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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Detrás está el sol

Detrás está el sol

El siguiente texto es un intento de reflejar el ambiente de la novela El cerco rojo de la luna, de la escritora argentina Silvia López.

La tormenta

Esa noche el cielo estaba claro, pero la luna, baja, plena, tan cerca de la tierra que parecía caer en el campo, tenía un cerco rojo alrededor. Le sucedió un amanecer cubierto de nubarrones de un color gris verdoso que anunciaban temporal. La atmósfera se fue tornando oscura y agorera antes de que se desencadenaran, con violencia inusitada, la tragedia y la tormenta a la vez. No se trataba de una tormenta habitual, la oscuridad duraría muchos días de penumbra y semipenumbra que hicieron pensar a muchos que había llegado la noche definitiva.

En los mejores momentos, el sol regresaba por unos instantes, teñía de rosa la nieve, la llovizna, las partículas del aire, pero después se escondía, opaco y débil, como si agonizara. Entonces el aire se volvía a poner de color mercurio mientras caía una lluvia tan sutil que sólo se percibía a través de las luces de los jardines. Y a continuación, de nuevo la cerrada oscuridad, hora tras hora, sin atisbos del amanecer.

«El infierno es de hielo», afirmaba Vone, la joven internada en el Hospicio de Buas que no concebía la duda y sólo experimentaba certezas. Otra de sus certezas era que había asesinado a sus padres en medio de una tormenta similar, también precedida por la luna y su cerco rojo. La tormenta es un fenómeno que suele terminar, pero la tragedia puede extenderse durante décadas.

Pronto se supo que el fenómeno meteorológico no era local, estaba presente, de distintas maneras, en diferentes lugares del mundo. Un tifón en el Egeo, por ejemplo, además de provocar graves daños en las localidades costeras, había hecho desaparecer un barco con toda su tripulación. La comunidad científica comenzó a advertir que el planeta estaba siendo afectado por una tormenta magnética, y el hecho de que no funcionaran los relojes parecía confirmar estas advertencias.

Los pájaros, que no usan reloj pulsera, parecían ser los más afectados. Los pinzones que habitaban el bosque de pinos que rodea el Hospicio de Buas por momentos saltaban insomnes, o cantaban como si hubiera llegado el amanecer, o se ponían a dar vueltas y vueltas alrededor de la cúpula hasta caer de cansancio. A medida que fueron pasando los días, también comenzaron a verse insectos alterados, como el caso de las orugas, que estaban perdiendo su capacidad de camuflaje y no podían cambiar de color, adquirir forma de hoja u ocultarse debajo de una ramita.

«¿Nos volveremos a ver? Será mejor que nos despidamos para siempre. Debe estar por llegar el fin del mundo –recomendó Víctor, tío de Vone, a su hijo Hervé, miembro de la comunidad científica–. El día y la noche no se distinguen, dentro de poco no vamos a saber en qué siglo vivimos.»

«Sólo puedo decirte que en el Observatorio –Hervé se refería al lugar donde trabajaba, en el piso cuarenta y seis del edificio más alto de la ciudad– comprobaron que la Tierra gira seis milésimas de segundo más despacio que ayer. Pero no hay que preocuparse, el Universo tiende a encontrar su propia regulación.»

«¿Estaremos por entrar en una Nueva Era?»

«Probablemente.»

El hospicio

Al Hospicio de Buas, ubicado en un viejo castillo compuesto por un cuerpo central coronado por una inmensa cúpula, jardines que comunicaban los distintos sectores, un camino lateral que se perdía en un bosque de pinos y una muralla cubierta con enredaderas perennes que lo protegían, se accedía cruzando el Portón de los Hierros. Para llegar al pabellón de las internadas había que atravesar un pasillo que se torcía en sí mismo como una cinta caprichosa. Pero antes era necesario subir por la escalera imperial, una escalera imposible de describir con precisión y que infundía extrañas ensoñaciones a todo el que subiera o bajara por ella.

A Alex, médica encargada de cuidar por unos días de las internas, esas ensoñaciones la llevaron, cuando subía, a darse cuenta de que algo estaba ocurriendo en su alma, algo inesperado que la conducía a la deriva de la razón, a encontrarse sin fuerzas, a sentarse en un escalón, primero, y a perder el sentido, dormirse o desmayarse, después. Hervé, por su parte, cuando bajaba en busca del jardín, sintió que debía sobreponerse a la tentación de caer. El hueco de la escalera, un abismo arquetípico en cuyo fondo sólo puede estar la nada, le infundía terror. Lo interesante es que, del mismo modo en que la tormenta y la tragedia estallaron a la vez, las tribulaciones de ambos en la escalera imperial también fueron simultáneas.

Víctor, que era escritor, había intentado construir para sí mismo una descripción racional:

«De acuerdo con la ley de gravedad, lo pesado debe cargar lo más leve, y por lo tanto es esperable que la escalera haya sido construida sobre cimientos; sin embargo, sus peldaños parecen salir del fondo de la tierra, crecen en línea recta y flotan en elipse bordeando la torre, como si se perdieran en el aire».

Y había concluido, con sorpresa:

«La escalera pretende comunicar espacios situados en diferentes alturas pero en realidad desprende corredores interminables con curvas que llevan de regreso al mismo lugar».

Ya en las entrañas de Buas, atraía la atención del visitante el elemento humano: entre las internadas, sobresalían, además de Vone, una mujer que estaba obsesionada con el tiempo y su control cuyo estado había empeorado con la tormenta magnética, como esos relojes descontentos que ya no sabían qué hora dar; una niña, Marilú, que había decidido morir pero terminaba sobreviviendo milagrosamente a todos sus intentos de suicidio y a la que Vone, generosa, se había propuesto ayudar a que lo consiguiera, y por último una misteriosa bella durmiente que había accedido al hospicio para realizar un trabajo y que, por íntimas circunstancias, había decidido autointernarse. El psiquiatra, que ya no hacía preguntas y se limitaba a recetar somníferos. Una enfermera que se expresaba siempre con refranes, costumbre que desestabilizaba a las internas. Por último, media docena de limpiadoras cuyos cantos tenían propiedades calmantes y sus ocurrencias, siempre acertadas, eran el mejor remedio contra la angustia producto de la noche interminable.

«Dicen que el firmamento es oscuro –opinaba, por ejemplo, una de ellas– pero detrás está el sol y por lo tanto el día. Y que en algún lugar hay un amanecer de color lila, una orilla repleta de espuma, islas con palmeras y arrecifes de coral.»

«Hagan de cuenta que el tiempo se ha detenido –decía otra, esotérica como casi todas las gitanas– y aprovechen la ocasión para sentirse eternas.»

La tragedia 

«La vida es extraña, un amontonamiento de circunstancias», pensaba Hervé cuando acudía a su mente la génesis de la tragedia. Porque si la tormenta era un fenómeno que afectaba a todo el mundo y provenía del sol, la tragedia se había desencadenado en su familia y uno de los protagonistas era él. El lugar exacto donde había comenzado todo era La Sorpresa, la plantación de rosas que administraban sus tíos Fran y Catherine, los padres de Vone. 

El camino de los sauces, el lago con sus peces exóticos –tres de los cuales eran iguales a otros tres que habitaban el cuadro de un pintor flamenco y a veces se atrevían a abandonar su hábitat para conversar con Vone–, el sendero de las rosas antiguas, el camino de las arbustivas, la plantación de rosales ingleses, el sector de las rosas Felicia, la media milla de híbridas, el cultivo de las Iceberg, la casa de campo con su recova en la que habían sido tan felices... Todo había quedado destruido en un instante al estallar la tormenta-tragedia.

