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Grandes Amaestradores de Psiquiatras

Sevilla y la conflagración cósmica (último capítulo)

(... y VIII)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

El conjuro

Por fin emergimos, al final de una escalera mecánica, en medio de las Ramblas de Barcelona. No era la Barcelona de ahora, tan atiborrada de turistas día y noche. La ciudad, en invierno, a esa hora, se volvía triste. No teníamos hambre y los pocos bares y restaurantes que quedaban abiertos parecían sólo poblados por personajes sórdidos. Además, con la prisa, apenas llevabas unas pocas pesetas en tu bolso (suficientes, como mucho, para un boleto de regreso a Sitges), tan ciega era la confianza –pienso ahora– con la que te habías abandonado a mis manos. Me preguntaste si conocía algún hotel y, si era así, me pediste que fuéramos directamente. Yo sólo conocía el Hotel River, en el carrer Sant Pau.

¿Te acordás de esa canción de Serrat, Temps era temps, que decía: «Una, Grande y Libre / Metro Goldwyn Mayer / La toma o la deja / Gomas y lavajes...» y de que los argentinos siempre nos preguntábamos qué carajo podía ser eso de «gomas y lavajes»? Bueno, el carrer Sant Pau nacía en las Ramblas y se internaba en el Barrio Chino –eso de chino nunca lo entendí, para esa época era dificilísimo ver a un chino en Barcelona; ahora ni te cuento... ¡Se ven miles!–. Era una calle tradicionalmente dedicada a la prostitución, por la que desfilaban permanentemente clientes, macarras y putas, y en la que predominaban locales en los que se vendía (y anunciaba en carteles) todo tipo de adminículos relacionados con ese oficio. Las gomas, evidentemente, eran los preservativos; y los lavajes eran... En fin, ya te imaginarás.

Cuando llegué por primera vez a Barcelona, en verano, un par de años antes, como todo el mundo, fui a parar a las Ramblas y me interné en el Barrio Chino por el carrer Sant Pau. Vi un hotel que, por su aspecto, me pareció barato y me alojé allí. Recuerdo que estaba invitado a una cena de bienvenida en otro barrio, Lesseps, por lo que, una vez instalado, y tras ducharme bajo un chorro finito de agua tibia que brotaba de un calefón eléctrico antiquísimo, me puse una remera muy blanca y salí a la calle. Caminaba hacia las Ramblas en busca del Metro cuando, frente a mí, haciendo amplias eses, vi que venía un marinero completamente ebrio. Daba la impresión de haber sufrido una caída porque de una de sus cejas parecía brotar una buena cantidad de sangre. Traté de esquivarlo, pero no pude evitar que su frente entrara en contacto con mi remera inmaculada. Ya en el metro, mirándome en el cristal de una ventanilla, descubrí que tenía pintada una enorme mancha roja justo en el corazón.

El Hotel River, a pesar de todo, no era un hotel «inmundo», de esos en los que se puede encontrar un bidet al lado de la cama (que también los hay), pero sí tengo que reconocer que se trataba de un lugar bastante deprimente. No me perdonaré jamás que nuestras bodas hayan tenido que consumarse allí. Sólo la escalera de mármol por la que accedimos al primer piso sugería un pasado presuntuoso. Nuestros pasos hacían chirriar el parquet del estrecho pasillo, iluminado por una luz agonizante, que pronto nos llevó hasta la puerta de la habitación que nos había sido asignada. Ya adentro, al contemplarla, comprendimos que era imprescindible encontrar la manera de hacer desaparecer ese empapelado mustio. Lo conseguimos abriendo los postigos de la ventana y apagando la luz, después de constatar que todo, incluyendo la colcha y las sábanas, parecía limpio.

Sólo quedaron impresas en mi memoria unas pocas imágenes, no todas visuales, de esa noche y de lo que ocurrió entre nosotros: una es que lo primero que hice fue volver a traspasar la cortina de tu pelo e instalarme allí como quien vuelve a un lugar que jamás debería haber abandonado; otra es que, a través de los cristales, nos llegaba una luz proveniente de diferentes orígenes artificiales pero que, de tan rebotada, podría haberse parecido a la de la luna; otra es que, apenas iluminados por recortes de aquella luz, nos hicimos todo lo que se hacen las almas que ansían unirse; otra es que lloramos, a la vez, largo rato, muy probablemente por causas distintas, pero no desconsoladamente sino al contrario: buscando en el llanto compartido mutuo consuelo; y otra es que, hacia el amanecer, cuando ya la poca luz que entraba era natural y vos te habías quedado dormida, de espaldas a mí, la cortina de tu pelo se abrió en dos y me permitió ver un trocito de tu cuello blanco, y que en ese momento te veneré como los creyentes afirman venerar a Dios.

Pero de lo que pasó esa noche, lo más importante no es lo que recuerdo sino lo que deduzco: que lo hablamos todo y que todo lo que hablamos fue verdad; que contestaste a todas mis preguntas y me permitiste conocer hasta el más íntimo escondrijo de tu corazón; que llegamos definitivamente a la conclusión de que debíamos luchar contra esa pasión que se había apoderado de nosotros, porque correr tras lo imposible conduce a la muerte, y que, por consiguiente, estábamos obligados a hacer un conjuro. Conjuro significa ’ligarse con alguien, mediante un juramento, para algún fin’. El fin era olvidarnos, alcanzar el estado de olvido total, y ese olvido tenía que ser para siempre. Dolorosamente –ya que la ciencia del olvido requiere un aprendizaje doloroso–, a lo largo del tiempo, el conjuro se fue cumpliendo. Cada día, cada mes, cada año fuimos agregando primero puñados, después paladas, más tarde quintales y al final toneladas de tierra sobre la tumba del egregor. Y llegamos a olvidar, es cierto, pero, como siempre ocurre con los conjuros, permanecimos ligados por un vínculo invisible.

