestido de seda que tan bien le sienta y yo mi camisa más nueva y mi americana negra de Armani, y nos encaminamos hacia el Duomo di Capua. Durante el trayecto, mientras conducía nuestro pequeño coche, me encontraba alerta de no excederme en la velocidad, de mirar de reojo a los demás conductores (no fueran a hacer alguna maniobra brusca), de detenerme en todos los semáforos en rojo –cosa que no siempre hacía, lo confieso– y de vigilar por el retrovisor a los coches que venían detrás, y me moría de miedo cada vez que se acercaba a nosotros un limpiavidrios. «Si alguien se me acerca por la espalda y me coloca una navaja en el cuello –me decía– seguro que será a la salida del restaurante.»

La primera sorpresa de la noche (y serían varias) ocurrió en la misma puerta del Duomo di Capua. Estudiando los precios de la carta, se encontraba una pareja: rubia, alta y delgada, ella; joven, con cierto aspecto de científico distraído y bastante guapo, él.

–¡Sara! ¡Qué sorpresa! –gritó Paz.

–¡Paz! ¡Qué suerte que nos hemos encontrado! –chilló Sara. Sí, la misma Sara que había conocido años atrás, la Sara rubia de piernas largas, brazos largos y dedos largos.

Se abrazaron y se dieron unos cuantos besos. Luego, vinieron las presentaciones.

–¿Conoces a mi marido? –preguntó Paz.

–Pues… sí. No sabía que estabais juntos. ¿Cómo estás, tanto tiempo? –dijo dirigiéndose a mí–. Hace, por lo menos, veinte años desde la última vez que nos vimos.

–¿Tanto? –dije yo, de repente sorprendido.

–Os presento a Mario –dijo enseguida Sara–, es estudiante de Biología.

Las chicas decidieron que compartiríamos una mesa. Paz me explicó que Sara era la editora con la que, últimamente, más trabajaba. Sara contó que me había conocido en tiempos en que ella era estudiante, pero que luego me había perdido la pista.

–¿A qué te dedicas ahora? –me preguntó cuando estábamos todos sentados–, últimamente no se oye hablar tanto de ti.

–Sobre todo… a la publicidad.

–¿Ah, sí? –interrumpió Mario, interesado–, ¿en qué producto has estado trabajando últimamente?, ¿un producto conocido?

–Bastante conocido –repliqué, serio–, ¿conocéis a «Hada, la ensaimada que anonada»?

En los rostros de las tres personas que me acompañaban detecté algo así como la represión de algo, no sabría decir si de una sonrisa, una lágrima o qué.

–Sí, la ensaimada Hada –contestó por fin Mario–, de pequeño siempre me comía una a la salida del colegio.

Nos interrumpió el maître, que llegaba con la carta, y se produjo un silencio porque todos nos concentramos en examinarla.

–¡Añolotis de ricota al funghi della luna! –descubrió Paz emocionada–. ¡Los hongos que drogan! Los comimos anoche, son exquisitos, os los recomiendo.

–Es verdad –dijo Sara con una expresión misteriosa–, los probé hace años y recuerdo que eran muy buenos. Yo también los pediré, después de una ensalada.

–Yo también me apunto –dijo Mario–, aunque no os hagáis demasiadas ilusiones. La Boletus ludiae es muy apreciada por su delicado sabor y por lo difícil de encontrar (no todos los otoños brota), pero eso de que «droga»... nada de nada. Si me hablarais de una Amanita muscaria o de una Stropharia cubensis otro gallo cantaría.

–¿Y el caballero? –preguntó el maître dirigiéndose a mí.

–Yo tomaré los escalopini –contesté un poco avergonzado.

Mientras cenábamos, Sara y Paz abordaron el tema del libro que Paz acababa de traducir. Se quejaba de que había sido escrito por un autor un tanto fraudulento, de ésos que explican un misterio con otro y que, al final del libro, uno termina decepcionado. Por ejemplo, un capítulo describía este «Grimorio para volar»:

El día de Santa Úrsula, matad un gallo que haya sido alimentado toda su vida sólo con semillas de ajenjo. Debéis degollarlo de izquierda a derecha con un cuchillo de hoja de plata forjado una noche de luna llena, y recitando mientras lo hacéis la siguiente oración en hebreo [y a continuación venía un largo párrafo en hebreo]. El día del solsticio de verano, dibujad un círculo en el suelo de vuestro gabinete –que, previamente, habrá sido purificado quemando unas hojas secas de abedul extraídas de una rama cortada en el momento mismo en que sale la estrella polar del día martes 13 de mayo de un año bisiesto– y, previamente untados vuestros cuerpos con la sangre del gallo que habréis sacrificado de la manera indicada, y tapándoos los ojos con la capucha de la capa mágica que habréis confeccionado siguiendo las instrucciones del capítulo precedente, declamaréis el siguiente conjuro [y a continuación venía otro largo párrafo en hebreo]. Cuando hayáis dicho la última palabra del conjuro, es decir «Amén», el demonio al que habréis invocado se convertirá en vuestro esclavo, y en la forma de un torbellino de aire os trasladará al lugar al que deseéis ir. Os advierto que, si no habéis cumplido todas estas instrucciones al pie de la letra o si, a lo largo del trayecto, la capucha de la capa mágica se desprendiera de vuestra cabeza y vierais a vuestro alrededor, el conjuro se rompería, el demonio que os transporta dejaría de ser vuestro esclavo y, por el contrario, vosotros pasaríais a ser esclavos de él para toda la eternidad.