No todo. Los loros alejandrinos, que tantas frases hechas eran capaces de recitar en su jaula de carey, se habían reproducido y sus crías todavía habitaban el lugar. Y también habían sobrevivido las rosas Anna Livia, una especie inmortal, que seguían floreciendo cuatro veces al año con la misma iridiscencia. Un amontonamiento de circunstancias había determinado el paisaje sentimental en medio del cual su vida había transcurrido los últimos veintiséis años, un paisaje de deseo, miedo, culpa y, principalmente, ese otro sentimiento, el innombrable, el capaz de establecer el inicio y el final de ciclos completos, incluyendo sus signos y sus presagios.

Silvia López vivió en España y Francia, donde completó sus estudios. Se doctoró en Psicología Clínica y trabaja como psicoanalista. Es docente en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires e integra jurados de tesis de doctorado y maestría. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis desde su fundación, en 1992, ha publicado numerosos artículos y ensayos en Argentina y el exterior. Es también autora de las novelas Cálculo y presentimiento (2012) y Diván francés (2016).

El cerco rojo de la luna

El espantapájaros bandido

El espantapájaros bandido

A Elías Vernieri

Lo sorprendió dormido y lo atacó

Malas señales, intuiciones y sensaciones fueron el resultado –vigente al menos durante el resto de mi infancia– de mi primer contacto con la ciencia médica, esa mañana en la que Maribel me llevó al centro de vacunación más cercano con la intención de inmunizarme contra quién sabe qué epidemia infantil. Aunque no había cumplido los tres años de vida, creo recordar que fue necesario combinar diferentes recursos escénicos y literarios para minimizar la inquietud que me generaban ese ambiente dominado por el olor a alcohol, las expresiones de malestar de los demás bebés y esa gruesa jeringa cargada con un demasiado llamativo e inquietantemente viscoso líquido amarillo, coronada por su larga y fina aguja, más la sospecha de que se trataba de un artilugio expresamente pensado para clavar algo punzante en alguien o algo.

Pero, como decía, todo el entorno adulto, mi santa madre al frente, se confabuló para convencerme de que se trataba de temores infundados, de que lo evidente no habría de realizarse jamás y de que lo que se veía venir no tenía por qué llegar.

Incluso se me engañó mojando en alcohol un algodón para frotarme con él suavemente la parte más carnosa del brazo; aunque es verdad que quien lo hacía también aguantaba en la otra mano la amenazante jeringa que escupía gotitas viscosas y amarillas por la punta.

–¿Duele? –me preguntó mientras frotaba.

Negué, esperanzado.

–¿Pincha? –volvió a preguntar.

–¡No pincha! –reconocí, aliviado, empezando a creer que la estaba sacando baratísima.

Fue en ese instante, con todas las alarmas silenciadas, que se abalanzó sobre mí y me vacunó sin piedad.

Debo de haber protestado con amargura –la trampa me ofendía, el autoengaño me enfurecía y el pinchazo me había dolido bastante– porque cuando, ya en casa, el arquitecto López, que estaba desayunando, le preguntó a Maribel cómo se había portado Jorge, ella respondió:

–Mal. Le dijo «idiota» al médico.

Sólo la tía Haydée, que sabía ponerse en el lugar del prójimo, festejó mi ocurrencia con ternura.

Ojo, no pretendo con esto negar que probablemente se me estaba librando de la tan temida mortandad infantil y que, gracias a ese pinchazo, mi vida pudo extenderse todas estas décadas, cada una de ellas con su particular desasosiego existencial, pero permítaseme que me queje un poco del apego que todavía existía a mediados del siglo pasado, entre las generaciones que me antecedieron, a garantizar la felicidad futura de los niños mediante el recurso a desenfrenos terapéuticos.

Eran tiempos en que se lo esperaba todo de la ciencia: todo dios estaba convencido de que la desaparición del hambre en el mundo dependía, básicamente, de la acumulación de un millón más o un millón menos de toneladas de DDT. Hollywood había convencido a gran parte de la humanidad de que ningún mal duraba más de ciento veinte minutos, siempre y cuando en los últimos quince el protagonista encontrara la forma de resolver el conflicto mediante el exterminio de algo o de alguien.

Y mi familia no era la excepción. El drama de la tía Socorro, una hermanita de mi abuela que en determinado momento había sido calificada de «algo flacucha» y se le había administrado un tratamiento fervoroso e insistente a base de laxantes, recién interrumpido en el momento en que ella pasó a ser en un angelito, no fue suficiente para que comenzaran a vislumbrar la conveniencia de adoptar un concepto de salud diferente.

Lo cierto es que, habiendo sido arrojado al mundo en una época signada por semejantes paradigmas, no tardaría en ser víctima de nuevos tormentos no menos innecesarios ni peligrosos.

 

El caso es que Pinocho estaba grave

Lo peor es que, a esa edad, el tiempo transcurre tan lentamente que sólo fueron necesarios unos pocos meses para que olvidara lo sufrido. Apenas un año más tarde tuve un accidente, un perdonable error de cálculo relacionado con el funcionamiento del subibaja de la Plaza Garay, y hubo que zurcirme tres puntos en la pera. Se me exigió un demasiado alto concepto de valentía y cumplí –la valentía no consiste en no sentir miedo sino en vencerlo–: aún puedo ver con nitidez la imagen del médico de guardia sobre mí, concentrado, supliendo con puntadas muy juntas y entrecruzadas alguna rotura localizada en la parte inferior de mi mandíbula. Esta vez no insulté y se me comparó al santo que lleva mi nombre (hermoso santo de lustrosa armadura, valeroso y galante).

Los elogios de la gente mayor son siempre interesados, más me hubiera valido morder, gritar y patalear. Pero sobre todo más me hubiera valido, un año más tarde, no haber sido tan veloz en la adquisición del uso del habla. No lo digo por eso de que «En el mucho hablar nunca faltarán sandeces» sino porque, de otra manera, a nadie se le hubiera ocurrido pensar que mi voz era un poco «ronquita», defecto que a esa edad y en aquella época tenía consecuencias quirúrgicas.

Y así fue como, una preciosa tarde, tras ser bañado, perfumado y peinado con raya a la izquierda y gomina, san Jorge fue trasladado, en taxi, en un viaje lleno de sonrisas y conversaciones sobre cómo embellece el coraje a los héroes, hasta una clínica ubicada en un suburbio de Buenos Aires llamado Ramos Mejía.

Entramos a un recinto que estaba muy bien iluminado y en el que, sobre una mesa pulcrísima, se podían ver, alineados a la perfección, tenebrosos instrumentos de acero. Los había de diferentes formas pero, en general, predominaban los que tenían forma de tijera. Recuerdo especialmente una a la que ahora llamaría «tijera equívoca», porque comenzaba como una tijera normal pero, hacia la mitad, las hojas se inclinaban a un lado formando un ángulo obtuso, como si su función en el momento de cortar consistiese en amagar hacia adelante y cerrarse de manera repentina sobre un objeto distraído ubicado a un costado, y otra a la que habría definido como «tijera-cubierto», porque en lugar de hojas estaba formada por algo parecido a dos cucharas de sopa, como si en una cena elegante nos sirvieran un plato de sopa de fideos grandes y resbalosos a los que es necesario atrapar mediante movimientos certeros y precisos.

Es innegable que el espectáculo de toda esta instrumentación desplegada me inquietaba un poco, pero no me asusté porque, además de considerarme un santo capaz de atravesar con su larga lanza (adornada con un vistoso banderín triangular casi llegando a la punta) a cualquier dragón que me cerrara el paso, supuse que todos esos elementos estaban destinados a la cura de algún paciente extremadamente enfermo, y la verdad es que a mí no me dolía nada; todo lo contrario: me sentía un campeón re sano.