A pesar de ser una calle muy angosta, el tráfico del carrer Sant Pau, de día, era intenso; motos, taxis, camiones y autobuses aturdían a los peatones que transitaban presurosos por sus estrechas veredas. Sin la posibilidad de decirnos nada más, nos despedimos –no sé si con un beso– en la puerta del hotel. Me quedé viendo cómo te alejabas a paso decidido, envuelta en ese abrigo marrón de hombre y con tu bolso colgando del hombro, como quien tiene muy claro a dónde va. Pero tras recorrer un par de decenas de metros te giraste de improviso para mirarme una vez más. No creo que me miraras con la intención de transmitirme algo; tampoco para fijar mi imagen en tu memoria, ya que habías decidido empezar a olvidarme. Esta vez lo hacías como diciéndote algo a vos misma, como juntando fuerzas para emprender una tarea titánica o como preguntándote: «¿Qué es exactamente lo que tengo que olvidar?».

Voy a poner fin a este relato aquí mismo, las razones por las que, cuarenta años más tarde, me buscaste en Facebook y volvimos, virtualmente, a encontrarnos no aportarían nada. Te copio la definición completa de conflagración cósmica: «Para los estoicos, es la combustión en la cual, cíclicamente, en el gran año en el que concluye el ciclo de desarrollo del cosmos, el fuego consume y reabsorbe en sí toda la realidad. Sin embargo, no de manera definitiva, porque el mundo se regenera de esa condición y recomienza a desarrollarse en formas siempre idénticas».

Sevilla y la conflagración cósmica (VII)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

«Ponete este gamulán»

Opté por el avión porque, aunque el viaje en tren era más barato, duraba en esa época muchísimas horas y recuperarme del mismo habría requerido otras tantas. Por otra parte, la ansiedad que se apoderó de mí ante la perspectiva de volver a verte era demasiado intensa como para permitir que se alargara en el tiempo. Recuerdo que, tras despegar y atravesar una gruesa capa de nubes, vi que el sol del atardecer había teñido el paisaje del mismo color de aquella tarde, junto a vos, a orillas del Guadalquivir, y que, a mis pies, entre ese colchón de nubes vino clarete, emergían, del mismo color, las cumbres filosas de Sierra Nevada.

Casi había oscurecido cuando aterrizamos. Tenía planeado hacer unas cuantas cosas en Barcelona: comprar bisutería barata en el Call, visitar a algunos parientes y amigos... Pero decidí que lo primero era lo primero, así que me fui directamente a la estación desde la que partían los trenes a Sitges, con la intención de hacerte una sorpresiva visita. El hecho de sorprenderte me daba miedo; por eso, durante el viaje, tanto en el avión como en el tren, había pensado lo que iba a decirte en el momento en el que me vieras: que venía por un par de días, que sólo íbamos a estar juntos un rato, etc.

La angustia se disparó cuando oprimí el timbre junto a la puerta de la casa donde vivías, en el carrer Sant Damià. Me abrió el pibe que viajaba con vos –que en ese momento se convirtió en «el pibe que vivía con vos»–, su aspecto no había cambiado, más bien se había intensificado, la expresión de preocupación que le era habitual se convirtió, al verme, en una expresión de intensa preocupación. No obstante, me recibió con amabilidad, me hizo pasar y me contó que habías salido a hacer unas compras para la cena. Entraste poco después, en el momento en el que él y yo, sentados en la cocina, procurábamos hilvanar una trabajosa conversación. Enrojeciste al verme, y también te emocionaste: tus ojos se pusieron brillantes; si mi intención era sorprenderte –que, en realidad, no lo era–, lo había logrado.

Me apresuré a decirte todo lo planeado. Vos me escuchabas con inusual atención. Al terminar, se desencadenó una escena que no olvidaré jamás: con gesto decidido, te pusiste de pie y te acercaste al pibe que vivía con vos, que estaba haciendo no sé qué relacionado con la cena. Pude escuchar la conversación. Le dijiste algo así como: «Lo siento, pero habrá que postergar lo que teníamos planeado. Jorge se va mañana, y yo... Voy a pasar la noche con él». «¿Te guardo algo de cena?», te preguntó él, compungido, mientras ibas de un lado a otro buscando tu bolso. «Comeremos algo por ahí», respondiste, ya cerca de la puerta. Él entró rápidamente en una habitación y nos alcanzó con un abrigo, creo que de hombre, en una mano. «Ponete este gamulán –dijo–, la noche va a ser fría».

Debo aclarar que su actitud no daba la sensación –ni la había dado nunca– de ser la de un celoso. ¡Quién sabe! Si hubiera sido así, seguro que en ese momento pendía sobre mí una amenaza más que seria –por mucho menos, hay quien asesina–. Pero creo poder explicarla de otra manera: reflejaba el miedo de alguien que ve que una persona a la que adora va a internarse en la noche oscura y helada acompañada de otra que, sin lugar a ningún tipo de dudas, está completamente loca. Mi aspecto no ayudaba. A pesar del frío, intensificado por la cercanía del mar, sólo me había abrigado con un suéter rarísimo, inverosímil en el Mediterráneo: de cuello alto, tejido en un punto muy apretado con una lana muy gruesa y muy dura de color ceniza, que me llegaba hasta la mitad del muslo. Era una prenda muy abrigada que me había regalado mi amiga Amparo, en tiempos de mishiadura extrema, diciéndome que en el pasado había pertenecido a no sé qué alpinista de antes de la guerra o, quizás, a un rudo pescador escandinavo.

«Mejor no nos quedemos en Sitges», me rogaste ya en la calle. Apretamos el paso en dirección a la estación porque eran las diez de la noche y podía escapársenos el último tren. Ya a bordo, te relajaste y parecías feliz. El viaje tardaría cerca de una hora, porque se trataba de un tren suburbano que paraba en todas las estaciones; así que, mientras las luces amarillentas de los alrededores de Barcelona volaban tras la ventanilla, nos enfrascamos en una de esas conversaciones larguísimas que parecían hipnotizarnos mutuamente y de las que casi nunca he llegado a recordar su contenido.

Esta historia continúa aquí: El conjuro.