–¿Te encuentras bien, cariño? –preguntó Paz, interrumpiéndose y dirigiéndose a mí.

–Tal vez un poco mareado… pero no es nada –respondí–. Y, ¿cómo se llama ese escritor?

–Absalón Herrera –me contestó, esta vez, Sara.

–¡Entonces, el libro del que habláis tiene que ser Je suis entrée par la fenêtre! –descubrí aterrado–. Ilustré hace años la edición francesa. Pero no lo he leído completo, el francés no se me da muy bien.

–Es uno de esos escritores –me ilustró Paz– que los protagonistas de El péndulo de Focault, de Humberto Eco, llaman «diabólicos».

–También comencé a leerlo pero lo abandoné en la página veintiséis –confesé avergonzado–, es un libro muy difícil.

–Absalón Herrera estuvo muy de moda en Europa en los años setenta –agregó Sara– pero luego fue quedando relegado al olvido. Hasta que el hecho «fortuito» de su suicidio volvió a colocarlo en el candelero. Sus libros se están reeditando y se venden como palomitas de maíz. La versión española de Je suis entrée par la fenêtre, por ejemplo, recién traducido por tu querida esposa aquí presente, estará en las librerías el mes que viene.

–¿Y se sabe por qué se suicidó? –preguntó Mario.

–Es un misterio –contestó Sara–. Vivía recluido en un pueblo de la Provenza. De repente desapareció. Después de buscarlo durante varios días, la policía encontró su cadáver en el salón de una mansión abandonada a pocos metros de su chalet. Estaba colgado de una vieja y oxidada araña de hierro. Lo impresionante, desde el punto de vista editorial, es que, desde entonces, las ventas de sus libros no han dejado de incrementarse.

–Lo que quiere decir –dijo entonces Mario señalándome con el dedo índice– es que, si este señor se suicidase, cada unidad de «Hada, la ensaimada que anonada» llegaría a valer millones.

Y entonces comprendí qué era lo que reprimían mis compañeros de mesa cuando les expliqué a qué me dedicaba. No era una sonrisa, no era una lágrima, nada de eso, era la más sonora carcajada que he oído en años. Una carcajada que duró largos minutos (a mí me parecieron horas), cuando parecía que comenzaban a serenarse empezaban otra vez, reían y reían mientras yo trataba de esbozar una sonrisa que no terminaba de salirme. Al final, pude lograr que mi boca dibujara una, diríamos, «sonrisa infecta».

–No te enfades, cariño –me dijo, por fin, tiernamente, Paz–. Son estos hongos que, de verdad, drogan. Tómatelo por el lado bueno. Sara es, en realidad, la persona que puede ayudarte a que vuelvan tus días de gloria. Bajo su responsabilidad se encuentran muchos de los más importantes proyectos de Editorial Galimatías. ¿No es cierto, Sara? Mi marido es un artista talentoso.

–Es verdad –dijo Sara–, recuerdo vagamente unos dibujos naíf muy bonitos, ideales para nuestra colección Libros para Recortar y Construir. Ya hablaremos.

Para ellos, fue una cena magnífica, divertidísima, realmente inolvidable. Yo trataba de poner cara de interés y, cuando me preguntaban algo, contestaba con monosílabos. Miraba a Sara y miraba a Mario y me maravillaba de que mi ligue de veinte años atrás se conservara tan joven y bella –tenía que rondar los cuarenta– y de que, de la misma manera que yo, años atrás, había vivido ese romance con ella cuando era una estudiante, ahora fuera ella la que experimentara el amor con un joven que, como mucho, apenas tendría unos veinte.

Después de los postres, el café y la copa, Paz me dijo al oído:

–Ahora, para demostrar que eres una buena persona, que no estás enfadado ni nos guardas rencor por habernos divertido un poco a tu costa, tras pagar la cuenta como el caballero andante que eres y dejarme a mí en casa porque tengo mucho sueño y mañana madrugo, acercarás con el coche a estos enamorados a donde te indiquen.

Antes de emprender la retirada, y para satisfacer una curiosidad, pregunté al camarero del Duomo di Capua si podía explicarme la receta de los añolotis de ricota al funghi della luna. Afortunadamente, el hombre, que se encontraba aburrido y con ganas de parlotear, fue claro y conciso:

Se colocan en el mortero un diente de ajo y una cebolla mediana junto con un puñado de almendras peladas. Se machaca bien. Mientras, se hierven durante unos minutos los hongos en un pequeño recipiente con agua. Cuando los hongos están blandos, se agregan al mortero y se sigue machacando todo hasta que el contenido se amalgame. A continuación, se derrite un trozo de mantequilla en una pequeña cacerola de hierro y se le agrega el contenido del mortero. Cuando la cebolla se haya puesto transparente, se salpimienta y se le añade un cucharón del agua en la que fueron hervidos los hongos. Se deja a fuego lento durante media hora y se le agrega una cucharadita (de las de té) de leche en polvo. Se espera a que la salsa adquiera consistencia revolviéndola con una cuchara de madera. Por último, tras apagar el fuego, se le deja caer por encima una lluvia de perejil. Se agrega a los añolotis de ricota y se sirve, cuidando de que, a mano del comensal, no falte un bol de porcelana con queso parmesano rallado.