Tampoco era la primera vez que un doctor o doctora me solicitaba que abriera bien grande la boca y dijera «aaah»; de hecho, esa misma semana había visitado, acompañado por Maribel o el arquitecto López, diferentes consultorios en los que me fue requerido eso mismo con el objeto de observar mi garganta con una curiosidad grave y profunda. Pero esa tarde la mirada era mucho más seria e incisiva, y el tiempo que debía permanecer con la boca abierta parecía no terminarse. Para colmo, el doctor, para dotar de exhaustividad a su investigación, se servía de un instrumento en forma de aguja que me provocaba cierto dolor y la segregación de algo de saliva que, por momentos, me ahogaba.

Intenté cerrar la boca pero descubrí que algo me lo impedía. Pensé que Maribel o el arquitecto López no tardarían en ayudarme –último recurso de los héroes que luchan contra el mal– y descubrí con horror que no estaban presentes. La batalla se ponía complicada: el dragón, tras estudiar de manera meticulosa las cualidades anímicas del caballo y los puntos débiles de la armadura del caballero, había elaborado un complicado plan de ataque y procedía a ejecutarlo a la perfección. Ahora, blandiendo la tijera equívoca en una mano y la tijera-cubierto en la otra, procedía a infligirme el golpe de gracia, sin que nada ni nadie osara detenerlo.

Tengo que certificar ahora (ha llegado el momento de hacerlo) –mientras el cirujano corta con la tijera equívoca quién sabe qué objeto distraído ubicado en quién sabe qué rincón lateral de mi garganta, y atrapa, mediante un movimiento certero y preciso, un fideo grande y resbaloso que reside en esa misma cavidad– que en ese entonces, aunque resulte difícil de creer, la cirugía para extraer las amígdalas se realizaba sin anestesia. Eso explica mi nacimiento al dolor (al dolor intenso) y a la convicción de encontrarme tan enfermo como nunca lo había estado.

 

A un viejo cirujano llamaron con urgencia

Recuerdo que, tras un lapso de tiempo de no sentir nada –lapso que los diseñadores duchos en Photoshop de hoy en día representarían mediante un amplio plano compuesto de cuadritos grises y blancos–, el dolor y la sensación de estar muy enfermo regresaron y eso me hizo entreabrir los ojos. Me encontraba acostado en una cama armada con sábanas blanquísimas. A uno y otro lado pude ver a una enfermera de esa época (muy parecida a la que, aún hoy, nos recomienda silencio desde las paredes de algunos centros de salud) y al arquitecto López, ambos con aspecto angustiado, que parecían darme la bienvenida. Traté de incorporarme, pero sólo atiné a responder a sus buenos deseos ensuciando esas sábanas blanquísimas con una gran bocanada de sangre espesa. La expresión de terror de él es mi último recuerdo antes de que retornaran los cuadritos, aunque más adelante supe que esa expresión era el reflejo de otra: la de la enfermera.

La verdad es que había huido hacia el interior de mí mismo, donde se está bien «por defecto», a esa dimensión en la que residen aquellos afortunados de los que con razón decimos que «descansan en paz». Y allí me habría quedado si no fuera por una voz benevolente y comprensiva que llegó a mí (no sé de qué manera) con las palabras «¡Qué animalada te han hecho, piojito!». Atraído por esa voz, a veces trataba de salir al dolor y al horror y otras veces permanecía en otra zona, intermedia entre el dolor-horror y los cuadritos: un paisaje de montañas, valles y bosques en diferentes tonos de gris, surcado por un río zigzagueante cuyas aguas reflejaban un cielo perennemente crepuscular. Allí, un san Jorge fatigado se desvestía la armadura, se quedaba desnudo, alzaba la vista y le decía a Dios: «Soy muy pequeño para luchar, prefiero descansar en el infierno». Pero Dios no se enojaba; al contrario, apartaba la mirada con expresión de vergüenza.

Más acá, habían telefoneado al pijus magnificus de los cirujanos, que acudió en pocos minutos y se puso al frente del equipo que trataba de salvarme. Pronto llegó a la conclusión de que sobreviviría, pero reprendió a sus subordinados con la misma comprensión y benevolencia con que poco antes había hablado junto a mi oído.

–¡A ver si comprendemos –les dijo, paternal– que un niño provisto de corazón no es lo mismo que un muñeco de madera!

Enterado el arquitecto López, al fin pudo telefonear a Maribel, que había tenido que volver a casa para ocuparse del resto de la familia, e informarle que, por suerte, las noticias empezaban a ser mejores. Si todo el asunto hubiera tomado otro camino –confesó más tarde–, incapaz de transmitir la catástrofe, habría salido a correr, desesperado, rumbo a la noche negra y profunda. No fue necesario, se quedó a mi lado, por momentos rezando, por momentos llorando, pero siempre pendiente de mí. Cuenta que a veces parecía muerto; otras, cansado; otras veces parecía enfadado y otras, se me arrugaba la frente con una expresión en la que daba la sensación de estar preguntando «¿Por qué...?».

 

Y entonces llegó el hada protectora

Fue la tía Haydée, una hermana de mi abuelo que había vivido con dolor el drama de la tía Socorro –tenían casi la misma edad y habían sido muy amigas–, la encargada en nombre de la familia de dirigir el proceso de reconciliación conmigo, una vez que pude decir mis primeras palabras tras varios días de convalecencia en los que sólo me alimentaba con unas pocas cucharaditas de helado. Cuenta Maribel que, cuando me ofrecían agua, yo me negaba y decía «coca-cola» y que si me preguntaban si me sentía mejor decía que no, dando a entender que «antes» (de la operación) sí que me sentía mejor. Y aunque de a poco me fui recuperando, seguía mostrándome serio, pensativo, desconfiado y como decepcionado del prójimo.

Otra de las causas de la elección de Haydée estaba relacionada con su carácter. Siempre soltera, había dedicado su vida a procurar la felicidad de dos generaciones de sobrinos mediante la elección de sus correspondientes regalos de cumpleaños. Tras años de perfeccionamiento, sus dotes para este cometido devinieron extraordinarias: conocía a la perfección qué objeto (inanimado o viviente, corporal o artificial, concreto, abstracto o virtual, presente o ausente en el mercado, etc.) era el indicado para inducir el éxtasis en el alma del afortunado cumpleañero. Esta vez estudió con paciencia la situación, consultó catálogos y avisos clasificados, comparó precios y, por fin, una mañana muy temprano abordó ese tranvía que la conduciría a un lugar bien concreto del Centro.

Regresó horas más tarde, cargando entre sus manos una gran caja cuadrada bellamente envuelta en un papel de embalar colorido y brillante. La familia (Maribel, el arquitecto López, el abuelo, la abuela y mis por entonces tres hermanos) se reunió en el vestíbulo antes de marchar juntos hasta la habitación en la que yo convalecía, y en la que, de manera solemne, habría de firmarse el armisticio.

Curiosos, mis hermanos me ayudaron a desenvolver el regalo. Se trataba de un objeto que aún no conocía: un tocadiscos portátil, cuadrado y aparatoso, como solían serlo en los años cincuenta. Obviamente, para aprender su función y propiedades era menester que estuviera acompañado por un disco. Bien asesorada en la tienda, Haydée lo enchufó a la toma de corriente, abrió la tapa protectora, extrajo el disco de su sobre (un disco de pasta que funcionaba a 78 rpm), lo colocó sobre el plato, giró la perilla que lo hacía girar, la púa entró en contacto con el borde del disco y no tardó en oírse la canción.