Sevilla y la conflagración cósmica (VI)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

En la dirección opuesta al mar

El domingo, poco antes de irte, nos despedimos amablemente luego de intercambiar direcciones con la expectativa de mantener una relación epistolar, como esos adolescentes que han vivido un romance de verano durante las vacaciones. El lunes fui a trabajar en un stand que la librería había instalado en el salón de los pasos perdidos de la facultad de Ciencias de la Educación. Sin la supervisión rigurosa de Padilla, esa tarea me resultaba ligera y me brindaba la posibilidad de conocer a jóvenes de mi edad. Semanas más tarde, me mudé a un departamento que compartían unos estudiantes en la calle Caballeros. Mi aspecto de indigente fue mutando al de «sudamericano algo bohemio». Durante las semanas que la librería no me necesitaba, peregrinaba durante las noches a través de los lugares de moda, coleccionando amigos, estudiantes oriundos de otras ciudades y pueblos, los más, pero también extranjeros que habían elegido Sevilla para vivir sus años sabáticos.

Cada tanto, caía en una melancolía que casi siempre estaba relacionada con vos, pero también con Buenos Aires, con la gente querida que había dejado allá. En esos tiempos en los que no existía Internet, las noticias llegaban muy de tanto en tanto y un ejemplar de Clarín del mes anterior constituía un raro tesoro. Cuando algo así llegaba a mis manos, lo devoraba palabra a palabra, desde la portada hasta la contratapa, desde los editoriales hasta a los chistes, pasando por la programación de cines y teatros, los deportes, las notas sociales y los avisos clasificados. La posibilidad de volver parecía más lejana en el tiempo que los miles de kilómetros en el espacio. Quizás fue en uno de esos momentos cuando te escribí la primera carta, como quien arroja una botella al mar. Sin embargo, un mes más tarde, habría de llegarme tu respuesta.

Comenzó así la corta etapa epistolar de nuestra relación. Digo corta, aunque se haya extendido bastante en el tiempo (unos cuantos meses), porque calculo que, en realidad, habremos intercambiado no más que unas cinco cartas (dos tuyas y tres mías), sin contar la última, que fue una postal (El bufón don Sebastián de Morra, de Velázquez) que te envié desde un paseo por Madrid, quizás comparándolo de alguna manera conmigo para reprocharte no sé qué, a una dirección extinta, y comprobar que te había perdido la pista. Sólo sobrevivió una carta y la tenés vos.

Así como no recuerdo prácticamente nada de lo que hablábamos en Sevilla, lo mismo ocurre con las cartas. De alguna manera me habré enterado de lo poco que sé sobre vos, pero ¿de qué manera?, ¿en qué contexto? Pienso que el contenido, tanto de nuestras charlas como de nuestras cartas, tiene que parecerse al de este texto que estoy escribiendo: las mías serían apasionadas y delirantes («egregores», «conflagraciones cósmicas», lo que fuera por conservar tu atención); las tuyas, arcanas, misteriosas, siempre eludiendo lo que yo más necesitaba saber.

Te pongo un ejemplo imaginario: si yo, de manera repentina, mirándote fijamente a los ojos, te hubiera hecho todas estas preguntas juntas: «¿Cuál es tu relación con el pibe que viaja con vos? ¿Es tu novio?, ¿tu amante?, ¿un amigo muy querido...?», «¿Por qué volviste a Sevilla, si tenías planeado regresar por otro camino a Barcelona?», «¿Cómo te gusta el café?, ¿amargo o dulce?», «¿Qué es lo que sentís, exactamente, por mí?», vos te habrías quedado reflexionando un buen rato bajo tu frondoso flequillo, como quien trata de elegir con precisión cada palabra, y después me habrías respondido con resolución: «De Colombia, recién molido, bien fuerte, bien caliente y con media cucharadita de azúcar».

Si uno sabe que se viene un tsunami, huye en busca de tierras elevadas, en la dirección opuesta al mar. Es una actitud razonable dictada por el instinto de supervivencia. Pero cuando me llegaba alguna de tus cartas, todos los efectos del «olvido terapéutico» se desvanecían y tu imagen volvía a apoderarse del grueso de mi actividad mental. Era un sentimiento ambiguo, compuesto a la vez por la discutible satisfacción que me provocaba pensar que pudieras estar experimentando emociones equivalentes a las mías y la sensación de que, por más esfuerzos que hiciera por trepar la montaña, la ola gigante siempre habría de alcanzarme y revolcarme sin piedad. Es cierto que, a medida que el tiempo transcurrido entre carta y carta se iba extendiendo, los acontecimientos cotidianos de mi vida sevillana iban colocándote en segundo y hasta en tercer plano, pero siempre estabas ahí.

El local de la librería, en la que seguía trabajando esporádicamente, estaba constituido por dos plantas, la planta baja y un piso alto con grandes estanterías pegadas a las paredes, al que se accedía por una escalera de madera. Allí solía ubicarme, sentado frente a una mesita, realizando diferentes tareas y vigilando a los clientes que buscaban en los estantes qué libro comprar. Una de mis ocupaciones habituales consistía en rellenar con datos una ficha que luego pegaba con cola blanca en la contracubierta. Esa ficha estaba compuesta por dos partes separadas por una línea de puntos; cuando el libro se vendía, la parte encolada quedaba pegada en la contracubierta y la otra era conservada por la librería.

El trabajo de vigilancia me provocaba un placer inconfesable, producto a la vez del aburrimiento y de cierto sadismo: había aprendido que todos los clientes que revisaban las estanterías, robaran o no, se sentían cohibidos al imaginar mi mirada a sus espaldas. Pagué caro ese entretenimiento una vez que entró una chica muy guapa a la que seguí demasiado con la mirada y también con mis oídos, ya que, al buscar, se le escapaban perceptibles suspiros. Tan atento estaba a ella que, accidentalmente, apreté demasiado el pomo que tenía en una mano y un gran chorro de cola blanca cayó sobre la contracubierta del libro que tenía delante. No encontré manera de reparar el daño y comencé a sudar, porque el libro –que además era un libro caro– había quedado definitivamente dañado. En ese momento los papeles se intercambiaron y fue ella la que se pasó un buen rato jugando conmigo. Sus suspiros se habían convertido en disimuladas risitas. No tuve el valor de informar sobre lo que me había pasado y, cuando la chica se marchó, cerré el libro, de manera que contracubierta, ficha y página de cortesía se convirtieron en un definitivo mazacote que, derrotado, coloqué en el lugar que alfabéticamente le correspondía. Desde ese momento, y durante decenas de años, he sufrido terribles pesadillas en las que veo a mi jefe que, con ojos inquisidores, me señala ese mismo libro y me pregunta «¿Qué es esta guarrada?».