Durante el trayecto, en el coche, las chicas siguieron conversando acaloradas sobre sus cosas mientras Mario dormitaba y yo, aunque seguía deprimido, por lo menos ya no tenía miedo a que se cumpliera la amenaza del sueño.

–¿A dónde vamos? –pregunté cuando Paz se hubo despedido.

Mario me indicó una dirección y continuamos viaje en silencio. Cuando llegamos, los tres bajamos del coche y, para mi sorpresa, ellos se despidieron cariñosamente entre sí.

–Pero, ¿cómo? –pregunté asombrado–, ¿no vivís juntos?

–Nos queremos mucho, pero cada uno en su casa –contestó Sara, abriendo la puerta del coche y colocándose en el lado del acompañante.

Mario se despidió de mí e introdujo una llave en la cerradura del portal de un edificio. Continuamos camino, yo pensativo y Sara canturreando no sé qué melodía.

–Sí que drogaban estos honguitos –dijo de repente–. Como aquella vez que me invitaste a probarlos y conseguiste hacerme el amor. La ponen a una risueña y proclive a la intimidad, a la sinceridad, a las confesiones...

Yo seguía en silencio, pero invadido por una extraña emoción.

–No sé si mañana me arrepentiré, pero voy a contarte algo que no sabes –siguió diciendo–. Si llegara a arrepentirme, lo atribuiría a los funghi de la luna: Mario es tu hijo, lo hicimos una noche parecida a ésta, o por lo menos bajo el influjo de la misma magia. Al principio creí que tú deberías saberlo, pero pronto me di cuenta de que era injusto pretender que esa criatura entrara por la ventana a tu vida cuando, desde el momento mismo de su concepción, había entrado por la puerta principal de la mía. Mis padres me ayudaron a criarlo y hoy es lo más importante que tengo.

–Deberías haber insistido –le repliqué lloroso–. Yo había tenido esa noche una pesadilla y estaba asustado. Si hubiese sabido que él existía, tal vez mi vida habría sido otra y no me habría zambullido de esta manera en la mediocridad.

–Tal vez tengas razón –me contestó tras reflexionar un rato–. Pero la historia se dio de esa manera. Esta vida es una especie de jungla, un sálvese quien pueda, nadie se atreve a compartir lo que ama. Le dije que ni sabía quién era su padre y él se acostumbró a que las cosas fueran así. Imagínate que te pones tonto y se lo dices. Dudo que te creyera y, en el fondo, ¿para qué? Él es feliz, nunca le hizo falta un padre. ¿Destruirías su felicidad? Vivo en ese edificio –agregó señalándome un portal–. Hoy lo he pasado muy bien. Llámame por lo de los dibujos, un beso a Paz.

No se terminó el mundo aquella vez, ni se me murió ningún ser querido, ni llegó mi hora. Se suele decir que la vida de los humanos transcurre de manera análoga a como transcurre un día: nacer es como el despuntar del alba, la infancia y la juventud equivalen a la mañana, la plenitud es como el mediodía (cuando el sol está en su cenit), después viene el atardecer, etcétera. Yo me encuentro ahora en el crepúsculo de la vida, ando bien de salud, suelo estar tranquilo, sólo de vez en cuando me sobreviene –como a tanta gente– una intensa angustia en la que, mientras dura, no dejo de preguntarme: «Cuando caiga la noche... ¿qué será de mí?».

18 de marzo de 2005

Esos honguitos que drogan (II)

Esos honguitos que drogan (II)

Lee primero la primera parte, Yo entré por la ventana, y disfrutarás más de este texto.

II. La cabeza seguía ahí

Tras una ensalada de rabanitos aliñados con un poco de aceite de oliva y sal, los fetuchinis al funghi della luna, con su cucharadita de queso parmesano y su botella de vino tinto, esta vez fueron sublimes. Nuestro apartamento se convirtió en un refugio en cuyo interior flotaba un ambiente de dicha, emoción y poesía. Todo tipo de ensoñaciones placenteras nos atravesaban y, tras comprobar que Paz, que había tenido una jornada de trabajo duro, dormía con una bella sonrisa dibujada en los labios, decidí imitarla, sin miedo ya a que ningún sueño desagradable se atreviera a importunarme.