No sé si la elección del disco fue producto de alguna recomendación (se trataba de un hit muy popular en esos días) o de que la tía Haydée haya podido intuir, de alguna manera, el significado que esta canción iba a tener para mí, muchos años más tarde, cuando estos sucesos regresaran a mi conciencia tras permanecer ocultos en quién sabe qué rincón de mi memoria. Lo que sé y nadie de mi familia se atrevería a negar jamás es que la tía Haydée siempre acertaba.

Se trataba de la canción «Pinocho», basada en el protagonista del relato Storia di un Burattino, de Carlo Collodi, interpretada por el entonces joven cantante Luis Aguilé y de la que, tras investigar, ahora sé el nombre de sus autores: Rafael Farías Cabanillas y Julio Camilloni. Vaya mi homenaje.

 

Pinocho

Hasta el viejo hospital de los muñecos

llegó el pobre Pinocho malherido,

un cruel espantapájaros bandido

lo sorprendió dormido y lo atacó.

 

Llegó con su nariz hecha pedazos,

una pierna en tres partes astillada

y una lesión interna y delicada

que el medico de guardia no atendió.

 

A un viejo cirujano llamaron con urgencia

y con su vieja ciencia pronto lo remendó,

pero dijo a los otros muñecos internados:

Todo esto será en vano, le falta el corazón.

 

El caso es que Pinocho estaba grave

y en sí de su desmayo no volvía

y el viejo cirujano no sabía

a quién pedir prestado un corazón.

 

Entonces llego el hada protectora

y viendo que Pinocho se moría

le puso un corazón de fantasía

y Pinocho sonriendo despertó.

Sevilla y la conflagración cósmica (último capítulo)

(... y VIII)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

El conjuro

Por fin emergimos, al final de una escalera mecánica, en medio de las Ramblas de Barcelona. No era la Barcelona de ahora, tan atiborrada de turistas día y noche. La ciudad, en invierno, a esa hora, se volvía triste. No teníamos hambre y los pocos bares y restaurantes que quedaban abiertos parecían sólo poblados por personajes sórdidos. Además, con la prisa, apenas llevabas unas pocas pesetas en tu bolso (suficientes, como mucho, para un boleto de regreso a Sitges), tan ciega era la confianza –pienso ahora– con la que te habías abandonado a mis manos. Me preguntaste si conocía algún hotel y, si era así, me pediste que fuéramos directamente. Yo sólo conocía el Hotel River, en el carrer Sant Pau.

¿Te acordás de esa canción de Serrat, Temps era temps, que decía: «Una, Grande y Libre / Metro Goldwyn Mayer / La toma o la deja / Gomas y lavajes...» y de que los argentinos siempre nos preguntábamos qué carajo podía ser eso de «gomas y lavajes»? Bueno, el carrer Sant Pau nacía en las Ramblas y se internaba en el Barrio Chino –eso de chino nunca lo entendí, para esa época era dificilísimo ver a un chino en Barcelona; ahora ni te cuento... ¡Se ven miles!–. Era una calle tradicionalmente dedicada a la prostitución, por la que desfilaban permanentemente clientes, macarras y putas, y en la que predominaban locales en los que se vendía (y anunciaba en carteles) todo tipo de adminículos relacionados con ese oficio. Las gomas, evidentemente, eran los preservativos; y los lavajes eran... En fin, ya te imaginarás.

Cuando llegué por primera vez a Barcelona, en verano, un par de años antes, como todo el mundo, fui a parar a las Ramblas y me interné en el Barrio Chino por el carrer Sant Pau. Vi un hotel que, por su aspecto, me pareció barato y me alojé allí. Recuerdo que estaba invitado a una cena de bienvenida en otro barrio, Lesseps, por lo que, una vez instalado, y tras ducharme bajo un chorro finito de agua tibia que brotaba de un calefón eléctrico antiquísimo, me puse una remera muy blanca y salí a la calle. Caminaba hacia las Ramblas en busca del Metro cuando, frente a mí, haciendo amplias eses, vi que venía un marinero completamente ebrio. Daba la impresión de haber sufrido una caída porque de una de sus cejas parecía brotar una buena cantidad de sangre. Traté de esquivarlo, pero no pude evitar que su frente entrara en contacto con mi remera inmaculada. Ya en el metro, mirándome en el cristal de una ventanilla, descubrí que tenía pintada una enorme mancha roja justo en el corazón.

El Hotel River, a pesar de todo, no era un hotel «inmundo», de esos en los que se puede encontrar un bidet al lado de la cama (que también los hay), pero sí tengo que reconocer que se trataba de un lugar bastante deprimente. No me perdonaré jamás que nuestras bodas hayan tenido que consumarse allí. Sólo la escalera de mármol por la que accedimos al primer piso sugería un pasado presuntuoso. Nuestros pasos hacían chirriar el parquet del estrecho pasillo, iluminado por una luz agonizante, que pronto nos llevó hasta la puerta de la habitación que nos había sido asignada. Ya adentro, al contemplarla, comprendimos que era imprescindible encontrar la manera de hacer desaparecer ese empapelado mustio. Lo conseguimos abriendo los postigos de la ventana y apagando la luz, después de constatar que todo, incluyendo la colcha y las sábanas, parecía limpio.

Sólo quedaron impresas en mi memoria unas pocas imágenes, no todas visuales, de esa noche y de lo que ocurrió entre nosotros: una es que lo primero que hice fue volver a traspasar la cortina de tu pelo e instalarme allí como quien vuelve a un lugar que jamás debería haber abandonado; otra es que, a través de los cristales, nos llegaba una luz proveniente de diferentes orígenes artificiales pero que, de tan rebotada, podría haberse parecido a la de la luna; otra es que, apenas iluminados por recortes de aquella luz, nos hicimos todo lo que se hacen las almas que ansían unirse; otra es que lloramos, a la vez, largo rato, muy probablemente por causas distintas, pero no desconsoladamente sino al contrario: buscando en el llanto compartido mutuo consuelo; y otra es que, hacia el amanecer, cuando ya la poca luz que entraba era natural y vos te habías quedado dormida, de espaldas a mí, la cortina de tu pelo se abrió en dos y me permitió ver un trocito de tu cuello blanco, y que en ese momento te veneré como los creyentes afirman venerar a Dios.

Pero de lo que pasó esa noche, lo más importante no es lo que recuerdo sino lo que deduzco: que lo hablamos todo y que todo lo que hablamos fue verdad; que contestaste a todas mis preguntas y me permitiste conocer hasta el más íntimo escondrijo de tu corazón; que llegamos definitivamente a la conclusión de que debíamos luchar contra esa pasión que se había apoderado de nosotros, porque correr tras lo imposible conduce a la muerte, y que, por consiguiente, estábamos obligados a hacer un conjuro. Conjuro significa ’ligarse con alguien, mediante un juramento, para algún fin’. El fin era olvidarnos, alcanzar el estado de olvido total, y ese olvido tenía que ser para siempre. Dolorosamente –ya que la ciencia del olvido requiere un aprendizaje doloroso–, a lo largo del tiempo, el conjuro se fue cumpliendo. Cada día, cada mes, cada año fuimos agregando primero puñados, después paladas, más tarde quintales y al final toneladas de tierra sobre la tumba del egregor. Y llegamos a olvidar, es cierto, pero, como siempre ocurre con los conjuros, permanecimos ligados por un vínculo invisible.