Una mañana, ya entrado definitivamente el invierno, en uno de esos períodos en que la librería no me necesitaba, me llegaron dos cartas juntas cuyo remitente no eras vos. Habían sido enviadas con unos quince días de diferencia, pero el correo intercontinental solía ser así. En la más antigua, mi mamá me informaba sobre una noticia triste: la muerte de la tía Haydée, una tía abuela muy querida que, como éramos seis hermanos, había participado muy directamente en mi crianza. Fue ella mi primera lectora, la que siempre me animó a seguir escribiendo. La segunda carta también estaba relacionada con esa tía, aunque las noticias no eran del todo tristes: resulta que la tía se había pasado la vida dedicando parte de su sueldo (trabajaba en la Municipalidad) a costearse su futuro funeral y el nicho en la Chacarita, pero la inflación había convertido sus esfuerzos en nada. Mis padres, sabiendo cuánto me quería ella y los problemas económicos por los que estaba pasando en Europa, habían decidido enviarme ese dinero a mí, y adjuntaban los datos del banco en el que estaba depositado. No era mucho, pero alcanzaba para comprar un pasaje de ida y vuelta, en avión, a Barcelona y para poder quedarme un par de días allí.

Esta historia continúa aquí: «Ponete este gamulán».

Sevilla y la conflagración cósmica (V)

Sevilla y la conflagración cósmica (V)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

Todas esas cosas que hacen los novios

Estaban relajados, cansados como siempre, pero con un cansancio diferente, como el de alguien que empieza a recuperarse de una especie de enfermedad. Él me miró esta vez sin preocupación, pero como si pensara «Sabía que iba a pasar esto»; y vos me miraste como diciendo «Temí que no aparecieras». Me enteré de que, tras abandonar Sevilla semanas atrás, repentinamente, habían decidido subirse a un barco en Algeciras que los llevara a Marruecos y, una vez allí, tratar de alcanzar algún lugar habitado que se encontrara lo más profundamente posible internado en el desierto africano. Fue una decisión irresponsable que podrían haber pagado muy cara. A causa, pienso, del cansancio y de la abismal diferencia de temperaturas diurna y nocturna, comenzaron a sentirse enfermos justo cuando se encontraban en medio de la nada, en una zona en la que, en el idioma de los habitantes, ni siquiera existe la palabra médico.

El regreso a la costa fue una pesadilla, te subió la fiebre y, según me contaste, si no fuera por el pibe que viajaba con vos que, sobreponiéndose a su propio malestar, te atendió y cuidó durante todo el viaje, difícilmente hubieras vuelto a ver el mar. Aún en el barco que los traía de regreso a Europa, vos ya sin fiebre y bastante recuperados, se sentían aplastados por un cansancio profundísimo: la madre y el padre de todos los cansancios. Así que decidieron descansar un par de días antes de emprender el regreso definitivo a la lejana Barcelona. «Pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar», dice el tango. Y vos no eras una viajera ordinaria, eras una viajera que huía. Para recuperarte totalmente no te bastaba con dejar de viajar, tenías que dejar de huir. Y aquello de lo que huías se encontraba en Sevilla.

Nos retiramos pronto esa noche del reencuentro, yo también estaba agotado y los sábados trabajaba desde temprano hasta el mediodía. Pero al atardecer te pasé a recoger para que recorriéramos, juntos, la Sevilla otoñal. Fuimos de nuevo al Barrio de Santa Cruz y desde allí pasamos a los Jardines de Murillo, otro parque maravilloso, laberinto de jardines floridos, glorietas azulejadas, fuentes escondidas y anchas avenidas bordeadas de árboles frondosos de hojas amarillas, avenidas por las que circulan coches tirados por solemnes caballos de la raza árabe que transportan parejas de turistas enamorados de piel roja y un poco de olor a bronceador.

Esa tarde hicimos todas esas cosas que hacen los novios: caminamos tomados de la mano mirándonos a los ojos, o abrazados de diferentes maneras, o vos trepada sobre mi espalda como si yo fuera un caballito; jugamos a luchar hasta que me venciste –te dejé ganar porque estabas convaleciente–, me crucificaste de espaldas contra la hierba y contaste «uno, dos, tres...» como si fueras Martín Karadagián derrotando a La Momia; nos reímos mil veces, hasta llorar, casi. Y claro, nos besamos de todas las maneras posibles: besos largos con los ojos cerrados, besos de duración media con los ojos entreabiertos y pensando en otra cosa, ráfagas de besos cortitos disparados a quemarropa que podían hacer blanco en cualquier rincón de la piel... Allí fue cuando me acostumbré a sentirme cómodo del lado de adentro de la cortina de tu pelo, cómodo y seguro, como si me encontrara en mi propio hogar.

No sé vos, pero yo, durante aquellas horas, alcancé la ataraxia, ese estado de felicidad al que se llega, según algunos filósofos, cuando se realizan los deseos y se aplacan las pasiones. Creo que fue allí donde descubrimos el poder del olvido, aplicándolo a la inminencia de nuestra separación definitiva. Al hacer invisible este hecho, el tiempo se detuvo y experimentamos la eternidad. No tardaríamos en tratar de aplicar ese poder también a la ausencia, con más o menos éxito al principio, pero logrando establecer su imperio al final. Si el egregor, además de su enorme potencia, posee también algún tipo de conciencia de sí mismo, en ese instante habrá comenzado a temer por su vida.

Esta historia continúa aquí: En la dirección opuesta al mar.

Sevilla y la conflagración cósmica (IV)

Para disfrutar más de esta historia, léela desde el principio: El egregor.

Griegos y latinos

Fue esa noche de fin del verano, en la que se había levantado un frío más típico de bien entrado el otoño –cosa nada frecuente en Andalucía–, y en la que me había despedido de vos –pensaba– para siempre, porque tenían planeado volver a Barcelona por otro camino, cuando, al introducir la llave en la puertita recortada en una de las hojas del portón de madera del local, una sombra envuelta en un sobretodo gris se me acercó y me dijo que era el señor Antonio, que estaba esperándome y que los chicos de la parroquia le habían permitido pasar algunas noches allí porque su casa se había derrumbado. Lo hice pasar y le dije que se acomodara como mejor pudiera. Me lo agradeció, y yo, presa de un malestar creciente, entré en el cuartito donde los pibes me habían puesto un catre y entrecerré la puerta.