Cuán errado estaba. Es verdad que las ensoñaciones agradables provocadas por la cena me indujeron a abandonar con prontitud la vigilia, pero al instante me encontré flotando en un mar negruzco constituido por un elemento similar al agua en la que se habían cocido los funghi. Este elemento se convirtió luego en una neblina del mismo color oscuro que, al disiparse, me transportó otra vez a la casa que había compartido con mis padres. Era ahora un adulto joven al que la conciencia torturaba con una imprecisa inquietud. Había participado en un crimen cuya naturaleza no recordaba, pero que amenazaba con salir a la luz, destruir mi vida y comprometer a mis seres queridos. Mis padres no estaban en casa pero pronto regresarían, y sobre la alfombra del vestíbulo yacía una extraña pelota rosada con manchas de rojo sangre, una pelota del tamaño del puño de un hombre robusto. Al fijar la vista en ella, descubrí que se trataba de la cabeza de un niño de días. ¿Quién había sido ese niño, y qué tenía yo que ver con su cabeza? No atinaba a recordarlo, pero en mi interior sabía que habría de rendir cuentas por él. Tenía, en principio, que ocultarla hasta encontrar una solución, una explicación a lo que había ocurrido. La casa en la que transcurrió mi infancia disponía de una instalación eléctrica muy antigua, y en un rincón de la pared, cercano al suelo, oculto por un sillón, había un agujero relleno de cables retorcidos y polvorientos. Decidí que no tenía más remedio que ocultar la cabeza allí mientras ideaba una solución definitiva, consciente de que, si esa solución tardaba en arribar, un insoportable hedor acabaría por invadirlo todo. Pero no me atrevía a tocar eso, por lo que decidí atraparlo con un utensilio (una especie de pinzas) que suelo utilizar para manipular las frituras cuando cocino para Paz. Traté torpemente de sostener esa bola de carne muerta pero el utensilio se reveló inapropiado, y la cabeza resbaló y se puso a rodar dando tumbos hasta detenerse debajo del sillón. «¿Cómo puede ser que me encuentre en esta situación? –me decía, desesperado–. Todo esto no puede ser verdad.» Pero me agaché hasta poner la mejilla sobre la alfombra para mirar bajo el sillón y, efectivamente, entre las sombras, la cabeza seguía ahí. El tiempo se acababa y mis padres estaban por llegar. No quedaba más remedio que extender el brazo, coger la cabeza con mis propias manos e introducirla en el agujero. Lo intenté, y en el momento en que las yemas de mis dedos estaban por tocar la fría piel del macabro objeto una explosión de horror se apoderó de mí.

Otra vez desperté bañado en sudor, como años atrás. No me animaba a respirar profundamente porque temía que, al inspirar, aquello incorpóreo y malvado causante de mis pesadillas se me metiera adentro y me hiciera más y más daño. Por suerte, Paz estaba allí, durmiendo tranquila y feliz, así que me hice un ovillo y me acurruqué de espaldas contra ella. Tan pequeño me sentía que, a pesar de su tamaño, era el parapeto que cubría mi retaguardia, y su calor, junto con su inocencia, fueron consiguiendo que mis músculos se relajaran y que, agotado, volviera a dormirme.

Pero la noche aún estaba en pañales. Ni bien volví a quedarme dormido, me sumergí en otra tremenda pesadilla. Me encontraba en mi apartamento y, de repente, percibía que una presencia diabólica me acechaba. Notaba que la ventana estaba abierta y que debía cerrarla para evitar que eso a lo que temía se introdujera en mi hogar. Intentaba hacerlo, pero las hojas de la ventana, que normalmente se cierran de dentro hacia fuera, se abrían hacia la calle justo en el punto en el que deberían trabarse. Entonces comprendía que aquello no provenía del exterior, sino que comenzaba a materializarse en medio de la sala. Era un ser blanquecino y transparente, un fantasma flotante largo y huesudo, cadavérico, que clavaba en mí las cuencas vacías de sus ojos. Aterrorizado y presa de un ataque de rabia, embestí contra él con la cabeza por delante, de la misma manera que embiste un carnero en celo. Y, en el momento mismo en que mi cabeza entraba en contacto con el espacio que el fantasma ocupaba, escuché una voz grave e inhumana (una voz que sonaba como si saliera de dentro de un mueble) que me decía: «Cuando llegue la noche». Abrí los ojos y comprobé que comenzaba a clarear el día. La amenaza, por lo tanto, se postergaba hasta la noche siguiente.

El espejo del baño me devolvió la imagen de un pobre infeliz de mediana edad, cansado, ojeroso y aquejado por alguna preocupación más que severa. ¿Qué significaba «Cuando llegue la noche»?, ¿qué desgracia estaba por ocurrir? ¿Un meteorito se estrellaría contra la Tierra?, ¿se desataría una guerra mundial y, en pocas horas, morirían millones de seres humanos? O tal vez se tratara de una catástrofe de tipo personal: ¿Moriría mi esposa en un accidente?, ¿habría llegado –me estremecí– mi propia hora? El espejo, lejos de contestarme, me devolvía la imagen de un pobre infeliz de mediana edad, cansado, ojeroso, aquejado por alguna preocupación más que severa y que, además, era un infame: un infame capaz de alegrarse de que un meteorito se estrellase contra la Tierra, de que una guerra relámpago exterminara a tres cuartas partes de la humanidad, de que un accidente le arrebatase a su ser más querido siempre y cuando nada feo le pasase a él. «Qué-va-a-pasar-esta-noche», me preguntaba y no dejaba de preguntarme.

Si te apetece, puedes leer a continuación la tercera parte Cuando llegue la noche.

Esos honguitos que drogan (I)

Esos honguitos que drogan (I)

De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños. (Antonio Machado)

I. Yo entré por la ventana

Mucho cuidado con esos honguitos que se venden en las tiendas gastronómicas italianas junto con espaguetis, ravioles, fetuchinis, salsa boloñesa, pesto, ragú, panetones, botellas de chianti, etcétera. Son setas deshidratadas, vienen en bolsitas de veinte o veinticinco gramos y cuestan un ojo de la cara. La primera vez que los compré, hace unos cuantos años, seguí las instrucciones de la empleada de Il Pomo d’Oro: hervirlos cinco minutos, deshacerme del agua ennegrecida de la cocción, picar los honguitos –que para entonces se habrán ablandado–, colocar un trozo de mantequilla en una mini-cazuela de barro, arrojar el picadillo de honguitos en la mantequilla derretida junto con un par de dientes de ajo picados finito, dejar que todo esto se fría unos minutos, agregarle crema de leche, apagar el fuego y espolvorear con orégano. Con los tallarines, y al lado de una botella de buen vino tinto, constituyó un manjar inigualable, un sabor misterioso: profundo sin dejar de ser suave. Tampoco le sobra una cucharadita de queso parmesano.