A pesar de ser una calle muy angosta, el tráfico del carrer Sant Pau, de día, era intenso; motos, taxis, camiones y autobuses aturdían a los peatones que transitaban presurosos por sus estrechas veredas. Sin la posibilidad de decirnos nada más, nos despedimos –no sé si con un beso– en la puerta del hotel. Me quedé viendo cómo te alejabas a paso decidido, envuelta en ese abrigo marrón de hombre y con tu bolso colgando del hombro, como quien tiene muy claro a dónde va. Pero tras recorrer un par de decenas de metros te giraste de improviso para mirarme una vez más. No creo que me miraras con la intención de transmitirme algo; tampoco para fijar mi imagen en tu memoria, ya que habías decidido empezar a olvidarme. Esta vez lo hacías como diciéndote algo a vos misma, como juntando fuerzas para emprender una tarea titánica o como preguntándote: «¿Qué es exactamente lo que tengo que olvidar?».

Voy a poner fin a este relato aquí mismo, las razones por las que, cuarenta años más tarde, me buscaste en Facebook y volvimos, virtualmente, a encontrarnos no aportarían nada. Te copio la definición completa de conflagración cósmica: «Para los estoicos, es la combustión en la cual, cíclicamente, en el gran año en el que concluye el ciclo de desarrollo del cosmos, el fuego consume y reabsorbe en sí toda la realidad. Sin embargo, no de manera definitiva, porque el mundo se regenera de esa condición y recomienza a desarrollarse en formas siempre idénticas».

Sevilla y la conflagración cósmica (VII)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

«Ponete este gamulán»

Opté por el avión porque, aunque el viaje en tren era más barato, duraba en esa época muchísimas horas y recuperarme del mismo habría requerido otras tantas. Por otra parte, la ansiedad que se apoderó de mí ante la perspectiva de volver a verte era demasiado intensa como para permitir que se alargara en el tiempo. Recuerdo que, tras despegar y atravesar una gruesa capa de nubes, vi que el sol del atardecer había teñido el paisaje del mismo color de aquella tarde, junto a vos, a orillas del Guadalquivir, y que, a mis pies, entre ese colchón de nubes vino clarete, emergían, del mismo color, las cumbres filosas de Sierra Nevada.

Casi había oscurecido cuando aterrizamos. Tenía planeado hacer unas cuantas cosas en Barcelona: comprar bisutería barata en el Call, visitar a algunos parientes y amigos... Pero decidí que lo primero era lo primero, así que me fui directamente a la estación desde la que partían los trenes a Sitges, con la intención de hacerte una sorpresiva visita. El hecho de sorprenderte me daba miedo; por eso, durante el viaje, tanto en el avión como en el tren, había pensado lo que iba a decirte en el momento en el que me vieras: que venía por un par de días, que sólo íbamos a estar juntos un rato, etc.

La angustia se disparó cuando oprimí el timbre junto a la puerta de la casa donde vivías, en el carrer Sant Damià. Me abrió el pibe que viajaba con vos –que en ese momento se convirtió en «el pibe que vivía con vos»–, su aspecto no había cambiado, más bien se había intensificado, la expresión de preocupación que le era habitual se convirtió, al verme, en una expresión de intensa preocupación. No obstante, me recibió con amabilidad, me hizo pasar y me contó que habías salido a hacer unas compras para la cena. Entraste poco después, en el momento en el que él y yo, sentados en la cocina, procurábamos hilvanar una trabajosa conversación. Enrojeciste al verme, y también te emocionaste: tus ojos se pusieron brillantes; si mi intención era sorprenderte –que, en realidad, no lo era–, lo había logrado.

Me apresuré a decirte todo lo planeado. Vos me escuchabas con inusual atención. Al terminar, se desencadenó una escena que no olvidaré jamás: con gesto decidido, te pusiste de pie y te acercaste al pibe que vivía con vos, que estaba haciendo no sé qué relacionado con la cena. Pude escuchar la conversación. Le dijiste algo así como: «Lo siento, pero habrá que postergar lo que teníamos planeado. Jorge se va mañana, y yo... Voy a pasar la noche con él». «¿Te guardo algo de cena?», te preguntó él, compungido, mientras ibas de un lado a otro buscando tu bolso. «Comeremos algo por ahí», respondiste, ya cerca de la puerta. Él entró rápidamente en una habitación y nos alcanzó con un abrigo, creo que de hombre, en una mano. «Ponete este gamulán –dijo–, la noche va a ser fría».

Debo aclarar que su actitud no daba la sensación –ni la había dado nunca– de ser la de un celoso. ¡Quién sabe! Si hubiera sido así, seguro que en ese momento pendía sobre mí una amenaza más que seria –por mucho menos, hay quien asesina–. Pero creo poder explicarla de otra manera: reflejaba el miedo de alguien que ve que una persona a la que adora va a internarse en la noche oscura y helada acompañada de otra que, sin lugar a ningún tipo de dudas, está completamente loca. Mi aspecto no ayudaba. A pesar del frío, intensificado por la cercanía del mar, sólo me había abrigado con un suéter rarísimo, inverosímil en el Mediterráneo: de cuello alto, tejido en un punto muy apretado con una lana muy gruesa y muy dura de color ceniza, que me llegaba hasta la mitad del muslo. Era una prenda muy abrigada que me había regalado mi amiga Amparo, en tiempos de mishiadura extrema, diciéndome que en el pasado había pertenecido a no sé qué alpinista de antes de la guerra o, quizás, a un rudo pescador escandinavo.

«Mejor no nos quedemos en Sitges», me rogaste ya en la calle. Apretamos el paso en dirección a la estación porque eran las diez de la noche y podía escapársenos el último tren. Ya a bordo, te relajaste y parecías feliz. El viaje tardaría cerca de una hora, porque se trataba de un tren suburbano que paraba en todas las estaciones; así que, mientras las luces amarillentas de los alrededores de Barcelona volaban tras la ventanilla, nos enfrascamos en una de esas conversaciones larguísimas que parecían hipnotizarnos mutuamente y de las que casi nunca he llegado a recordar su contenido.

Esta historia continúa aquí: El conjuro.

Sevilla y la conflagración cósmica (VI)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

En la dirección opuesta al mar

El domingo, poco antes de irte, nos despedimos amablemente luego de intercambiar direcciones con la expectativa de mantener una relación epistolar, como esos adolescentes que han vivido un romance de verano durante las vacaciones. El lunes fui a trabajar en un stand que la librería había instalado en el salón de los pasos perdidos de la facultad de Ciencias de la Educación. Sin la supervisión rigurosa de Padilla, esa tarea me resultaba ligera y me brindaba la posibilidad de conocer a jóvenes de mi edad. Semanas más tarde, me mudé a un departamento que compartían unos estudiantes en la calle Caballeros. Mi aspecto de indigente fue mutando al de «sudamericano algo bohemio». Durante las semanas que la librería no me necesitaba, peregrinaba durante las noches a través de los lugares de moda, coleccionando amigos, estudiantes oriundos de otras ciudades y pueblos, los más, pero también extranjeros que habían elegido Sevilla para vivir sus años sabáticos.

Cada tanto, caía en una melancolía que casi siempre estaba relacionada con vos, pero también con Buenos Aires, con la gente querida que había dejado allá. En esos tiempos en los que no existía Internet, las noticias llegaban muy de tanto en tanto y un ejemplar de Clarín del mes anterior constituía un raro tesoro. Cuando algo así llegaba a mis manos, lo devoraba palabra a palabra, desde la portada hasta la contratapa, desde los editoriales hasta a los chistes, pasando por la programación de cines y teatros, los deportes, las notas sociales y los avisos clasificados. La posibilidad de volver parecía más lejana en el tiempo que los miles de kilómetros en el espacio. Quizás fue en uno de esos momentos cuando te escribí la primera carta, como quien arroja una botella al mar. Sin embargo, un mes más tarde, habría de llegarme tu respuesta.