Pero unos minutos más tarde me puse a espiarlo a través de la puerta entornada. Se había sentado en una silla nada cómoda, tenía los ojos cerrados y usaba su sobretodo como manta, aunque era evidente que el frío y la humedad del local lo acosaban por todos los flancos. Todo él, sus cabellos, su piel, el sobretodo, los calcetines cortitos que se le podían ver pese a que no se había quitado los zapatos raídos, formaban un conjunto gris, solitario, resignado y ausente. Y entonces caí en la cuenta del porqué de mi malestar: él y yo pertenecíamos al mismo tipo de personas a las que «la vida no había tratado del todo bien»; yo tampoco era un «príncipe», pero a él la mishiadura lo había sorprendido al final del camino, su sufrimiento era añejo, crónico, no le habría importado dejarse morir. Fui a buscar unas mantas y le dije que se acomodara en una oficina, un poco más abrigada, que los miembros del grupo utilizaban a modo de sala de reuniones, en la que habían juntado tres mesas cuadradas sobre las que, colocando una de las mantas como colchón y tapándose con la otra y el sobretodo, Antonio podría, por lo menos, conciliar el sueño.

La aparición del señor Antonio me hizo volver a pensar en que era imprescindible hacer algo que modificara el estado de postración en el que había caído, y esa resurrección de mi dignidad agradó a mi amiga Amparo que, unos días más tarde, me puso en contacto con el señor Padilla, dueño de una librería situada en La Campana, al principio (o al final, no estoy seguro) de la calle Sierpes. El personal fijo lo constituían el librero y su esposa, bastante más joven que él, pero circunstancialmente necesitaban contratar a un par de ayudantes. Se acercaba el final de las vacaciones y comenzaban unas semanas en las que las librerías tenían mucha actividad.

Padilla me hizo una prueba para comprobar si reunía las condiciones mínimas para hacer ese tipo de trabajo: sobre una mesa grande estaban, amontonados, gran cantidad de libros diversos, todos pertenecientes a la sección «Clásicos». Al lado, contra la pared, había dos estanterías vacías altísimas. En una debía colocar, por orden alfabético, los griegos y, en la otra, los latinos. Tardé un rato pero lo hice bien; la esposa de Padilla revisó meticulosamente las estanterías y me felicitó, además, porque, según dijo, rara vez algún aspirante superaba la prueba.

Diferente fue, sin embargo, la actitud del librero. Noté que, a medida que se iba dando cuenta de que cada autor clásico estaba en su lugar, en su cara empezaba a dibujarse una expresión de enojo –quizás, pienso ahora, había apostado contra mí–. Hasta que detectó, por fin, un discutible fallo: había colocado los libros de teoría a continuación de su respectivo autor clásico, mientras que él siempre había preferido que todos estos autores estuvieran ordenados también por orden alfabético en sus respectivas estanterías. Hice un intento de explicarme pero eso pareció enfadarlo más. Por un momento pensé que estaba por arrojarme sin piedad a la calle. Sin embargo, su esposa lo detuvo con una mirada seria. Y así comenzó una nueva etapa de mi vida sevillana.

El trabajo, al principio, fue duro. Pronto comenzaron a llegar camiones que traían cajas y cajas de libros. Tras descargarlos, había que abrir las cajas de cartón e ir depositando cada libro en su lugar. Eran libros de primaria, secundaria y universitarios, que los estudiantes, a veces acompañados por sus padres, hacían cola para comprar. La actividad, por momentos, era frenética. Un viernes por la noche, al terminar una jornada agotadora, regresando al local del grupo juvenil, decidí detenerme un momento en la Plaza de Santa Cruz, en la que, en esa época del año, se reunían los estudiantes que regresaban de sus vacaciones e improvisaban una especie de fiesta (que a los vecinos, por cierto, no agradaba demasiado). Estaba charlando con algunos conocidos cuando, de repente, me dio un vuelco el corazón: entre la multitud de jóvenes que reían y bailaban reconocí al pibe que viajaba con vos, con un porrón de cerveza Cruz Campo en la mano, y a su lado estabas vos, vestida, como de costumbre, con tu falda larguísima y tu remera de tul.

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Sevilla y la conflagración cósmica (III)

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El «príncipe» de San Esteban

Una vez solo, y como era temprano, entré en una vieja y larga bodega en la que se veían grandes cubas junto a las paredes, no lejos de la catedral, por el barrio de los estudiantes. Me senté en una mesita de madera gastada, con una botella de vidrio blanco sin etiquetas, de medio litro, de vino tinto, y me la fui bebiendo vasito a vasito. Dos hombres discutían sobre el significado de la palabra jumento. Uno afirmaba que significaba ‘caballo’, el otro decía que ‘burro’. La disputa lingüística derivó al terreno personal y casi terminan a las piñas. El dueño de la bodega, un señor flaco pero panzón, con boina, los invitó, primero a uno y media hora después al otro, a abandonar el local. No tardé en salir a la calle yo también, había refrescado bastante y daba la sensación de que la noche iba a ser fría. Escogí uno de los mil itinerarios posibles para acercarme hasta el rincón donde pernoctaba; daba igual, cualquier combinación de calles por la que hubiera optado me habría regalado un tesoro de lugares únicos y fascinantes, y también me habría tentado a emitir juicios de valor sobre esa bella y subjetivamente triste ciudad, lugares como para mostrarte a vos.

Cerca de la Puerta Carmona, hay una iglesia preciosa que se llama San Esteban. Es de estilo gótico-mudéjar y fue construida en el siglo XIV sobre lo que era una antigua mezquita. Durante mis primeras semanas en Sevilla, esas semanas terribles en las que me sentía tan desamparado, tuve la suerte de conocer a una chica que se llamaba, precisamente, Amparo, que se apiadó de mí y me amparó. Muchacha pragmática y perspicaz, pronto me puso en contacto con don José, el párroco de San Esteban. Era un párroco provisorio que parecía más enfocado en algún destino futuro que en San Esteban. Ocupaba dos habitaciones bastante pequeñas –aunque, como contrapartida, dotadas de sendas ventanas finas y alargadas de arco apuntado, a través de las cuales solía entrar una luz siempre dorada– en el edificio parroquial adosado a la iglesia: un dormitorio en el que apenas cabía una cama de una plaza; un despacho con una mesa grande y una estantería, ambas repletas de libros y, pegado a la pared, un sofá en el que a veces dormía su madre, que venía desde un pueblo cercano a acompañarlo. Era un cura intelectual; entre otros libros sobre diferentes temas, recuerdo que tenía a mano, agrupadas en tomos, las Obras completas de Freud.