En aquellos tiempos era aún joven, estaba soltero, tenía éxito en mi profesión (soy artista plástico y me dedico a la publicidad y a ilustrar libros), una editorial francesa me había encargado unos dibujos para un libro sobre magia, Je suis entrée par la fenêtre, escrito por un tal Absalón Herrera; había conocido en una fiesta a Sara (estudiante de Letras rubia, piernas largas, brazos largos, dedos largos), la había citado en un café de intelectuales para seguir hablándole sobre mis recientes conocimientos esotéricos, en mi apartamento le había mostrado mis últimos dibujos, como por descuido mi boca había rozado sus hombros (era verano y los llevaba descubiertos) e inmediatamente después la había invitado a cenar unos tallarines al fungi della luna, invitación que había aceptado.

Por entonces, solía atribuir mis éxitos amorosos –que tampoco eran tantos– a mi enorme gracia personal, a mis suficientes conocimientos de psicología femenina, a mi innegable talento artístico y a tantas otras virtudes que creía poseer, pero el de esa noche lo atribuí a mis recién adquiridas dotes culinarias. No he vuelto a hacer el amor de manera tan intensa. Recuerdo que, cuando me quedé dormido, tuve una pesadilla seguida de una revelación. Cerca de la casa que habité en mi infancia, existía un caserón abandonado al que mis padres siempre me habían prohibido acercar. Volvía a ser niño en el sueño y, desobedeciendo las advertencias, primero espiaba y luego entraba por una ventana de ese caserón. Me encontraba en un salón oscuro de suelo crujiente y paredes cubiertas de polvo, de las que colgaban cuadros enormes de personajes vestidos con ropajes del siglo XIX. Los muebles estaban protegidos con fundas raídas, y del techo colgaba, suspendida de una cadena de hierro oxidado, una gran lámpara. Esta lámpara estaba formada por una rueda, del mismo metal, que delimitaba un pentágono, y cada vértice de este pentágono sostenía un candelabro con restos de velas amarillentas. Me creía dueño de la situación pero, de repente, la lámpara comenzó a girar, primero con lentitud, después más rápido y al final de manera vertiginosa. Me puse a correr, desesperado, hacia la ventana por la que había entrado; tropecé, caí al suelo y volví a levantarme cuando trataba de atravesarla, lo que hizo que mi terror se acrecentara. Con la sensación de que algo me perseguía, atravesé el jardín de ortigas que rodeaba el caserón, invadido por una angustia indescriptible, en busca de los brazos de mi madre.

Desperté empapado en sudor, muerto de miedo de que, por las rendijas de la persiana, a través de la cual se filtraba una luz gris, entrara algo malvado e incorpóreo que me hiciese daño. Entonces vi que Sara dormía a mi lado relajada y feliz, y toqué con la planta de uno de mis pies su piel tibia para, de esa manera, sentirme cobijado y protegido. Mis ojos se acostumbraron a la semipenumbra y pude ver que las agujas del despertador prometían el cercano advenimiento del amanecer. Eso me ayudó a tranquilizarme y, mientras esperaba a que la noche se disipara, traté de descifrar el mensaje que, según dicen, suele venir adosado a los sueños.

Sin duda, Je suis entrée par la fenêtre tenía algo que ver. Aunque la lengua francesa no es mi fuerte, releí el párrafo inicial del libro, en el que ese pillo de Absalón Herrera decía algo así:

La magia siempre tiene truco. Desde la del torpe prestidigitador de sombrero de copa que hace pasar una moneda de uno de sus puños cerrados al otro, hasta la del sumo pontífice de la Iglesia católica, pasando por la de los militares con sus símbolos y sus ritos –magia poderosísima, capaz de enviar a miles de hombres a cometer crímenes espantosos en guerras fratricidas–, todas están relacionadas con la Puerta de las Puertas, que franquea el paso a la Mansión de las Mansiones, en cuyo interior está escondido el Secreto de los Secretos. Secreto éste que el prestidigitador de teatro de suburbios apenas vislumbra –aunque le sirva para ganarse pobremente la vida–, puesto que sólo conoce lo que pudo ver espiando a través de la ventana –y gracias a esta ignorancia tal vez salve su alma–, pero los grandes magos, los que son dueños de este mundo y del otro, los que han escudriñado el corazón de la Mansión de las Mansiones, éstos están en posesión del Secreto de los Secretos, secreto que consiste, os lo revelo a vosotros ahora, en que el cielo no es el universo infinito que se enseña en las escuelas, sino que es un cielo de ficción, pintado como los cielorrasos de las iglesias, y no es más que un inmenso telón detrás del cual no hay nada.

«¿De qué puede servirle a uno que le revelen un secreto para seguir ignorándolo todo?», me había preguntado bastante molesto, pero había resuelto el problema dibujando, para la cubierta del libro, un paisaje de noche campestre con sus estrellas de cuatro, cinco, seis y ocho puntas (blancas, doradas y rojas), su Luna en cuarto creciente y su cometa de corva cola; con su casita de techo a dos aguas y ventanas oscuras y sus negros cipreses, y con uno de los ángulos del cielo que se enrollaba a medias (como un papel que se despega), y por ese dibujo me habían dado un buen cheque con una buena cantidad de cifras.