Comenzó así la corta etapa epistolar de nuestra relación. Digo corta, aunque se haya extendido bastante en el tiempo (unos cuantos meses), porque calculo que, en realidad, habremos intercambiado no más que unas cinco cartas (dos tuyas y tres mías), sin contar la última, que fue una postal (El bufón don Sebastián de Morra, de Velázquez) que te envié desde un paseo por Madrid, quizás comparándolo de alguna manera conmigo para reprocharte no sé qué, a una dirección extinta, y comprobar que te había perdido la pista. Sólo sobrevivió una carta y la tenés vos.

Así como no recuerdo prácticamente nada de lo que hablábamos en Sevilla, lo mismo ocurre con las cartas. De alguna manera me habré enterado de lo poco que sé sobre vos, pero ¿de qué manera?, ¿en qué contexto? Pienso que el contenido, tanto de nuestras charlas como de nuestras cartas, tiene que parecerse al de este texto que estoy escribiendo: las mías serían apasionadas y delirantes («egregores», «conflagraciones cósmicas», lo que fuera por conservar tu atención); las tuyas, arcanas, misteriosas, siempre eludiendo lo que yo más necesitaba saber.

Te pongo un ejemplo imaginario: si yo, de manera repentina, mirándote fijamente a los ojos, te hubiera hecho todas estas preguntas juntas: «¿Cuál es tu relación con el pibe que viaja con vos? ¿Es tu novio?, ¿tu amante?, ¿un amigo muy querido...?», «¿Por qué volviste a Sevilla, si tenías planeado regresar por otro camino a Barcelona?», «¿Cómo te gusta el café?, ¿amargo o dulce?», «¿Qué es lo que sentís, exactamente, por mí?», vos te habrías quedado reflexionando un buen rato bajo tu frondoso flequillo, como quien trata de elegir con precisión cada palabra, y después me habrías respondido con resolución: «De Colombia, recién molido, bien fuerte, bien caliente y con media cucharadita de azúcar».

Si uno sabe que se viene un tsunami, huye en busca de tierras elevadas, en la dirección opuesta al mar. Es una actitud razonable dictada por el instinto de supervivencia. Pero cuando me llegaba alguna de tus cartas, todos los efectos del «olvido terapéutico» se desvanecían y tu imagen volvía a apoderarse del grueso de mi actividad mental. Era un sentimiento ambiguo, compuesto a la vez por la discutible satisfacción que me provocaba pensar que pudieras estar experimentando emociones equivalentes a las mías y la sensación de que, por más esfuerzos que hiciera por trepar la montaña, la ola gigante siempre habría de alcanzarme y revolcarme sin piedad. Es cierto que, a medida que el tiempo transcurrido entre carta y carta se iba extendiendo, los acontecimientos cotidianos de mi vida sevillana iban colocándote en segundo y hasta en tercer plano, pero siempre estabas ahí.

El local de la librería, en la que seguía trabajando esporádicamente, estaba constituido por dos plantas, la planta baja y un piso alto con grandes estanterías pegadas a las paredes, al que se accedía por una escalera de madera. Allí solía ubicarme, sentado frente a una mesita, realizando diferentes tareas y vigilando a los clientes que buscaban en los estantes qué libro comprar. Una de mis ocupaciones habituales consistía en rellenar con datos una ficha que luego pegaba con cola blanca en la contracubierta. Esa ficha estaba compuesta por dos partes separadas por una línea de puntos; cuando el libro se vendía, la parte encolada quedaba pegada en la contracubierta y la otra era conservada por la librería.

El trabajo de vigilancia me provocaba un placer inconfesable, producto a la vez del aburrimiento y de cierto sadismo: había aprendido que todos los clientes que revisaban las estanterías, robaran o no, se sentían cohibidos al imaginar mi mirada a sus espaldas. Pagué caro ese entretenimiento una vez que entró una chica muy guapa a la que seguí demasiado con la mirada y también con mis oídos, ya que, al buscar, se le escapaban perceptibles suspiros. Tan atento estaba a ella que, accidentalmente, apreté demasiado el pomo que tenía en una mano y un gran chorro de cola blanca cayó sobre la contracubierta del libro que tenía delante. No encontré manera de reparar el daño y comencé a sudar, porque el libro –que además era un libro caro– había quedado definitivamente dañado. En ese momento los papeles se intercambiaron y fue ella la que se pasó un buen rato jugando conmigo. Sus suspiros se habían convertido en disimuladas risitas. No tuve el valor de informar sobre lo que me había pasado y, cuando la chica se marchó, cerré el libro, de manera que contracubierta, ficha y página de cortesía se convirtieron en un definitivo mazacote que, derrotado, coloqué en el lugar que alfabéticamente le correspondía. Desde ese momento, y durante decenas de años, he sufrido terribles pesadillas en las que veo a mi jefe que, con ojos inquisidores, me señala ese mismo libro y me pregunta «¿Qué es esta guarrada?».

Una mañana, ya entrado definitivamente el invierno, en uno de esos períodos en que la librería no me necesitaba, me llegaron dos cartas juntas cuyo remitente no eras vos. Habían sido enviadas con unos quince días de diferencia, pero el correo intercontinental solía ser así. En la más antigua, mi mamá me informaba sobre una noticia triste: la muerte de la tía Haydée, una tía abuela muy querida que, como éramos seis hermanos, había participado muy directamente en mi crianza. Fue ella mi primera lectora, la que siempre me animó a seguir escribiendo. La segunda carta también estaba relacionada con esa tía, aunque las noticias no eran del todo tristes: resulta que la tía se había pasado la vida dedicando parte de su sueldo (trabajaba en la Municipalidad) a costearse su futuro funeral y el nicho en la Chacarita, pero la inflación había convertido sus esfuerzos en nada. Mis padres, sabiendo cuánto me quería ella y los problemas económicos por los que estaba pasando en Europa, habían decidido enviarme ese dinero a mí, y adjuntaban los datos del banco en el que estaba depositado. No era mucho, pero alcanzaba para comprar un pasaje de ida y vuelta, en avión, a Barcelona y para poder quedarme un par de días allí.

Esta historia continúa aquí: «Ponete este gamulán».

Sevilla y la conflagración cósmica (V)

Sevilla y la conflagración cósmica (V)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

Todas esas cosas que hacen los novios

Estaban relajados, cansados como siempre, pero con un cansancio diferente, como el de alguien que empieza a recuperarse de una especie de enfermedad. Él me miró esta vez sin preocupación, pero como si pensara «Sabía que iba a pasar esto»; y vos me miraste como diciendo «Temí que no aparecieras». Me enteré de que, tras abandonar Sevilla semanas atrás, repentinamente, habían decidido subirse a un barco en Algeciras que los llevara a Marruecos y, una vez allí, tratar de alcanzar algún lugar habitado que se encontrara lo más profundamente posible internado en el desierto africano. Fue una decisión irresponsable que podrían haber pagado muy cara. A causa, pienso, del cansancio y de la abismal diferencia de temperaturas diurna y nocturna, comenzaron a sentirse enfermos justo cuando se encontraban en medio de la nada, en una zona en la que, en el idioma de los habitantes, ni siquiera existe la palabra médico.