Parece ser que, durante la época de don José –con su actitud nunca dramática, jamás histriónica y muy constructiva–, las actividades sociales que tenían como centro San Esteban se revitalizaron. Entre éstas, las principales eran, en primer lugar, la Hermandad de San Esteban, una cofradía de nazarenos que salía de procesión el Martes Santo, y en segundo, el Grupo Juvenil Parroquial. Ambas actividades están relacionadas de alguna manera con nuestra historia.

Se habla mucho de la Semana Santa de Sevilla. Algunos piensan que, básicamente, se trata de la expresión de un sentimiento religioso. Otros, más sutiles, imaginan un substrato pagano enmascarado en el medievo con formas cristianas y sobreviviendo hasta hoy. Yo la he presenciado y opino que, en Semana Santa, desde hace siglos, los sevillanos, cada año, se ponen de acuerdo en construir un enorme egregor, suma de miles de voluntades, y lo hacen desfilar majestuosamente por las principales calles de la ciudad envuelto en una emoción general in crescendo. Llega un instante en el que la emoción estalla y se produce el clímax. Hablo de un evento mágico que dura lo que la tradición prescribe y, a continuación, duerme hasta el siguiente año.

También el grupo juvenil es importantísimo en mi historia, porque me regaló el primer techo bajo el que me refugié en Sevilla. Don José se puso en contacto rápidamente con Manolo, el mayor de unos treinta jóvenes de ambos sexos que, en tiempo récord, votaron unánimemente asilarme. Cruzando la estrecha calle que pasa por detrás de la iglesia había un local de dos pisos, en muy mal estado (el piso de arriba, por ejemplo, estaba en ruinas), al que se accedía por un gran portón de madera, formado por dos enormes hojas, en una de las cuales se recortaba una puerta más chiquita, pensada como para que pudiera pasar un «hombrecillo» a la vez.

A pesar de que no podía cocinar –no disponía de gas y resultaba peligroso encender fuego de cualquier manera–, ni tampoco ducharme –había un lavadero con agua corriente, que en Sevilla no es mala, pero para no helarme tenía que acercarme a un colegio de curas cercano, un par de veces a la semana, como mucho, y en un horario bien concreto–, fui feliz esos días en los que el local del Grupo Juvenil Parroquial se convirtió en mi casa. Los chicos se las arreglaban para que comiera por lo menos una vez al día y hasta me regalaron ropa. San Esteban era un barrio muy unido y, gracias a la protección de don José, Manolo y los pibes de la parroquia, los vecinos se mostraron solidarios o, por lo menos, mucho más solidarios conmigo que si se hubiera tratado de cualquier otro croto desconocido. En agradecimiento, un día me afeité la barba, por lo que dejaron de llamarme «el Gran Poder» (un Cristo muy popular que desfilaba en Semana Santa) y empezaron a llamarme «el Príncipe», probablemente porque seguía teniendo el pelo muy largo y eso me daba cierto aspecto medieval.

Un domingo, temprano, lavé toda mi ropa en el lavadero y subí, temerariamente entre las ruinas, a la terraza a tenderla. Una anciana que, en la terraza vecina, estaba haciendo lo mismo, me vio y empezó a llorar. Lloraba, me dijo, porque le daba pena que un joven tan guapo tuviera que vivir en una casa semiderruida y… ¡lavarse él mismo la ropa! Sentí que esa viejita era una santa, y lo corroboré al instante porque, justo en ese momento, todas las campanas de las iglesias de la ciudad (las de San Esteban, las de las iglesias vecinas, las lejanas y las lejanísimas), con sus diferentes tonos, tempos y melodías, comenzaron a redoblar al unísono, llenando el aire de una música solemne aunque un poco desordenada.

El grupo parroquial editaba una revista, cuyo nombre desgraciadamente no recuerdo, escrita por los mismos pibes, la mayoría adolescentes o casi-niños, aunque los editoriales los escribía Manolo, que no creo que superara los veinte años. Por la época en que apareciste vos, corría por el barrio un número en el que Manolo bajaba línea:

«Estos días –trato de reconstruir lo que decía–, hemos sido visitados en el local por personas a las que la vida no ha tratado del todo bien. Todos conocéis a Jorge, ese chico argentino que llegó huyendo de la dictadura sangrienta que se ha apoderado de su país, y también al señor Antonio, que últimamente veíamos muy triste porque se quedó viudo y, recientemente, para colmo, el techo de su casa se derrumbó y no tiene donde vivir…» y continuaba hablando de la importancia de amar al prójimo. En las otras páginas se actualizaba a los lectores sobre la marcha de las actividades del grupo y, hacia el final, podían leerse algunas poesías escritas por los mismos niños, entre las que había una escrita por mí, muy corta: «Un día me fui / no sé cuándo / y dejé muriéndose / no sé qué cosa. / Hoy me encuentro muy lejos / no sé dónde / y ya no quiero regresar / no sé por qué». Me da un poco de vergüenza hacértela leer; pero bueno, da una idea de mi actitud –no haría bien si te la ocultara– y de cómo ese tipo de cosas consolidaban mi show.

Esta historia continúa aquí: Griegos y latinos.

Sevilla y la conflagración cósmica (II)

Para disfrutar más de esta historia, lee primero El egregor.