«Es innegable que a prestidigitador de sombrero de copa, llego», me decía para consolarme. Pero, ¿podría, al menos, arrebatar a la pesadilla que había sufrido, el secreto, la revelación que ésta contenía? Enfoqué mi memoria en ese tiempo de mi infancia: mi hogar, mis padres, el caserón. Me vi en una tarde de verano, tenía ocho años, mis padres dormían la siesta. Crucé la verja que daba al jardín de ortigas que rodeaba el caserón. Me acerqué a una ventana tapiada sólo por unas maderas que se habían desclavado. Sin experimentar ningún temor, la atravesé y me encontré en medio del salón oscuro, con su suelo crujiente, sus paredes polvorientas, sus cuadros enormes de personajes vestidos con ropajes del siglo XIX y la lámpara-pentágono que colgaba del techo. Sobre una silla cubierta por una funda blanca, había una gruesa soga. Con ésta en una mano, me subí a la silla y até un extremo a la lámpara. En el otro extremo, hice un nudo corredizo como los de las películas de vaqueros que, por entonces, se podían ver en televisión. Me puse la soga al cuello. Por un instante, la muerte me miró fijamente a los ojos y yo le mantuve la mirada. Entonces la silla se tambaleó, mis piernas temblaron y el Terror de los Terrores se apoderó de mi persona. Sin embargo, pude controlarme y quitarme la soga del cuello; bajar de la silla; atravesar, caminando, el salón, la ventana y el jardín de ortigas; salir del jardín, regresar a casa y olvidar.

Lo de Sara no prosperó, pensar en ella me recordaba la pesadilla, el recuerdo terrible que aquella noche había recuperado y que pretendía, si no volver a olvidar, al menos tener presente lo menos posible. Me telefoneó unas tres o cuatro veces, con creciente insistencia –decía que tenía algo muy importante que consultarme– pero cada vez le respondí con una excusa más inverosímil hasta que, por despecho –pensé–, decidió defenestrarme de su corazón.

Pasaron los años, mi éxito profesional comenzó a decaer, se puede decir que «pasé de moda», y como resultado de lo anterior (más edad, menos éxito), también fueron escaseando mis éxitos amorosos. Aún tuve la suerte de conocer a la que hoy es mi esposa, Paz (pequeña, cabello moreno y ensortijado, serena y cariñosa, la personificación de la autoridad), y de lograr que me amara. Si no se diera el hecho de que Paz es una excelente traductora de francés, y además muy trabajadora –y de que no tenemos hijos–, mis ingresos procedentes de «Hada, la ensaimada que anonada», idea publicitaria de la que soy padre –habréis oído hablar de ella–, mi vida transcurriría por senderos mucho más frugales.

Claro que, como es ella la que más trabaja, no he tenido más remedio que aprender a realizar con un mínimo de corrección las tareas domésticas, entre las que se encuentra cocinar. Con los años he ido perfeccionándome –en lo que se refiere a los platos que más gustan a Paz, me he convertido en un erudito–, y he aprendido a disfrutar recorriendo los mercados en busca siempre de los ingredientes necesarios para experimentar nuevas recetas. Así fue como, hace unos meses, al pasar frente a los escaparates de Il Pomo d’Oro, volví a entrar en contacto con i fughi della luna, aquellas setas de aquella cena de aquella noche. Poseído por la misma temeraria fascinación con la que, de niño, había saltado la ventana del caserón, me precipité al interior de la tienda y compré cincuenta gramos a casi el mismo precio que si hubiera comprado cincuenta gramos de oro, junto con un kilo de fetuchinis y una botella de un buen vino tinto italiano.

Advertí a Paz que el menú de esa noche incluía «unos honguitos que drogan» y ella se mostró encantada, ya que, decía, la ayudarían a conciliar el sueño a pesar del convulso escritor al que estaba traduciendo. Puse los hongos a hervir en cinco dedos de agua y, mientras tanto, trituré cuatro tomates maduros no muy grandes, previamente escaldados y pelados. Coloqué en un fuego débil una sartén honda con un poco de aceite de oliva en el fondo y dos dientes de ajo machacados, sin quitarles la piel. Cuando los ajos comenzaron a chamuscarse, arrojé el tomate rallado y salpimenté. Para entonces, los hongos ya estaban blandos. Los saqué de la olla, los escurrí un poco y los piqué finito en una tabla de madera. Fue entonces cuando, a conciencia, tomé una decisión temeraria: en vez de deshacerme del agua negruzca donde había hervido los funghi, la arrojé con decisión a la sartén. A continuación, arrojé también el picadillo y, a partir de ese momento, un extraño vaho adormecedor se apoderó de la cocina.

–¡Qué bien huele esto! –exclamó Paz al irrumpir con un libro en las manos–. Te leeré un párrafo para que te hagas una idea del tipo de literatura que me ha tocado traducir. Y recitó:

Se engañan los que creen en un demonio antropomorfo, producto de la vanidad de nuestra especie y de su tendencia a imaginar una creación a su imagen y semejanza. Así como la esencia del Creador es análoga a la luz que hasta el último rincón terminará arribando, el mal lo es al cono de sombra que proyectan las criaturas al ser bañadas por ésta. Es en estos espacios de oscuridad donde germinan, creyéndose ocultas a la vista del Creador, las venenosas setas del orgullo ciego, el egoísmo, la perversidad, la maldad, la locura y la muerte.