El regreso a la costa fue una pesadilla, te subió la fiebre y, según me contaste, si no fuera por el pibe que viajaba con vos que, sobreponiéndose a su propio malestar, te atendió y cuidó durante todo el viaje, difícilmente hubieras vuelto a ver el mar. Aún en el barco que los traía de regreso a Europa, vos ya sin fiebre y bastante recuperados, se sentían aplastados por un cansancio profundísimo: la madre y el padre de todos los cansancios. Así que decidieron descansar un par de días antes de emprender el regreso definitivo a la lejana Barcelona. «Pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar», dice el tango. Y vos no eras una viajera ordinaria, eras una viajera que huía. Para recuperarte totalmente no te bastaba con dejar de viajar, tenías que dejar de huir. Y aquello de lo que huías se encontraba en Sevilla.

Nos retiramos pronto esa noche del reencuentro, yo también estaba agotado y los sábados trabajaba desde temprano hasta el mediodía. Pero al atardecer te pasé a recoger para que recorriéramos, juntos, la Sevilla otoñal. Fuimos de nuevo al Barrio de Santa Cruz y desde allí pasamos a los Jardines de Murillo, otro parque maravilloso, laberinto de jardines floridos, glorietas azulejadas, fuentes escondidas y anchas avenidas bordeadas de árboles frondosos de hojas amarillas, avenidas por las que circulan coches tirados por solemnes caballos de la raza árabe que transportan parejas de turistas enamorados de piel roja y un poco de olor a bronceador.

Esa tarde hicimos todas esas cosas que hacen los novios: caminamos tomados de la mano mirándonos a los ojos, o abrazados de diferentes maneras, o vos trepada sobre mi espalda como si yo fuera un caballito; jugamos a luchar hasta que me venciste –te dejé ganar porque estabas convaleciente–, me crucificaste de espaldas contra la hierba y contaste «uno, dos, tres...» como si fueras Martín Karadagián derrotando a La Momia; nos reímos mil veces, hasta llorar, casi. Y claro, nos besamos de todas las maneras posibles: besos largos con los ojos cerrados, besos de duración media con los ojos entreabiertos y pensando en otra cosa, ráfagas de besos cortitos disparados a quemarropa que podían hacer blanco en cualquier rincón de la piel... Allí fue cuando me acostumbré a sentirme cómodo del lado de adentro de la cortina de tu pelo, cómodo y seguro, como si me encontrara en mi propio hogar.

No sé vos, pero yo, durante aquellas horas, alcancé la ataraxia, ese estado de felicidad al que se llega, según algunos filósofos, cuando se realizan los deseos y se aplacan las pasiones. Creo que fue allí donde descubrimos el poder del olvido, aplicándolo a la inminencia de nuestra separación definitiva. Al hacer invisible este hecho, el tiempo se detuvo y experimentamos la eternidad. No tardaríamos en tratar de aplicar ese poder también a la ausencia, con más o menos éxito al principio, pero logrando establecer su imperio al final. Si el egregor, además de su enorme potencia, posee también algún tipo de conciencia de sí mismo, en ese instante habrá comenzado a temer por su vida.

Esta historia continúa aquí: En la dirección opuesta al mar.

Sevilla y la conflagración cósmica (IV)

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Griegos y latinos

Fue esa noche de fin del verano, en la que se había levantado un frío más típico de bien entrado el otoño –cosa nada frecuente en Andalucía–, y en la que me había despedido de vos –pensaba– para siempre, porque tenían planeado volver a Barcelona por otro camino, cuando, al introducir la llave en la puertita recortada en una de las hojas del portón de madera del local, una sombra envuelta en un sobretodo gris se me acercó y me dijo que era el señor Antonio, que estaba esperándome y que los chicos de la parroquia le habían permitido pasar algunas noches allí porque su casa se había derrumbado. Lo hice pasar y le dije que se acomodara como mejor pudiera. Me lo agradeció, y yo, presa de un malestar creciente, entré en el cuartito donde los pibes me habían puesto un catre y entrecerré la puerta.

Pero unos minutos más tarde me puse a espiarlo a través de la puerta entornada. Se había sentado en una silla nada cómoda, tenía los ojos cerrados y usaba su sobretodo como manta, aunque era evidente que el frío y la humedad del local lo acosaban por todos los flancos. Todo él, sus cabellos, su piel, el sobretodo, los calcetines cortitos que se le podían ver pese a que no se había quitado los zapatos raídos, formaban un conjunto gris, solitario, resignado y ausente. Y entonces caí en la cuenta del porqué de mi malestar: él y yo pertenecíamos al mismo tipo de personas a las que «la vida no había tratado del todo bien»; yo tampoco era un «príncipe», pero a él la mishiadura lo había sorprendido al final del camino, su sufrimiento era añejo, crónico, no le habría importado dejarse morir. Fui a buscar unas mantas y le dije que se acomodara en una oficina, un poco más abrigada, que los miembros del grupo utilizaban a modo de sala de reuniones, en la que habían juntado tres mesas cuadradas sobre las que, colocando una de las mantas como colchón y tapándose con la otra y el sobretodo, Antonio podría, por lo menos, conciliar el sueño.

La aparición del señor Antonio me hizo volver a pensar en que era imprescindible hacer algo que modificara el estado de postración en el que había caído, y esa resurrección de mi dignidad agradó a mi amiga Amparo que, unos días más tarde, me puso en contacto con el señor Padilla, dueño de una librería situada en La Campana, al principio (o al final, no estoy seguro) de la calle Sierpes. El personal fijo lo constituían el librero y su esposa, bastante más joven que él, pero circunstancialmente necesitaban contratar a un par de ayudantes. Se acercaba el final de las vacaciones y comenzaban unas semanas en las que las librerías tenían mucha actividad.

Padilla me hizo una prueba para comprobar si reunía las condiciones mínimas para hacer ese tipo de trabajo: sobre una mesa grande estaban, amontonados, gran cantidad de libros diversos, todos pertenecientes a la sección «Clásicos». Al lado, contra la pared, había dos estanterías vacías altísimas. En una debía colocar, por orden alfabético, los griegos y, en la otra, los latinos. Tardé un rato pero lo hice bien; la esposa de Padilla revisó meticulosamente las estanterías y me felicitó, además, porque, según dijo, rara vez algún aspirante superaba la prueba.

Diferente fue, sin embargo, la actitud del librero. Noté que, a medida que se iba dando cuenta de que cada autor clásico estaba en su lugar, en su cara empezaba a dibujarse una expresión de enojo –quizás, pienso ahora, había apostado contra mí–. Hasta que detectó, por fin, un discutible fallo: había colocado los libros de teoría a continuación de su respectivo autor clásico, mientras que él siempre había preferido que todos estos autores estuvieran ordenados también por orden alfabético en sus respectivas estanterías. Hice un intento de explicarme pero eso pareció enfadarlo más. Por un momento pensé que estaba por arrojarme sin piedad a la calle. Sin embargo, su esposa lo detuvo con una mirada seria. Y así comenzó una nueva etapa de mi vida sevillana.

El trabajo, al principio, fue duro. Pronto comenzaron a llegar camiones que traían cajas y cajas de libros. Tras descargarlos, había que abrir las cajas de cartón e ir depositando cada libro en su lugar. Eran libros de primaria, secundaria y universitarios, que los estudiantes, a veces acompañados por sus padres, hacían cola para comprar. La actividad, por momentos, era frenética. Un viernes por la noche, al terminar una jornada agotadora, regresando al local del grupo juvenil, decidí detenerme un momento en la Plaza de Santa Cruz, en la que, en esa época del año, se reunían los estudiantes que regresaban de sus vacaciones e improvisaban una especie de fiesta (que a los vecinos, por cierto, no agradaba demasiado). Estaba charlando con algunos conocidos cuando, de repente, me dio un vuelco el corazón: entre la multitud de jóvenes que reían y bailaban reconocí al pibe que viajaba con vos, con un porrón de cerveza Cruz Campo en la mano, y a su lado estabas vos, vestida, como de costumbre, con tu falda larguísima y tu remera de tul.