El ángel despatarrado

Amanecía cuando te dejé, rendida, en la puerta de la pensión. Desde el principio, al conocer los motivos que te habían traído a Europa y tus planes para el futuro inmediato y después, comprendí que no podía esperar nada más allá de lo que había vivido con vos esa noche: recorrer juntos la Sevilla más mágica durante un tiempo finito. Poco recuerdo sobre la forma en que expusiste tus argumentos, pero sin duda fueron contundentes. La parte más juiciosa de mí coincidía en que tus razones eran incontestables, y es la que terminó predominando entonces y predomina hoy, pero no hubiera podido decírselo a la cara a la parte más insensata, que era la más interior, la que personificaba con más veracidad mis deseos y sentimientos, esa parte no podía evitar caer en la desesperación ante la realidad de que ya no te vería. No obstante, casi no hubo guerra: la parte juiciosa, actuando con decisión, maniató, amordazó y colocó a la parte insensata orientada en una postura que no le permitiera mirar en ninguna dirección que no fuera la del olvido.

Dormí sin sueños hasta el atardecer de ese día. Después, salí a la calle y caminé sin rumbo. Mi mente, cansada de buscar un pensamiento que no estuviera relacionado con vos, dejó casi de pensar; mis pasos me llevaban, sin embargo, hacia el lugar en el que te había conocido. Y entonces ocurrió lo que consideré un milagro: justo al principio de la calle Sierpes, levanté la vista y ahí estabas, mirándome, junto al pibe que viajaba con vos, ambos con expresión de profundo cansancio, aunque la de él se combinaba con esa expresión de preocupación con la que lo recordaré siempre, y la tuya parecía decir, no sin cierta alegría, «traté de irme, pero no pude». Iba a ser difícil luchar contra un egregor tan tozudo.

Estaban en medio de un grupo de jóvenes, de diversas nacionalidades, a los que habían conocido casualmente. Se detectaba la presencia de un porro itinerante que no tardó en llegarnos. Andalucía tiene una antiquísima tradición canábica, consustancial, pienso, a la percepción del paisaje sevillano. Acompañados por un par de esos jóvenes, nos trasladamos hasta la orilla del río Guadalquivir. El sol acababa de ocultarse en algún lugar invisible del horizonte y el cielo se había puesto de color vino clarete. ¿Probaste alguna vez el vino clarete? No es un vino rosado, es un tinto muy clarito. De ese color se había puesto también el agua del río, lo que hacía que los reflejos de las luces recién encendidas, recortadas en las sombras negras de los edificios que se erguían en la ribera vecina, bailaran ingrávidas en un espacio sin arriba ni abajo compuesto de sombras negras y vino clarete.

Vos, el pibe que viajaba con vos y yo seguimos caminando, junto al río y sus reflejos, por el Paseo de las Delicias. Mi intención era alcanzar el Parque de María Luisa, atravesarlo y llegar a la Glorieta de Bécquer, el conjunto monumental más romántico que vi en mi vida. Había oscurecido bastante cuando nos internamos en esa combinación de jardines, algunos muy frondosos, que albergan gran variedad de especies vegetales. No pocas de esas especies podrían considerarse exóticas, como el árbol americano que marca el centro del monumento a Bécquer, un ciprés de los pantanos de casi 45 metros que suele vivir alrededor de trescientos años.

El tronco está rodeado por una especie de anillo octogonal de mármol, moldeado como si fuera un banco, en el que se pueden ver, sentadas, las figuras de tres jóvenes mujeres que simbolizan –copio fielmente de Wikipedia– los tres estados del amor: el «amor ilusionado», el «amor poseído» y el «amor perdido». Tras ellas, un ángel adolescente de bronce, el «amor hiriente», planea agredir, con una mano –la flecha, por lo menos entonces, había desaparecido– a una de las doncellas, mientras que con la otra se apoya en el fuste sobre el que se eleva el busto de ese poeta de aspecto desprolijo que solía enamorar a las chicas mediante piropos del tipo «Poesía eres tú». Más allá del busto se puede apreciar, literalmente despatarrada sobre el banco, la figura de otro ángel de bronce con las alas rotas: el «amor herido».

He llegado a pensar que este último ángel, el despatarrado, es una síntesis de todos los demás personajes del monumento: el herido de ilusión, el herido de posesión, el herido de abandono; el mismo Bécquer, herido de poesía –¿no es la poesía algo así como la sangre que brota de las heridas del alma de un poeta?–. Hasta el «hiriente» no tardará en ser herido también –todos terminaremos, más tarde o más temprano, con las alas rotas–. No hubiera sido capaz, en aquel entonces, de hacer semejante síntesis, pero, tratando de determinar el lugar del monumento que debía asignarte, intuí medio horrorizado que tenías que ser el árbol del centro, el ciprés de los pantanos; y yo, la trampa en forma de círculo de mármol que amenazaba cercarte. No me gustó ese rol, había llegado la hora de cambiar. Estaba claro que lo que vos y tu compañero necesitaban era regresar cuanto antes a la pensión y dormir profundamente durante muchas horas, todas las horas que les hicieran falta para retomar, al día siguiente, descansados, el camino que va al sur.

Esta historia continúa aquí: El «príncipe» de San Esteban.

Sevilla y la conflagración cósmica (I)

Sevilla y la conflagración cósmica (I)

No actualizaba este blog desde 2014. Por eso considero que compartir este relato, capítulo a capítulo, a partir de ahora, constituye el comienzo de una nueva era. Trata sobre la pasión, la magia y el olvido, y está ambientado en Sevilla, una ciudad mágica que me apasiona y que no he podido olvidar. Estoy muy contento con la obra de Valdi, (Egregor), que lo ilustra. Recomiendo volver a observarla con detenimiento después de haber leído el texto.

A la tía Haydée

El egregor

No me acuerdo qué trataba de vender en la calle Sierpes, ese final de verano de 1978; probablemente, restos de mercadería comprada en Barcelona o Madrid que había tratado de revender en Valencia, San Sebastián, Vitoria, Ibiza… Para entonces, ya casi era un «sin techo». Mi habilidad para las artesanías resultó nula, tampoco me mostraba despierto en los negocios; era de esperar que el invierno me sorprendiera con una mano atrás y otra delante. Hice dedo hacia el sur, quizás porque imaginaba un clima más suave, o a lo mejor para estar cerca de un primo de mi mamá que vivía en Málaga –aunque al final no lo traté mucho–. Terminé 1977 y comencé 1978 –una noche helada– sobrio, en ayunas y sentado en un banco de un parque sevillano.