«Demonio», «mal», «venenosas setas», «perversidad», «locura», «muerte». Se avecinaba otra noche de pesadillas.

Si te apetece, puedes leer, a continuación, la segunda parte de este relato: La cabeza seguía ahí.

Cascote sideral patatoide

Cascote sideral patatoide

Si hace calor, es por el calentamiento de la Tierra.

Si hace frío, es por el enfriamiento del Sol.

Si no hace ni frío ni calor, ¿no les parece apocalíptico este tiempo tan anodino?

Si se levantan los pobres, es el comunismo que quiere conquistar el mundo para que sea secretario general el Anticristo.

Si los ricos reprimen, son los capitalistas que dominan el mundo y quieren conservarlo para que el Anticristo sea presidente.

Si los pobres no se levantan ni los ricos reprimen, es la perversa alianza entre capitalistas y comunistas de la que hablan –sin demasiada precisión, es cierto– los profetas, alianza que culminaría con el Anticristo de emperador.

Pero en el fondo todo esto no importa porque un cascote sideral patatoide se nos viene encima a velocidad desenfrenada y, con la suerte que tenemos, seguro que nos da en medio del bocho.

Tracatracatrac tram-tram-tram-tram

Tracatracatrac tram-tram-tram-tram

Santa Rita Rita Rita (lo que se da no se quita), además de ser una santa muy especial, es el nombre de un barrio ubicado exactamente en el centro geográfico mismo de la ciudad de Buenos Aires, o tal vez un poco hacia el oeste, lo que le da una sensación térmico-geográfica más central. Y aunque viví la mitad de mi vida (las cuentas me dan un cuarto de siglo) en esa ciudad, nunca estuve en Villa Santa Rita, que es la denominación oficial del barrio. Seguramente, lo atravesé en uno de esos colectivos (vehículos multicolores de transporte público) que se internan en la Buenos Aires profunda de adoquines y de edificios no muy altos, de domingos con olor a ravioles con tuco o pesto (más bien tuco) y de cuñados acostados debajo del auto cambiándoles sus grasientas crucetas.

La santa propiamente dicha es la santa infalible por excelencia, una santa que siempre cumple, por lo que se suele decir que es la «patrona de los imposibles». Doy fe de que esto es así porque Maribel (mi santa madre) le pidió a santa Rita que yo terminara la secundaria y, a Dios rogando pero con el mazo dando –porque, además, me puso una profesora particular de matemáticas–, su ruego fue escuchado, pese a que, a mí, más que ir al colegio, lo que me gustaba era subirme a un colectivo (vehículo multicolor de transporte público que arranca y frena de improviso) e internarme en esa Buenos Aires profunda donde los pibes del barrio juegan al fútbol en amplias plazas con más tierra que pastito, cuando lo que deberían estar haciendo es prestarle un poco más de atención al profesor (que casi siempre es la profesora) de matemáticas.

Nunca estuve en Villa Santa Rita, lo que no quiere decir que no lleve ese barrio en lo más profundo de mi corazón, porque tengo un mapa de Buenos Aires pegado en una de las paredes de mi hogar, en un barrio de una ciudad del extranjero, allende los mares, un enorme mapa de ésos en los que están bien marcadas las líneas del Subte (que es el metro de Buenos Aires), las estaciones de tren y los recorridos de los colectivos (vehículos multicolores de transporte público que suelen ser conducidos por un histriónico personaje porteño denominado «colectivero»), mapa en el que cada barrio es de un color diferente y que en el centro del cual se puede distinguir un barrio de urbanización irregular que se llama, precisamente, Villa Santa Rita.

Gracias a este mapa pude enterarme de que en ese barrio se encuentra el Hospital Israelita –a principios del siglo XX se instalaron allí inmigrantes judíos de Europa oriental– y la basílica dedicada a la santa en cuestión, un edificio reluciente en cuyo interior se guardan las ofrendas de tantos fieles que pidieron lo imposible y les fue concedido, como Maribel (mi santa madre) que pidió que yo terminara la escuela secundaria y aquí me ven. Durante horas, miro el mapa y me imagino que estoy en mi ciudad natal, que me subo a un colectivo (vehículo multicolor de transporte público en el que, si es de noche y se encuentra atravesando la Buenos Aires profunda, cuando frena de improviso se le encienden infinidad de lucecillas) y que éste se pierde en esos barrios de adoquines y hermosas muchachas de largas pestañas conversando entre ellas junto a las puertas de los edificios no muy altos en los que viven, tal vez sorbiendo, si es verano, un cucurucho de dulce de leche y sambayón, para bajarme más tarde en una parada cercana al Hospital Israelita.

Hace unos años, realicé un fugaz viaje a Buenos Aires, en el que intenté cumplir el sueño de visitar la basílica dedicada a santa Rita y pedirle a la santa un imposible muy especial. Pensaba pedirle que, cuando arribara al último tramo de mi existencia (las cuentas me dan un octavo de siglo), pudiera vivirlo en alguno de esos barrios de la Buenos Aires profunda, en los que los árboles centenarios han levantado, al crecer, las baldosas de la vereda, y en los que los escolares de guardapolvo blanco regresan sin prisa a sus casas, ubicadas en edificios de no mucha altura, revoleando alegremente sus mochilas.