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Sevilla y la conflagración cósmica (III)

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El «príncipe» de San Esteban

Una vez solo, y como era temprano, entré en una vieja y larga bodega en la que se veían grandes cubas junto a las paredes, no lejos de la catedral, por el barrio de los estudiantes. Me senté en una mesita de madera gastada, con una botella de vidrio blanco sin etiquetas, de medio litro, de vino tinto, y me la fui bebiendo vasito a vasito. Dos hombres discutían sobre el significado de la palabra jumento. Uno afirmaba que significaba ‘caballo’, el otro decía que ‘burro’. La disputa lingüística derivó al terreno personal y casi terminan a las piñas. El dueño de la bodega, un señor flaco pero panzón, con boina, los invitó, primero a uno y media hora después al otro, a abandonar el local. No tardé en salir a la calle yo también, había refrescado bastante y daba la sensación de que la noche iba a ser fría. Escogí uno de los mil itinerarios posibles para acercarme hasta el rincón donde pernoctaba; daba igual, cualquier combinación de calles por la que hubiera optado me habría regalado un tesoro de lugares únicos y fascinantes, y también me habría tentado a emitir juicios de valor sobre esa bella y subjetivamente triste ciudad, lugares como para mostrarte a vos.

Cerca de la Puerta Carmona, hay una iglesia preciosa que se llama San Esteban. Es de estilo gótico-mudéjar y fue construida en el siglo XIV sobre lo que era una antigua mezquita. Durante mis primeras semanas en Sevilla, esas semanas terribles en las que me sentía tan desamparado, tuve la suerte de conocer a una chica que se llamaba, precisamente, Amparo, que se apiadó de mí y me amparó. Muchacha pragmática y perspicaz, pronto me puso en contacto con don José, el párroco de San Esteban. Era un párroco provisorio que parecía más enfocado en algún destino futuro que en San Esteban. Ocupaba dos habitaciones bastante pequeñas –aunque, como contrapartida, dotadas de sendas ventanas finas y alargadas de arco apuntado, a través de las cuales solía entrar una luz siempre dorada– en el edificio parroquial adosado a la iglesia: un dormitorio en el que apenas cabía una cama de una plaza; un despacho con una mesa grande y una estantería, ambas repletas de libros y, pegado a la pared, un sofá en el que a veces dormía su madre, que venía desde un pueblo cercano a acompañarlo. Era un cura intelectual; entre otros libros sobre diferentes temas, recuerdo que tenía a mano, agrupadas en tomos, las Obras completas de Freud.

Parece ser que, durante la época de don José –con su actitud nunca dramática, jamás histriónica y muy constructiva–, las actividades sociales que tenían como centro San Esteban se revitalizaron. Entre éstas, las principales eran, en primer lugar, la Hermandad de San Esteban, una cofradía de nazarenos que salía de procesión el Martes Santo, y en segundo, el Grupo Juvenil Parroquial. Ambas actividades están relacionadas de alguna manera con nuestra historia.

Se habla mucho de la Semana Santa de Sevilla. Algunos piensan que, básicamente, se trata de la expresión de un sentimiento religioso. Otros, más sutiles, imaginan un substrato pagano enmascarado en el medievo con formas cristianas y sobreviviendo hasta hoy. Yo la he presenciado y opino que, en Semana Santa, desde hace siglos, los sevillanos, cada año, se ponen de acuerdo en construir un enorme egregor, suma de miles de voluntades, y lo hacen desfilar majestuosamente por las principales calles de la ciudad envuelto en una emoción general in crescendo. Llega un instante en el que la emoción estalla y se produce el clímax. Hablo de un evento mágico que dura lo que la tradición prescribe y, a continuación, duerme hasta el siguiente año.

También el grupo juvenil es importantísimo en mi historia, porque me regaló el primer techo bajo el que me refugié en Sevilla. Don José se puso en contacto rápidamente con Manolo, el mayor de unos treinta jóvenes de ambos sexos que, en tiempo récord, votaron unánimemente asilarme. Cruzando la estrecha calle que pasa por detrás de la iglesia había un local de dos pisos, en muy mal estado (el piso de arriba, por ejemplo, estaba en ruinas), al que se accedía por un gran portón de madera, formado por dos enormes hojas, en una de las cuales se recortaba una puerta más chiquita, pensada como para que pudiera pasar un «hombrecillo» a la vez.

A pesar de que no podía cocinar –no disponía de gas y resultaba peligroso encender fuego de cualquier manera–, ni tampoco ducharme –había un lavadero con agua corriente, que en Sevilla no es mala, pero para no helarme tenía que acercarme a un colegio de curas cercano, un par de veces a la semana, como mucho, y en un horario bien concreto–, fui feliz esos días en los que el local del Grupo Juvenil Parroquial se convirtió en mi casa. Los chicos se las arreglaban para que comiera por lo menos una vez al día y hasta me regalaron ropa. San Esteban era un barrio muy unido y, gracias a la protección de don José, Manolo y los pibes de la parroquia, los vecinos se mostraron solidarios o, por lo menos, mucho más solidarios conmigo que si se hubiera tratado de cualquier otro croto desconocido. En agradecimiento, un día me afeité la barba, por lo que dejaron de llamarme «el Gran Poder» (un Cristo muy popular que desfilaba en Semana Santa) y empezaron a llamarme «el Príncipe», probablemente porque seguía teniendo el pelo muy largo y eso me daba cierto aspecto medieval.

Un domingo, temprano, lavé toda mi ropa en el lavadero y subí, temerariamente entre las ruinas, a la terraza a tenderla. Una anciana que, en la terraza vecina, estaba haciendo lo mismo, me vio y empezó a llorar. Lloraba, me dijo, porque le daba pena que un joven tan guapo tuviera que vivir en una casa semiderruida y… ¡lavarse él mismo la ropa! Sentí que esa viejita era una santa, y lo corroboré al instante porque, justo en ese momento, todas las campanas de las iglesias de la ciudad (las de San Esteban, las de las iglesias vecinas, las lejanas y las lejanísimas), con sus diferentes tonos, tempos y melodías, comenzaron a redoblar al unísono, llenando el aire de una música solemne aunque un poco desordenada.

El grupo parroquial editaba una revista, cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo, escrita por los mismos pibes, la mayoría adolescentes o casi-niños, aunque los editoriales los escribía Manolo, que no creo que superara los veinte años. Por la época en que apareciste vos, corría por el barrio un número en el que Manolo bajaba línea:

«Estos días –trato de reconstruir lo que decía–, hemos sido visitados en el local por personas a las que la vida no ha tratado del todo bien. Todos conocéis a Jorge, ese chico argentino que llegó huyendo de la dictadura sangrienta que se ha apoderado de su país, y también al señor Antonio, que últimamente veíamos muy triste porque se quedó viudo y, recientemente, para colmo, el techo de su casa se derrumbó y no tiene donde vivir…» y continuaba hablando de la importancia de amar al prójimo. En las otras páginas se actualizaba a los lectores sobre la marcha de las actividades del grupo y, hacia el final, podían leerse algunas poesías escritas por los mismos niños, entre las que había una escrita por mí, muy corta: «Un día me fui / no sé cuándo / y dejé muriéndose / no sé qué cosa. / Hoy me encuentro muy lejos / no sé dónde / y ya no quiero regresar / no sé por qué». Me da un poco de vergüenza hacértela leer; pero bueno, da una idea de mi actitud –no haría bien si te la ocultara– y de cómo ese tipo de cosas consolidaban mi show.

Esta historia continúa aquí: Griegos y latinos.