Pocos argentinos residían en aquella época en Sevilla, eso debe haber influido en que decidiera quedarme allí. Tenía conocidos y algún familiar no muy cercano en Barcelona que hubieran podido ayudarme, pero me daba vergüenza que se dieran cuenta de lo inútil que era, de lo al pedo que estaba, y preferí mantenerme lejos. Es cierto que, ya en Sevilla, después de unos meses y gracias a la ayuda de alguna gente, mi vida se estabilizó –se puede decir– en una mishiadura light. Seguía siendo muy flaco pero estaba más saludable, un poco asilvestrado, quizás, pero la impresión general que daba no era del todo negativa. Incluso llegué a trabajar un tiempo en una librería que quedaba al final de la calle Sierpes, esa peatonal tan importante, con tanta historia, por la que bajabas aquella tarde-noche, vestida con tu falda larguísima y tu remera de tul, acompañada del pibe que viajaba con vos.

Fundamental ese momento, el de entrar en contacto vos y yo, porque fue exactamente el momento en que estalló la conflagración cósmica. He buscado en Wikipedia, estos días, algunos vocablos y sintagmas: golem, egregor, conflagración cósmica, incluso los copié en mi muro de Facebook para ver qué reacciones provocaban en mis contactos. Descarté pronto golem –aunque pareció interesar a los fans de Borges– porque se refiere a un ser material animado fabricado por un rabino muy sabio a partir de materia inanimada, pero pienso que en esa época no lo habría descartado tan rápidamente porque, entonces, era un joven propenso a creer que algún genio experto en alguna clase de magia dictaba mi destino –ahora, ya no.

Aunque era un término que nadie había escuchado jamás, egregor se acercaba. Palabra rara (no está en el DRAE): «forma de pensamiento» o «mente colectiva de grupo», «entidad psíquica autónoma capaz de influir en los pensamientos de un grupo de personas». ¿Habíamos creado, involuntariamente, nosotros (grupo de dos personas), un egregor suma de dos voluntades que procuraba avanzar por un camino muy diferente del que, prudentemente, cada uno de nosotros (sobre todo vos) se había trazado? La verdad es que, a partir de ese momento, nos fue muy difícil separarnos.

En cuanto a conflagración cósmica –que entusiasmó a los hinduistas y a los que se autodefinen estoicos–, me arrepentí muy pronto de haber utilizado este concepto, me acusé de haber recurrido a la madre y el padre de todas las exageraciones para que no volvieras a desaparecer de mi vida. Sin embargo, tras meditar sobre su definición, veo que no me fui totalmente a la banquina, sobre todo con respecto a la parte que dice «el fuego consume y reabsorbe en sí toda la realidad». Había estallado entre nosotros una conflagración cósmica y no nos dábamos cuenta. Sólo se dio cuenta el pibe que viajaba con vos. No se me olvidará jamás su gesto de preocupación, se ve que te conocía bien y detectaba algo muy alejado a tu conducta normal. Jamás me explicaste tu relación con él; si no estaba loco por vos, como mínimo te adoraba.

Y ya que hablamos de nuestras respectivas imágenes en la memoria, tengo que decirte que no recuerdo tu falda larguísima ni tu remera de tul, tampoco recuerdo sobre qué conversábamos (aunque sí recuerdo que no parábamos de hablar). Pero nunca podría olvidarme de tu pelo: negrísimo, ondulado, robustísimo, un flequillo que casi te tapaba los ojos. Como te resultaba difícil mirar hacia arriba, tu mirada parecía reflexiva: la depositabas en un lugar cómodo, a media altura, y te quedabas pensando. Sí que recuerdo muy bien tu pelo, desde afuera y también desde adentro: la cortina que delimitaba ese espacio que, fugazmente, habité.

Supongo que habremos subido por la calle Sierpes en dirección a la parte monumental de la ciudad. Llegando a la zona donde están la Catedral y la Giralda, es posible que el pibe que viajaba con vos haya decidido volverse a la pensión. Es que llevaban viajando muchas horas, estaban cansados y, al día siguiente, muy temprano, pensaban continuar un rápido y agotador periplo por el sur de España.

¡Pero vos te quedaste! Y entonces, seguro que te llevé a través de la Sevilla que más me fascinaba. Allí mismo, en la Plaza de Armas, una plaza rodeada de edificios construidos en diferentes edades históricas, recuerdo que hay, por lo menos, dos puertas singulares: una es la Puerta del León, que es la entrada al Alcázar, un palacio comenzado a construir en la alta Edad Media por una dinastía de reyes musulmanes que se describían a sí mismos como «reyes poetas».

Pero mi intención (o, más precisamente, la intención del egregor que habíamos engendrado) era que nos internáramos en la calle del Agua, a la que se accede por la otra puerta singular (aunque mucho menos vistosa) que da a la plaza. Esa puerta, que está siempre abierta, nos introdujo en una especie de túnel, bastante oscuro, con suelo, paredes y techo de piedra, en el que, además del ruido de nuestros pasos, se empezaba a escuchar el rumor de una oculta fuente, que de repente apareció justo a la salida del túnel, incrustada en el ángulo recto de una esquina de la muralla del Alcázar. El rumor de la fuente aumentaba su volumen pero sin llegar a convertirse en clamor, la humedad impregnaba las paredes, pintadas de color ocre, de ese rincón, y permitía la vida de enredaderas que, buena parte del año, estaban floridas.

Ese rumor habrá ido alejándose a medida que avanzábamos por la calle del Agua, que discurre pegada a la muralla rojiza, con almenas puntiagudas, del Alcázar, y en la que desembocan muchas de las callecitas blancas del barrio de Santa Cruz. Toda esta parte, hasta llegar a la Plaza de Doña Elvira, seguro que la hicimos en silencio. Nos habremos sentado en un banco recubierto de azulejos con motivos blancos, azules, rojos y negros –que a mí me recordaba la estación Independencia de la línea C del Subte de Buenos Aires–, de esa plaza llena de naranjos, cuyas copas, a fines de agosto, albergan unas naranjas chiquitas a las que les falta un buen rato para madurar pero desprenden un perfume suave, y allí permanecimos conversando horas y horas. Si todo esto hubiera ocurrido en abril, con los naranjos florecidos, ni vos ni yo habríamos podido escapar a tanto embrujo junto.

Esta historia continúa aquí: El ángel despatarrado.