Sólo disponía de un mes y me lo pasé visitando a Fulano, almorzando con Mengano y tomando mate con Merengano, hasta que, la última tarde de mi estadía, decidí subirme a un colectivo (vehículo multicolor de transporte público cuyo conductor, el colectivero, espía a los pasajeros a través de un espejo en el que suele estar pegada una calcomanía con la leyenda «Si querés uno igualito trabajá desde chiquito») que se internara en esa Buenos Aires profunda en la que, una tarde tranquila de mi adolescencia, en lugar de estudiar matemáticas, estuve esperando, a la salida del colegio, a una hermosa muchacha de largas pestañas, con la intención de declararle mi amor, pero cuando llegó el momento me abataté y no lo hice, y me llevara hasta la parada del Hospital Israelita, a unas cuadras de la basílica dedicada a la santa, cuyo interior está repleto de las ofrendas de aquellos fieles que pidieron lo imposible y se les concedió, entre las que se encuentra la de Abraham Goldstein, o Goldsman, o algo así, un señor vecino del barrio que le habrá pedido a la santa quién sabe qué y la santa se lo concedió –aunque, sinceramente, por más milagrosa que sea la santa, pienso que esto tiene que ser un cuento perverso de ésos que se les ocurren a los curas–, o la de Maribel (mi santa madre) que pidió lo que les conté y pasó lo que pasó.

Por desgracia, me subí al colectivo (vehículo multicolor que dobla las esquinas sin detenerse obligando a los peatones a que den el saltito) equivocado que, tras dar vueltas y vueltas por la Buenos Aires comercial de edificios inmensos acristalados, asfalto caliente y blando, tráfico endemoniado, bocinas estridentes y oficinistas con prisa y mirada angustiosa, por fin se internó en uno de esos barrios de la Buenos Aires profunda de misteriosos zaguanes y cabezas de angelitos coronando los balcones.

Habían pasado horas cuando me bajé a veinte cuadras del Hospital Israelita, y para colmo, de repente me encontré ante un árbol enorme, un palo borracho (Chorisia insignis) que, al crecer, había levantado todas las baldosas de la vereda a su alrededor, y me quedé así, extasiado, «felicitando» al árbol, hasta que me di cuenta de que era la hora de volver, porque a las nueve de la noche tenía que acudir a una cena de despedida, unos ravioles con pesto o tuco (más bien pesto) a los que me había comprometido.

Pregunté en un kiosco qué colectivo (vehículo multicolor de transporte público que a todas horas lo lleva a uno a todos lados) me acercaba a la plaza Once. «Ninguno –me contestó el kiosquero–, pero a dos cuadras tenés el tren». Y así fue como abordé un vagón casi vacío de los tantos que vienen y van permanentemente entre el centro y los lejanos suburbios. Aunque era una unidad destartalada, iba a mil kilómetros por hora. Una de sus ventanillas tenía los tornillos flojos y hacía «tracatracatrak», mientras se sucedían vertiginosamente, uno tras otro, esos barrios de la Buenos Aires profunda en los que, cuando cae la noche, tras las ventanas se adivina a los vecinos encendiendo el televisor para no creerse las últimas noticias o para moverse al ritmo de una música que rara vez suele ser tango. En una estación subió un señor con aspecto de mendigo, provisto de una bolsa de arpillera en la que iba metiendo algunos papeles (hojas de diarios o envoltorios de golosinas) de los que bailaban en el suelo del vagón. Cuando pasó al coche contiguo, dejó mal cerrada la puerta, que empezó a abrirse y cerrarse haciendo «tram-tram-tram-tram».

Tracatracatrak iba quedando atrás el Hospital Israelita, la basílica de la santa, los adoquines, las plazas amplias con más tierra que pastito, los edificios no muy altos, las muchachas de largas pestañas y las cabezas de angelitos; tram-tram-tram-tram volaban los colectivos –¿les expliqué en qué consisten?– en los pasos a nivel, entre árboles centenarios, esperando a que se abrieran las barreras; tracatracatrac era ya noche cerrada y las luces de la ciudad un escuadrón de ovnis que se me venía encima, tram-tram-tram-tram los ravioles con pesto, el avión y el cielo, tal vez para siempre.

Lee en voz alta las siguientes oraciones

1. En la cancha de taba, la chancha buscaba la semilla que plantó mi tío.

2. La Sancha se paseaba lo más pancha a la orilla del río.

3. Arancha ve que se acaba la racha sencilla y empieza el lío.

4. Toca la plancha, pava; no mancha, no humilla y te saca el frío.

5. Con banda ancha, la reina de Saba estaba más ancha, la pilla, que yo con lo mío.

6. La revancha se acaba a una milla y la baba se engancha al baldío.

 

a) La sordera no espera, no augura, pero tampoco apura el mal.

b) La primavera de veras dura poco, aunque se venera igual.

c) Mi prima ve cómo madura la pera en la altura del peral.

d) La primera limadura es la más pura del coco, pero se tolera mal.

e) Da un poco de grima la premura de loco con la que contestará Ruibal.

Nadie me enlaza

Nadie me enlaza

¿Que qué me pasa?, que estoy resentido porque nadie me enlaza. Esto no tiene sentido y por eso me exaspero y se me pone cara de mero. De mero ceñudo, iracundo (un pescado pelotudo irritado con el mundo). No hay derecho a que uno tenga que sufrir este despecho. ¿No soy gracioso?, ¿no te excito?, ¿no me pongo precioso cuando me irrito? ¿Te gustaría verme en un zanjón? No seas güevón, enlazame un poquito.

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